Capítulo 3
—Carlotta, mira, ¡las cerezas están casi maduras! —exclamó María.
El cabello rubio de su hermana brillaba al sol. La había convencido de bajar al jardín para que el jardinero les mostrara todas las plantas y flores del parque. Su madre les había dicho que habían contratado a un italiano, pero que también sabía alemán.
Carlotta se dijo que ya estaba deseando volver a casa. Había conseguido dormirse muy tarde y ya notaba los signos del cansancio tras la noche prácticamente en vela. Pero el entusiasmo de María era irrefrenable.
Marianne, a quien Carlotta aún no había perdonado, se ocupaba de la casa, e impartía órdenes para que todo estuviera como a ella le gustaba, algo que a Carlotta y a María les permitía pasar mucho tiempo a solas en el naranjal, el lugar preferido de María desde que llegó.
La abuela, en cambio, no se había dejado ver en toda la mañana.
—¡Carlotta, mira quién está ahí! —exclamó María, que había visto una silueta vestida de amarillo entrar por la verja y abrirse paso con seguridad entre los parterres, protegida del sol por una sombrilla del mismo color que su vestido.
Carlotta suspiró. Había olvidado que había quedado con su amiga Patricia, que se alojaba en la villa de al lado, y la idea de tener que conversar la hizo sentirse aún más cansada.
A menudo se veía obligada a entretenerse con personas con las que le parecía que tenía muy poco en común, y Patricia, a pesar de que le tenía mucho cariño, era una de ellas.
Eran buenas amigas, como se puede ser amiga de una persona que ha formado parte del círculo de conocidos desde siempre.
Desde que tenía memoria, Patricia siempre había frecuentado la corte de Berlín y sus padres se habían esforzado por que siempre estuviera cerca de Carlotta.
Patricia no pertenecía a la nobleza más rancia, al contrario: su padre había hecho carrera en el ejército, por lo que había obtenido algunos favores de Alberto, el padre de Carlotta, quien desde entonces se había esforzado por introducirlo en la sociedad.
Le había aconsejado con algunas inversiones acertadas, y ahora Patricia estaba buscando un buen partido para conseguir también un título nobiliario con el que enorgullecer a su familia.
—¡Patti! —la llamó.
Los rizos oscuros de Patricia von Alten enmarcaban el rostro de Carlotta, mientras las dos se abrazaban.
—¡Qué calor hace aquí en Italia! —dijo su amiga, apoyando la sombrilla y refugiándose bajo el naranjal.
Dash corrió a saludarla, pero ella no era muy amante de los animales, y lo rechazó con delicadeza.
—Lady Patti, ¿queréis un poco de zumo de naranja? —preguntó Annette, tratando de contener el entusiasmo de Dash, que, en respuesta, la llenó de lametazos en los labios.
—Un vaso de agua fresca estará bien, gracias.
—¿Cuándo has llegado? —preguntó Carlotta.
—Anoche, y tuve que escapar de mi madre, que ya pretendía ir a visitar a sus amigos italianos.
Carlotta se sentó a su lado en las sillas de mimbre.
—Me alegro de que estés aquí.
—Yo también. No puedo creer que nuestras dos villas estén tan cerca. Podremos prepararnos juntas para todas las fiestas.
—Seremos un trío perfecto —comentó María, que temía quedarse fuera de juego.
Carlotta se había dado cuenta de lo entusiasmada que estaba Patricia con ese viaje a Italia.
Sin embargo, sabía que la situación de su amiga era bastante diferente; al fin y al cabo, estaba buscando un noble.
Carlotta, por su parte, esperaba que nadie insistiera en casarla a toda costa, aunque sabía muy bien que el debut no tenía otro objetivo que el matrimonio.
—¡Debutaremos juntas, no sabes lo feliz que estoy! —continuó Patricia, bebiendo agua aromatizada con limón. Había ignorado por completo el comentario de María, la consideraba aún joven y siempre trataba de excluirla de sus conversaciones.
—No tengo tantas ganas de ser objeto público —susurró Carlotta.
—Quizá porque no lo necesitas —comentó Patricia, muy consciente de su posición y de la de su amiga.
—¡Chicas, ahí está! —gritó María. Por fin había visto al jardinero.
Mientras este se acercaba, Carlotta se dio cuenta de que era el chico rubio que había maltratado al caballo el día anterior.
Era alto y musculoso. Cuando se acercó, María se escondió detrás de su hermana, intimidada.
Ella también recordaba lo que había pasado, pero Carlotta decidió darle al joven una segunda oportunidad.
Patricia ni siquiera le dirigió una mirada, mientras que ella le sonreía.
—He oído que me buscabais, milady —dijo el jardinero.
Carlotta apreció el esfuerzo por pronunciar correctamente en alemán.
—Sí, queríamos saber un poco más sobre este jardín, y quién mejor que tú… ¿Cómo te llamas? Lo he olvidado —preguntó Carlotta.
Patricia levantó una ceja. Para ella, el jardinero no era digno ni siquiera de ser llamado por su nombre.
—Giovanni, princesa —respondió él con tono orgulloso.
—Ahora tenemos visita, pero en otro momento a mi hermana y a mí nos gustaría visitar el jardín y saber más.
—Por supuesto, estoy a vuestra disposición —respondió Giovanni.
La miró a ella y a su hermana de un modo casi descortés: tuvo la impresión de que estaba desnuda, y sintió un escalofrío.
Por lo general, los sirvientes mantenían la mirada baja, hablaban casi en susurros y tenían modales serviles.
Ese Giovanni, con la piel oscurecida por el sol y la mirada pícara, parecía muy diferente.
Carlotta se preguntó si alguna vez había trabajado para la nobleza, y su pensamiento voló inmediatamente a la página del diario que había leído esa noche.
María las miró a ambas con una sonrisa misteriosa y dijo:
—Ahora que estamos las tres juntas, quiero compartir con vosotras el descubrimiento que he hecho esta mañana cuando rebuscaba en el correo de mamá.
—¡No debías haberlo hecho! ¿Cómo has osado hacer algo así? ¡Dame esa carta, no nos pertenece!
María se subió a la silla de mimbre, mientras Annette, que había estado escuchando y temía verse envuelta por haber dejado el correo sin vigilancia en el escritorio de Marianne, le rogaba que bajara y entregara la carta.
—No seas niña —añadió Carlotta.
—Viene de Villa Balbianello —le informó María, imparable.
—¡No es asunto nuestro!
—«Nobilísima lady Albrecht —comenzó María, recitando el contenido de la carta—, nos alegra saber que el viaje ha ido bien y nos complace su invitación.
No dejaremos de asistir, la condesa, nuestro hijo y yo, al baile de máscaras del sábado por la noche.
Nos sentimos honrados de haber sido informados del debut en sociedad de su hija.
Siempre devoto, el marqués Giuseppe Arconati Visconti».
Carlotta se quedó sin habla, al igual que Patricia.
—¿Qué marqués? —preguntó Patricia—. ¿Puedo echar un vistazo a su firma?
Casi no podía creerlo. El hijo del marqués, según se murmuraba en la alta sociedad, estaba buscando esposa.
María dejó caer la carta en sus manos y preguntó:
—¿Estáis organizando un baile de máscaras?
Sus mejillas se tiñeron de púrpura.
—No sabía nada, créeme —respondió Carlotta.
—¿Entonces tú también tienes que encontrar una modista?
—Cielos, no —protestó Carlotta—. Ya he hecho suficientes pruebas de vestidos en Potsdam, los han traído en lugar de mis telas.
Patricia apareció visiblemente preocupada.
—Pero te acompañaré con mucho gusto a probarte cualquier vestido que desees —la consoló Carlotta.
—Siempre y cuando me llegue una invitación.
—Por supuesto —se entrometió María—. Ya verás, cuando vuelvas a casa la encontrarás allí esperándote. Nos lo pasaremos muy bien, todas juntas.
—Nuestras madres son amigas desde siempre, no puede haberse olvidado de ti —continuó Carlotta, con menos entusiasmo que su hermana—. Haremos esto… juntas, debutaremos el mismo día.
—… Y nos anunciarán al mundo —continuó Patti, ahora con aire soñador.
«Y nos pondrán en el centro de atención, como en un gran mercado», pensó Carlotta, pero tuvo el buen sentido de callarse.
No quería decepcionar a Patricia. A menudo se tragaba las frases que tenía en mente solo para no herir a los demás.
Luego se preguntaba si era cierto lo que decía su abuela, que las frases que no se soltaban acababan corroyendo el estómago.
—Ya vuelve mamá —gritó María cuando oyó los cascos de los caballos.
—Pareces una espía —le hizo notar Patricia.
Las tres se rieron, pero cuando Carlotta se cruzó con la mirada de su madre, que volvía en carruaje después de haber estado en Como, la sonrisa desapareció de su rostro.