Capítulo 2 #2
La residencia de verano que Marianne había comprado era un encanto, pero, detrás de su inmensa magnificencia, Carlotta se sentía atraída sobre todo por el aura de misterio que parecía emanar de aquel lugar.
Era casi el anochecer y el lago adquirió tonos violáceos con las ventanas de la villa que parecían sonreírle.
Había dos estatuas, que custodiaban la verja, y que al final del día parecían escudriñar el lago para proteger a los ocupantes de la villa de cualquier peligro.
Carlotta imaginó que eran damas petrificadas, que en otro tiempo habían amado aquella morada y se habían quedado heladas delante de la entrada para velarla.
Cuando, por primera vez, puso un pie en su habitación, no pudo contener una exclamación de asombro.
Todo era extraordinariamente sofisticado: desde la cama con dosel, la cómoda de caoba, hasta la gran puerta ventanal que daba directamente al lago de Como.
Aunque estaba enfadada con Marianne, tenía que admitirlo: la villa era preciosa.
Se tumbó en la cama aún vestida. Le había dicho a Annette que no necesitaba ayuda para cambiarse y, tras la cena en el salón con Juliette, Marianne y María, había sentido la necesidad de estar sola.
Sin embargo, sabía que el sueño no le vendría tan pronto.
Había empezado a sufrir insomnio cuando se mudaron de Berlín a Potsdam y ese nuevo traslado a Tremezzo había influido aún más en su descanso.
Cerró los ojos sin siquiera intentar desvestirse, trató de alejar de su mente la imagen que desde hacía algún tiempo tenía siempre presente, la figura de Marianne en un recuerdo de su infancia, y se puso a escuchar.
Por la ventana aún abierta se oía el ruido de las olas del lago.
«Eso es un carillón», se dijo, y se incorporó de golpe en la cama.
El sonido llegaba amortiguado, pero si se concentraba tal vez podría localizar de dónde provenía.
Empezó a abrir todos los cajones y el gran armario de caoba de la habitación.
Miró debajo de la cama, detrás de las cortinas, y luego decidió concentrarse y prestarle espacio al oído.
Provenía del pasillo. Dudó un momento, antes de que la curiosidad se impusiese. Abrió la puerta y miró hacia ambos lados: ahí estaba, entre su habitación y la de María. Un bonito joyero con dos compartimentos y un espejo, que tocaba esa extraña melodía en plena noche.
El hecho de que hubiera aparecido en medio del pasillo resultaba inquietante, pero la curiosidad por ver qué había en su interior la impulsó a cogerlo de inmediato y abrirlo con premura. Esperaba alguna joya, perlas, tal vez, pero en su lugar había un papel doblado en cuatro, bastante arrugado.
«¿Un mensaje para mí?», se preguntó mientras abría con impaciencia la nota.
Si Carlotta ya tenía sus propios pensamientos, ahora el sueño había desaparecido del todo.
La antorcha encendida en el pasillo daba suficiente luz. Carlotta se dio cuenta de que la página había sido arrancada. Empezó a leer, ansiosa, y agradeció que la letra fuera ordenada, aunque no lineal.
Tremezzo, 13 de agosto de 1845
He decidido llevar un diario.
En este periodo es difícil encontrar tiempo para escribir, pero el tío Mario ha vuelto de uno de sus maravillosos viajes con un cuaderno de piel para mí, así que intentaré aprovechar cada minuto libre para practicar la escritura.
Solo tengo que encontrar el escondite perfecto para el diario, porque me avergonzaría pensar que alguien pudiera rebuscar entre estas páginas.
Desde que aprendí a escribir, lo hubiera hecho en todo momento.
Mi madre se gastó todo el dinero que tenía para que yo tuviera un mínimo de educación, la misma que ella nunca tuvo, y cuando se enteró de que había una pequeña escuela para niñas, quiso enviarme allí, aunque fuera a costa de quedarse sin harina.
Nunca le estaré lo suficientemente agradecida por ello.
Mi tío dice que, a juzgar por las cartas que le he enviado, tengo mucho talento, pero que debo pulir mi caligrafía y buscar términos más específicos para describir las cosas que me rodean.
Le respondí que, si tuviera la oportunidad de alejarme de Tremezzo, donde nací y crecí, me resultaría más fácil, porque tendría muchos más estímulos.
«No tengas prisa por crecer, Elena —me dijo—. Ya te darás cuenta tú misma de lo difícil que es la vida cuando se tienen ciertas responsabilidades».
Dicho por él, que hace dos o tres viajes al año a diferentes lugares (últimamente se ha enamorado de Japón, como casi todo el mundo), suena poco creíble.
Evité decirle que yo ya sentía en mi interior todas esas responsabilidades de las que hablaba, que los Valsecchi son una familia difícil de manejar, tanto cuando no están como cuando están presentes.
Desde que alquilaron la villa en Tremezzo a los Sommariva y nos eligieron para ocuparnos de ella como empleados domésticos, junto a la histórica cocinera, no hay paz, sobre todo en verano.
Los Valsecchi se dan aires aristocráticos, pero es bien sabido que deben su fortuna a una herencia inesperada de una tía, cuya existencia ni siquiera conocían.
La fortuna les cayó del cielo de un día para otro y pensaron que era una buena idea congraciarse con la alta sociedad, mediante la adquisición de villas donde se alojan duques y condes.
Lástima que nunca serán como ellos: Alfonso Valsecchi tiene las manos llenas de callos, porque antes de fingir ser un conde era constructor de casas; aquí, en el pueblo, todo el mundo sabe eso.
Ella, que finge ser una gran dama, en realidad es hija de una lavandera, y ha cambiado su nombre de Ada por Adeline, solo porque parece que está más de moda, pero para mí es ridículo, como es ridículo que yo tenga que llamarla señora Adeline y hacer una reverencia antes de dirigirme a ella.
Sus hijos son despectivos, nos juzgan a mí y a mi familia, lo veo en cómo me miran mientras limpio los suelos o recojo las hojas delante de la escalera principal.
El varón, Rubén, tiene la cabeza grande y las manos muy pequeñas, los ojos saltones, debe de tener más o menos mi edad, pero aparenta solo quince años, parece un niño vestido de mayor.
Ella, la altiva Lorena Valsecchi, es mayor que yo, de complexión robusta, y no hace más que probarse vestidos y mirarse al espejo.
Oigo cómo mi madre y mi hermana hablan siempre de la temporada de debutantes, de cómo Lorena tiene que encontrar un buen partido.
Sin embargo, los nobles no son tontos, se han dado cuenta de que los Valsecchi solo están intentando imitarlos, pero no están hechos para frecuentar la alta sociedad.
Creo que Lorena apenas sabe escribir, lo que me hace gracia porque me pregunto cómo podrá leer las cartas de sus admiradores.
Cuando padre dijo que había encontrado trabajo para toda la familia, madre acababa de dejar de amamantar a la pequeña Alba, estaba cansada y esperaba algo mejor, pero con dos hijas tenían que conformarse con convertirse en sirvientes de la familia Valsecchi.
Tuvimos que mudarnos al desván de la villa, nosotros, que siempre habíamos vivido en la cabaña familiar, desde donde podía oír el ruido de las olas del lago.
Lo llevábamos todo con nosotros, y subimos los tres tramos de escaleras.
El desván es casi confortable, tiene un espacio para cocinar alguna comida caliente y una pequeña buhardilla desde donde podemos ver el cielo.
En los días lluviosos, me encanta escuchar las gotas que caen sobre el techo.
El problema es cuando tengo que bajar a servir a los Valsecchi y veo sus vistas al lago, a mi lago de Como, y entonces recuerdo que no soy nadie y que para sobrevivir me alojo con mi familia en un espacio reducido, que no poseo nada, y que para estar sola sin que mis padres me vean tengo que correr una cortina y meterme en el estrecho altillo, donde también está mi cama.
Algunas noches, el llanto de Alba me impide dormir.
Ya tiene casi dos años, pero mamá dice que es diferente a mí, parece más frágil.
Antes iba a pescar agoni [1] con papá, lo ayudaba a atraparlos en las redes y luego los vendíamos en el mercado. Me gustaba salir por la noche, encender la lámpara y aguardar. Tenía algo de romántico, aunque era agotador, pero me daba la sensación de ser libre.
Ahora, en cambio, mi tarea es cocinar los agoni : misultin [2] y polenta, el plato favorito de la señora Valsecchi, y en esta época del año hace mucho calor para estar todo ese tiempo junto al caldero removiendo.
A veces sigo yendo a pescar, pero tenemos prohibido vender el pescado, que lo es todo para los Valsecchi y sus invitados.
Cada vez que hay una recepción, tenemos que abrillantar los muebles, limpiar los cristales, incluso los pomos de las puertas.
Luego les toca a las alfombras, que hay que sacudir y, para ello, es preciso enrollarlas una por una y llevarlas al patio.
Papá coordina el trabajo, como un mayordomo, divide las tareas.
Evita que limpie la vajilla de plata y la porcelana porque sabe lo mucho que me aburre.
Prefiero limpiar las chimeneas, dar la vuelta a los colchones o lavar las cortinas.
Las fiestas que dan los Valsecchi son siempre fastuosas, pero a mí me parecen empalagosas.
Sin duda, mi posición es incómoda para verlas: tengo que trepar a la higuera que da a la inmensa sala de baile de la villa, llena de estatuas que, por la noche, parecen guardianes en la oscuridad.
Una vez, para ver mejor los bailes, casi me caigo y me parto el cuello.
«Te lo habrías merecido», me regañó mamá Sofía, que sabe de estas escapadas y no le dice nada a mi padre, porque teme que se enfade.
Mi madre se divide entre la colada de la familia Valsecchi y el cuidado de la pequeña Alba. Los echaré de menos a todos cuando me vaya.
Es un hecho: si no quiero acabar como mi madre, tengo que huir de este lago lo antes posible.
Todavía no se lo he contado a mis padres, porque sé que no se lo tomarían bien: solo tengo dieciséis años y temerían lo peor, sabiendo que estoy vagando por algún país extranjero.
Además, soy consciente de que necesitan toda la ayuda posible aquí, en la villa.
Esta casa es enorme, y el jardín hay que cuidarlo hasta la extenuación.
Pero también sé que, si me quedo aquí, lo único que puede pasarme es que encuentre un marido que me ponga a trabajar como una burra, exactamente como le pasó a mi madre cuando se casó con mi pobre padre.
Él le había prometido una vida de señora rica, realmente pensaba hacer fortuna con el mercado del pescado, pero las cosas nunca salen como deben para la gente como nosotros, nunca hay que esperar demasiado de la vida.
Todavía no se lo he dicho a nadie, pero tengo la intención de pedirle a mi tío Mario que me lleve con él en su próximo viaje, quizá a Japón.
Trabajaré duro, aprenderé idiomas, ahorraré dinero y no volveré nunca más a Italia.
Siento que tengo que tomar las riendas de mi vida y descubrir lo que realmente quiero, o me quedaré sirviendo a familias ricas, con una cofia en la cabeza y un cubo con jabón de Marsella.
No quiero pasar toda mi vida como pinche de cocina.
Reuniré el valor necesario para decírselo a mi madre.
Echaré de menos no poder ver crecer a Alba y quizá también echaré de menos la pesca de los agoni , pero lo que seguro que no echaré de menos es a los señores Valsecchi, con su prepotencia y su creencia de que son superiores a todos los demás.
Cuando Carlotta oyó pasos que se acercaban, reparó en que todavía llevaba puesta su ropa de día, en plena noche, sola. Dobló la nota en cuatro y cogió también el carillón.
Alguien corría. Levantó la vista y vio una silueta pequeña y blanca que bajaba las escaleras. No conseguía distinguir si era alguien del servicio o si realmente era una niña. Los pasos resonaron en el pasillo.
—Mamá —oyó.
La sangre se le heló.
—Oh, Dios mío —murmuró—.
¿Estaba viendo un fantasma? Estaba más que segura de que no había niños en la villa.
Una mano le rozó el hombro.
Carlotta gritó.
—Carlotta, por el amor de Dios, ¡soy la abuela!
La condesa Luisa, en camisón, había aparecido detrás de ella. Desde que estaban en la villa, aquella mujer menuda y llena de energía parecía materializarse en los momentos más impredecibles.
—Abuela, casi me da un infarto. ¿Tú también la has oído?
La abuela frunció el ceño.
—¿El qué?
—Era una niña —susurró Carlotta, que ahora vaciló acerca de lo que estaba diciendo.
La abuela la miró fijamente. Carlotta siempre se sentía bajo su benévolo juicio que, sin embargo, seguía siendo el juicio de una gran mujer que la había visto crecer.
—Hazme caso, vuelve a acostarte. ¿Qué es eso?
Estuvo tentada a decirle la verdad, pero algo la detuvo.
—Es solo uno de mis carillones, abuela.
La condesa Luisa asintió.
—Entonces, buenas noches. Sea lo que sea lo que creas haber visto u oído, confía en mí, no es real. A veces en los lugares nuevos, en las casas en las que vivimos, suceden esas cosas: nos dan la impresión de que esconden más de lo que se ve. Pero solo son corrientes de aire.
Carlotta asintió, en parte tranquilizada por las palabras de su abuela.
Aunque algo no le cuadraba. Estaba segura de que había visto aquella silueta vestida de blanco, pero decidió que era más reconfortante creer que se había equivocado.
Al fin y al cabo, estaba cansada y aún tenía que familiarizarse con muchas cosas: el clima más cálido y húmedo, las habitaciones más pequeñas, los mil rincones del jardín.
Pensó de nuevo en las palabras de aquella chica, Elena, en su vida en aquella villa.
Se preguntó qué la había llevado a esconder el diario y, sobre todo, dónde.
Y luego estaba el misterio más grande: ¿quién y por qué motivo tan absurdo había querido que encontrara ese carillón?
Lo que más le inquietaba era la idea de que hubiera una forma de entrar en la villa sin ser descubiertos.
Tenía que decirle al mayordomo y a los guardas que estuvieran más atentos.
Cerró la puerta de su habitación con dos vueltas de llave.
Mientras se cambiaba, pensó que también esa noche, con todos esos descubrimientos, dormir no le resultaría nada fácil.