Capítulo 4 #2
—¿Quién era ese joven? —preguntó Patricia, detrás de ellas, con curiosidad. Su máscara blanca le cubría casi todo el rostro y el vestido de tono empolvado la hacía parecer un dulce relleno de crema. También mostraba su pecho, bien sujeto gracias al corsé.
—Patricia, estás aquí —interrumpió Carlotta, que no quería ridiculizar a su abuela—. Enhorabuena por el vestido, seguro que no pasarás inadvertida.
—De hecho, eso es lo que nos hemos dicho mi madre y yo. Después de todo, si una tiene los pechos firmes, hay que lucirlos, ¿no?
Una dama vestida de blanco y con una curiosa peluca del mismo color se acercó a ellas.
—Bienvenida, lady Carlotta —le dijo—. ¿Estáis a gusto en la villa?
—Claro…, eh…, ¿con quién tengo el placer de hablar?
—Una vieja amiga de vuestra abuela. Vivo en el lago desde siempre. Pero, decidme, ¿habéis notado algo extraño en estos primeros días?
Carlotta se molestó porque la dama no le había revelado su nombre, pero enseguida pensó en el carillón que había encontrado y en la voz que había oído, y decidió averiguar algo más.
—Es posible —respondió—. ¿Qué debería haber notado?
La mujer se rio detrás de la máscara.
—Creedme, lady Carlotta, ya lo veréis vos misma. Pero puedo daros una pista: aquí, en el lago, nada es lo que parece.
—¿Qué queréis decir? No seáis tan críptica, por favor.
La mujer acercó los labios al oído de Carlotta.
—Espíritus —susurró—, espíritus en la villa. Uno especialmente da la impresión de no deja de incordiar a quienes viven allí…
Carlotta sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. Le vino a la mente aquella escalera que conducía a un piso inaccesible, el carillón que había empezado a sonar durante la noche y, por supuesto, la página que había leído.
Hizo ademán de responder, pero la dama se apartó.
En aquel momento, todos se callaron y los músicos dejaron de tocar.
Lady Marianne había entrado en el salón, ataviada con un vestido color burdeos, un collar de perlas que Carlotta nunca había visto y sosteniendo una máscara dorada que le cubría la mitad del rostro.
Esta vez todos los ojos estaban puestos en ella, pero Marianne estaba habituada a atraer las miradas y los comentarios: parecía estar a sus anchas en el papel de anfitriona.
Carlotta, a pesar de todo, pensó que seguía siendo una mujer atractiva y que tenía un encanto que, en lugar de desvanecerse con los años, iba mejorando.
—Bienvenidos, señoras y señores —dijo.
Hubo algunos gestos con la cabeza, alguien hizo una reverencia.
Todos parecían estar hechizados por ella y, sin embargo, eran los mismos que en Potsdam comentaban con saña su separación del marido.
Carlotta estaba cada vez más sorprendida, porque muchos de ellos cambiaban de opinión según el lugar en el que se encontraban.
Quizá también ellos, como todos, sucumbían al encanto y al calor de Italia.
—Es un honor teneros como invitados, sobre todo en una velada tan especial en la que tres mujeres tendrán el placer de debutar. Una de ellas es mi hija mayor, Carlotta Luisa Guillermina…
Marianne hizo una pausa estudiada y echó un vistazo rápido al papel que tenía en la mano.
—… y os las presento formalmente: la princesa Carlotta Luisa Guillermina Albrecht, hija de lady Marianne Nassau Albrecht y del príncipe Alberto Albrecht de Prusia; la señorita Patricia von Alten, hija de la señora Agatha von Alten y el señor Carl von Alten, y, por último, la señorita Miranda Grey, nieta de lady Grey y lord Grey, de Londres.
—¿Tan pronto? —gimió Carlotta. Sintió cómo le temblaban las piernas temblorosas, y pensó que iba a desmayarse.
Patricia se había dirigido al centro de la sala, caminaba erguida, sacando pecho.
Muchas damas ya comentaban, con el abanico cubriéndose el rostro, su entrada y, sin duda, también el vestido, pero, sobre todo, Carlotta estaba segura, la mercancía que se exhibía de manera bastante llamativa.
Miró a su alrededor en busca de la tercera joven que iba a debutar: la señorita Miranda Grey, un nombre que no le decía nada, que no había oído jamás.
Era raro no conocer, ni siquiera de oídas, a las demás debutantes, porque en la corte prusiana circulaban muchos rumores que siempre llegaban a sus oídos.
Y tenía la clara impresión de que, incluso allí, en el lago, existían los mismos anhelos por comentar y chismorrear.
Sin embargo, nunca había oído hablar de ella.
Finalmente la vio. Miranda Grey apareció con la cabeza alta, con un porte altivo, solo parcialmente oculto por la máscara negra que llevaba para cubrir su rostro y por el vestido decididamente excéntrico cubierto de plumas de avestruz.
Carlotta se dio cuenta de que no solo el vestido, sino también el peinado, tenía algo de extremadamente poco convencional: no llevaba un moño alto sobre la cabeza, como ella y Patricia, con los rizos cuidadosamente estudiados para enmarcar el rostro, sino una especie de moño bajo, ceñido a la nuca, del que se desprendían dos trenzas que caían sobre el pecho y le cubrían el cuello casi por completo.
No era la única que había prestado atención a ese detalle: algunas nobles damas ya estaban cotilleando entre ellas, y Carlotta captó las palabras: «descaro» y «presunción».
No podía ser de otro modo, pensó: todo lo que no se ajustaba a sus cánones era denigrado.
María empujó a su hermana hacia el centro de la pista, junto a las otras dos.
Las tres chicas se pusieron en fila e hicieron una reverencia, siguiendo el protocolo al pie de la letra.
Los invitados seguían susurrando entre sí.
Carlotta bajó la mirada y sintió que su labio inferior le temblaba de vergüenza: a saber qué estarían diciendo de ella.
Casi podía adivinarlo sin oírlos: la nieta de la grandiosa condesa Luisa, que había honrado a Prusia.
«Con una abuela así —pensó Carlotta—, ¿qué puedo esperar hacer yo? ».
¿Qué más podían susurrar los invitados? Un poco demasiado delgada, tal vez, sin duda no hacía justicia a su abuela.
Después de todo, era hija de Marianne, la nuera de Luisa, que había escandalizado a toda la corte con su extraña petición de separación de su marido.
Una mujer descarada, carente de todo buen gusto y pudor.
Sin duda, la princesa Carlotta no partía con ventaja en la búsqueda de un buen partido.
Se preguntó cómo podía Patricia mantener la cabeza alta y dejar que la miraran así, que examinaran sus rasgos, su vestido, su tez. Bendijo la máscara, que, al menos en parte, ocultaba la incomodidad que sentía.
—Este primer baile está dedicado a ellas —concluyó Marianne, por encima de las voces—. Que pasen su primera temporada como debutantes de la manera más alegre.
Hubo un aplauso y luego la orquesta comenzó a tocar un vals vienés.
Carlotta se colocó delante de su acompañante, su primo Friedrich, con quien había pasado meses practicando pasos de baile y reverencias.
Al menos para ese baile estaba segura de tener un acompañante que no intentaría cortejarla ni la pondría en apuros: Friedrich nunca se había sentido interesado por las mujeres y, desde pequeños, sabía cómo tranquilizarla y hacerla sentir a gusto.
Él y Carlotta habían jugado juntos en los pasillos del palacio, bajo la mirada de las niñeras que no perdían ni un movimiento y comentaban el carácter dócil de ambos, comparándolo con la impetuosidad de María.
Por supuesto, también la señorita Miranda, siguiendo un guion previo, se dispuso a bailar con su acompañante, pero antes se volvió hacia ella y le sonrió, para animarla.
—En el baile siempre ganamos nosotras —le susurró—. Aunque solo sea porque son ellos los que llevan la iniciativa.
—Entonces, si les piso, ¿es culpa del bailarín?
—Siempre —exclamó Miranda—. No lo olvides.
Carlotta le agradeció ese gesto de solidaridad y pensó que Miranda parecía una persona interesante, aunque solamente fuera por mostrar ese vestido y ese peinado excéntricos sin vergüenza.
Friedrich le sonrió.
—Prima, estás tensa como la cuerda de un violín, intenta relajarte. Sé que es difícil, pero créeme, aquí todos te admiran.
Ella le apretó fuerte el brazo y se aferró a él, sin ni siquiera intentar responder. Si ya era bastante difícil seguir los pasos de baile, no digamos entablar conversación.
En cuanto terminó el baile, todos aplaudieron y Carlotta se dio cuenta de que esa noche no podría tener ni un momento de serenidad.
—¿Puedo reservar el próximo baile? —preguntó un joven enmascarado, tendiéndole la mano.
—Por supuesto —respondió Carlotta, entregándole el carnet de baile.
Se dio cuenta de que detrás de él otros jóvenes nobles esperaban reservar y tuvo sentimientos encontrados: por un lado, se sintió halagada, pero por otro se preguntó si no había realmente otra forma de declarar al mundo su intención de casarse, una forma que no implicara tener que saltar de los brazos de un noble a los de otro sin sentir toda esa vergüenza.
No tuvo tiempo de pensar en otra cosa, cuando las parejas se dispusieron a iniciar el baile. Carlotta suspiró aliviada al comprobar que se trataba de otro vals.
No era un baile tan difícil, al contrario, era el que más le gustaba, así que agarró la mano de su caballero, se abandonó a las notas y durante unas vueltas ninguno de los dos habló.
—Es curioso hacer debutar a una joven en un baile de máscaras —comentó el joven.
Tenía los hombros anchos y un porte seguro: sus brazos la envolvían agradablemente.
—Mi madre es capaz de esto y de otras mezquindades —respondió Carlotta, sin tapujos.
—No seáis tan dura con ella, estoy seguro de que vuestra madre tiene muchas cualidades buenas.
Carlotta observó los ojos oscuros del joven.
—¿Quién sois vos?
Él se echó a reír.
—En un baile de máscaras habría que evitar desvelarlo —respondió.
—Pero aquí es todo lo contrario —replicó Carlotta—. Todas las personas en esta fiesta, gracias al anuncio de mi madre, ahora saben quién soy yo.