El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

La villa que Marianne había comprado hacía dos años al diplomático italiano Gian Battista Sommariva nunca había relucido tanto.

Al menos, ese era el comentario que Carlotta no dejaba de escuchar mientras hacía reverencias a derecha e izquierda, y saludaba a duques y otros nobles que no recordaba haber visto jamás en Berlín.

Su abuela había sido clara: en el lago de Como se reunía toda la aristocracia, hasta el punto de que se había convertido en una parada obligatoria del grand tour emprendido por todas las familias ricas de Europa, cuyo destino era Italia.

Los jóvenes que empezaban a despuntar tenían la oportunidad de ver Sicilia, Nápoles, Venecia, y Como se había convertido en un destino codiciado para el final de ese viaje, que a menudo terminaba con el encargo de un retrato a un pintor famoso del momento.

Por esa razón, entre la aristocracia se mezclaban, en busca de encargos, pintores y artistas de todo tipo, pero también jóvenes prostitutas en busca de fortuna, aventureros de toda clase, viudas desesperadas y condesas aburridas.

Para empeorar las cosas, estaban las máscaras que todos habían recibido instrucciones de llevar y que a algunos invitados les cubrían todo el rostro.

—Cielos, parece una pesadilla —le susurró Carlotta a María, que estaba a su lado y se abría paso a codazos para admirar los vestidos de las otras damas, algunos de los cuales procedían directamente de las mejores casas de moda de París.

—Es una noche maravillosa —dijo ella, por el contrario.

María había convencido a su madre para que le dejara llevar un vestido verde esmeralda con pasamanería dorada, y un toque de negro gracias a la máscara, que también le cubría la nariz.

De esta manera, sostenía, parecería mayor y no pasaría desapercibida.

Carlotta llevaba un vestido de satén de color melocotón y la enagua le molestaba mucho, porque era más voluminosa de lo habitual.

Marianne la había hecho cambiar tres veces antes de decidir que ese vestido era el adecuado y que combinaba muy bien con los reflejos dorados de su cabello castaño.

Ella no le había respondido: había aceptado con indiferencia, siempre y cuando la dejara en paz y le consiguiera lo antes posible papel de calidad, nuevos colores y pinceles adecuados para los lienzos que quería pintar.

Aún no había podido escribir a Franz; había empezado la carta, luego se sintió ridícula, porque no habían prometido mantenerse en contacto, y él tal vez habría encontrado extraño aquel comportamiento, por lo que lo guardó todo en el cajón.

Con todos los preparativos y el ir y venir de las criadas, Carlotta aún no había tenido oportunidad de preguntar a ninguna de ellas si conocían a esa Elena.

Esperaba, pero no podía estar segura, que el diario se hubiera quedado en la villa.

Las palabras de aquella criada la habían alterado tanto que no podía conciliar el sueño.

Desde la cocina, todos se habían esforzado para que los mejores platos se sirvieran en bandejas de plata a la hora prevista, la gobernanta lo había organizado todo y Annette le había dicho a Carlotta que había tal alboroto en la cocina que se habían roto algunos platos antes, incluso, de comenzar el servicio.

La criada de Carlotta y María no solía tomarse tales confianzas, a pesar de que era la más cercana a las princesas, pero Carlotta de vez en cuando la animaba a contar lo que sucedía en los pisos inferiores, donde estaba el servicio.

Desde hacía unos días, después de haber leído sobre Elena, la curiosidad por el trabajo de los sirvientes se había vuelto aún más intensa.

—¿Cómo voy a bailar? —decía, desesperada.

Se enfadaba con el vestido, porque aceptar estar a merced de las miradas de tanta gente era simplemente insoportable.

Sabía muy bien lo que significaba debutar, había dedicado gran parte de su adolescencia a ese momento, a pesar de que Marianne insistía en subrayar que solo eran formalidades, que ella podría elegir otra cosa, en cualquier caso.

Que no la obligaría a nada. Pero las cosas habían cambiado tan rápido que Carlotta temía que su madre, ahora que era más libre, pudiera retractarse de su palabra y obligarla a un matrimonio concertado.

Era ese, después de todo, el verdadero propósito de esa farsa.

Carlotta siempre había estudiado en casa, con su hermana, con tutores elegidos y aprobados por su padre.

A diferencia de las otras princesas, que eran sometidas a dietas casi forzadas para mantenerse en forma para su debut, a Carlotta se le había evitado al menos esa medida, que, según Marianne, solo servía para hacer a la mujer aún más infeliz.

Sin embargo, tenía un vestuario con el que cualquier otra debutante habría soñado: poseía más de cincuenta vestidos, cada uno a juego con los zapatos, las cintas y las cuentas que lucía en sus complejos peinados, que a menudo le causaban dolor en las sienes.

Al observar las máscaras que la rodeaban, a Carlotta le pareció sorprendente e incluso un poco repugnante la idea de que bajo una de ellas «tenía que estar» su futuro marido.

Pese a todo, esa noche, la mayoría de los nobles solteros estaban allí, en la villa, y todos sabían que estaban allí por ella, sobre todo, la princesa nieta del rey de Prusia, que por fin había alcanzado la edad de contraer matrimonio.

La máscara seguía cayéndosele sobre la nariz, que no había querido cubrir, y pronto se encontró con una mano que estaba ocupada en sujetarla.

—Hermana, pareces tener problemas —le dijo María, riéndose.

El salón se estaba llenando cada vez más, y pronto Marianne haría su aparición triunfal.

Los músicos ya estaban tocando un vals, pero, debido a las charlas y las risas de los invitados, apenas se escuchaba.

Los camareros iban de un lado a otro con bandejas llenas de palitos de pan, huevos duros, tortas fritas, que las mujeres rechazaban continuamente, al menos las que estaban en edad de casarse, mientras que los hombres se permitían tomar todo lo que se les ofrecía.

—¿Cómo se va a poder bailar con toda esta gente? —preguntó María.

—¿No lo sabéis?

Las dos se volvieron. Por un momento se quedaron desconcertadas al ver a la duquesa Luisa vestida de hombre, con una gran capa negra que le cubría todo el cuerpo.

—¡Abuela! —exclamó Carlotta, perpleja.

—Por el amor de Dios, niña, no me llames así. Esta noche soy un lord.

Ambas se rieron, mientras se cubrían la boca con la mano.

—Me alegro de que te hayas recuperado —dijo María, divertida—. Entonces, ¿me invitas a bailar?

La abuela se rio de nuevo.

—Solo con mujeres en edad de casarse, señorita. Pero para el primer baile haré una excepción.

—Siempre y cuando la pista no se llene tanto que no podamos movernos —se lamentó Carlotta, cuya presencia entre toda aquella gente desconocida era motivo de ansiedad y preocupación. Sentía que las miradas de todos estaban focalizadas en ella.

—No sabéis nada de los bailes de máscaras —le reprendió la abuela—. Un baile se considera un éxito cuando alguien es «aplastado» en la pista. Cuanta más gente haya, más contentas estaremos de haber asistido.

La abuela cogió una copa de champán y, con elegancia, se mezcló entre las demás máscaras.

—Carlotta, sé lo duro que es para ti, pero intenta también divertirte —le dijo, justo antes de desaparecer.

De vez en cuando se sentía aplastada por el peso de la fama de su abuela, pero tenía que admitir que también ella, desde las primeras veces que había oído esa historia, cuando era niña, había quedado fascinada.

La condesa Luisa había tenido un matrimonio por amor, por suerte para ella: el príncipe heredero de Prusia, Federico Guillermo, se enamoró perdidamente de su «exquisita tez y sus grandes ojos azules», como luego le diría a todo el mundo.

Se conocieron en Fráncfort, donde Luisa había viajado junto a su hermana y su abuela para presentar sus respetos al rey Federico Guillermo II.

Luisa quedó fascinada por el príncipe heredero y, puesto que las dos familias tenían intereses comunes, el matrimonio, para felicidad de todos, se concertó para el mes siguiente a su primer encuentro.

Federico Guillermo III llamaba a su esposa la princesa de las princesas y la amaba muchísimo, al igual que todos los ciudadanos de Berlín que tuvieron ocasión de conocerla, que la consideraban angelical y de buen corazón.

Pero Luisa se hizo popular por mucho más que su belleza o sus modales dóciles.

Dotada de un gran espíritu práctico mayor que el de su marido, le encantaba acompañarlo en las diversas ocupaciones del reino, así como también leer a Shakespeare y Goethe en su compañía.

Cuando su esposo ascendió al trono, la joven Luisa entabló relaciones con los ministros, se convirtió en una figura respetada en el Gobierno prusiano y algunos incluso empezaron a considerarla un icono de estilo.

Todo lo que vestía marcaba tendencia. Durante el régimen de Napoleón se vio obligada a abandonar Berlín en pleno invierno, enferma, y a dormir sobre la paja de un granero.

Según ella y todos aquellos a los que les gustaba contar sus hazañas, esto no hizo más que fortalecer su espíritu, así que, cuando Napoleón impuso las condiciones de paz, en Tilsit, fue enviada a negociar con él.

A pesar de que ella lo llamaba monstruo , lo aceptó para defender a su amada Prusia y, de hecho, coqueteó con él, casi obligándolo a rendirse debido a su gran encanto, al menos según decían los rumores (y ella misma, que se reía al recordarlo).

Si bien es cierto que no consiguió mejores condiciones para su país, desde ese momento todos la amaron, si cabe, aún más.