Capítulo 2
En cuanto Carlotta, desde el barco, divisó la majestuosa villa que su madre había comprado como residencia de verano, se llevó una mano a la boca para ahogar un grito de asombro.
Estaba acostumbrada al esplendor y la elegancia de la corte prusiana, pero nada podía prepararla para la maravilla que se apoderó de ella al ver la imponente construcción, que parecía querer abrazar el lago.
La verja de hierro forjado tenía acceso directo al lago y al cómodo embarcadero, de su propiedad.
El edificio, distribuido en tres plantas, la impresionó inmediatamente por su armoniosa austeridad.
«Parece la morada de una sirena del lago», se dijo, tratando de contener su entusiasmo.
Insistió en que el mayordomo las acompañara inmediatamente a ella y a su hermana a visitar todo el interior y el exterior, mientras sus equipajes eran conducidos a sus respectivas habitaciones.
En la planta baja, cada obra de arte parecía contar una historia.
El mayordomo las condujo a la sala de Hayez y Carlotta quedó admirada al contemplar el cuadro de dos jóvenes que se besaban, él ya encaminándose hacia la ventana, bien vestido, ella aún con un camisón fino y elegante, que dejaba adivinar una noche de amor.
Carlotta pensó que captaba la esencia del drama y de la pasión.
El mayordomo Antonio reparó en que ella no podía apartar los ojos del cuadro y dijo:
—Se trata de El último beso de Romeo y Julieta , de Hayez, lady Carlotta.
Ella asintió, pensando en todos los detalles que podría contarle a Franz al regresar, mientras María le tiraba de la manga, porque estaba ansiosa por continuar.
Italia era la cuna del arte y el sueño de Franz, que solo había estado allí una vez, según le había contado, se había quedado sin dinero y había vuelto a dar clases en Prusia.
Ahora, después de todo, podría estudiar a todos los artistas que amaba y tal vez dar una vuelta por Florencia, o incluso por Roma.
Carlotta se detuvo un instante y recordó las palabras que Julieta le dice a Romeo antes de que él se marche:
Esa luz no es el amanecer, estoy segura. Es un meteoro, emitido por el sol para iluminar tu camino y escoltarte, esta noche, como un siervo con antorcha, hasta Mantua. Por eso puedes quedarte todavía.
—No está tan mal, ¿eh? —susurró la abuela a sus espaldas. Había aparecido de la nada, consiguiendo que Carlotta se sobresaltara.
—Abuela, me has asustado —refunfuñó Carlotta, tratando de disimular su expresión de asombro.
La condesa Luisa se echó a reír.
—Desde que has visto la villa, has cambiado de expresión —se burló—. Y ahora este cuadro… No sé, tengo la impresión de que te veremos aquí, delante de este cuadro, muy a menudo.
Carlotta se sonrojó.
—Mira qué románticos son —continuó la abuela, divertida—, él con el sombrero, a punto de marcharse, ella todavía en camisón…
—Carlotta, prosigamos —le rogó María, que tenía mucha curiosidad por ver el resto—. Tendremos que quedarnos meses, podrás venir todos los días y quedarte embobada contemplándolo.
—Alguien está impaciente. Vamos, niña mía —comentó la condesa.
Carlotta carecía del espíritu pragmático de su hermana: desde pequeñas, sobre todo según su abuela Luisa, que se había divertido viéndolas crecer, habían mostrado dos caracteres completamente diferentes.
Ella era reflexiva, la que se quedaba absorta ante los cuadros que, de vez en cuando, compraba su madre a artistas a los que quería ayudar y apoyar.
Incluso a la hora de posar para los retratos, María volvía locos a los artistas, porque no paraba de moverse, mientras que Carlotta era capaz de convertirse en una estatua, tal y como ellos le pedían.
Franz solo le pintó un retrato en una ocasión y había pensado en ello todas las noches siguientes, imaginando cosas que no habían sucedido realmente, pero que la emocionaban.
Le fascinaba la idea de verse a sí misma a través de los ojos de otro, que siempre captaban algo que a ella se le escapaba, y se habría pasado horas junto a un pintor, observándolo mientras creaba un paisaje colorido en un lienzo blanco.
La villa parecía un museo y en eso se parecía a su casa en Berlín, donde Marianne recibía a coleccionistas de todo el mundo.
También habían traído sus retratos, tenían muchos, incluidos los de los antepasados de la familia Albrecht, porque la abuela estaba muy orgullosa de ella.
Pero había una diferencia: el lago. La luz que se filtraba a través de los amplios ventanales y el azul del agua hacían resplandecer incluso la obra más sombría.
Carlotta había aprendido que la luz lo era todo a la hora de pintar y que las sombras eran tan fascinantes como las partes iluminadas. Conferían sentido a la obra.
No pudo evitar detenerse ante la estatua de Palamedes, y admirar la habilidad del artista para dar vida al mármol.
—En el piso superior —explicó el mayordomo— se encuentran la galería y la sala de los tapices.
Carlotta y María lo siguieron arriba mientras lanzaban exclamaciones de admiración, que Antonio, el mayordomo, acogía con una sonrisa mal disimulada.
Aquí, el ambiente era distinto: se respiraba un aire más íntimo y acogedor. Carlotta quedó especialmente encantada con la sala de los tapices, donde las escenas representadas, que narraban historias de una época pasada con colores vivos y detalles intrincados, parecían cobrar vida ante sus ojos.
—Aquí podría pasar días enteros —musitó.
Su hermana se asomó a uno de los grandes ventanales que enmarcaban el lago de Como.
—Yo preferiría estar allí, en un barco —le respondió soñadora.
—Esta es la modesta sala de música —prosiguió el mayordomo, mientras las acompañaba a una estancia que no tenía nada de modesta y que a Carlotta le entusiasmó en cuanto la vio. Tocó el piano, el clavicordio, y no pudo resistirse a echar un vistazo a las partituras.
—¡Oh, no! —protestó María—. Primero los cuadros, ahora la música. ¡Este lugar parece hecho a tu medida!
Carlotta sonrió. A su hermana le encantaba estar al aire libre y, a pesar de los esfuerzos de su madre, era un desastre con el piano. Carlotta, en cambio, se defendía, aunque su primera afición seguía siendo el dibujo.
—¿Quizá deseéis continuar en la biblioteca? —preguntó el mayordomo.
A María tampoco le atraían mucho los libros, pero visitaron esa estancia y finalmente subieron al piso superior, donde se encontraban sus habitaciones.
Después de distribuirse las habitaciones, el mayordomo les propuso bajar a visitar los jardines.
María asintió y aplaudió. Carlotta estaba a punto de decir que los alcanzaría más tarde, cuando una escalera de madera, semioculta detrás de una cortina de terciopelo rojo, llamó su atención.
—¿A dónde conduce esta escalera? —preguntó, acercándose a ella—. ¿Son las habitaciones del servicio?
El mayordomo se puso tenso.
—Antes sí —respondió con cautela—. Ahora tenemos el anexo, y algunos de nosotros nos alojamos en los sótanos, junto a la cocina. En verano, aquí arriba es un horno. Pero no os preocupéis, lady Carlotta, estamos a vuestra disposición a cualquier hora.
—¿Y aquí qué…?
Carlotta dio unos pasos hacia la escalera de madera, sintiendo una especie de llamada irresistible.
Era como si las paredes la invitaran a continuar.
—Milady —se disculpó el mayordomo—, por favor, no tengo autorización para acompañaros hasta… allí.
Carlotta asintió, perpleja, y se dispuso a bajar.
Había pasado toda su vida en Berlín, y luego la habían enviado a Potsdam, sin poder llevarse todas las obras de arte que había coleccionado durante esos años, todas las partituras que más le gustaban y, sobre todo, los cuadros que ella misma había pintado.
Y, al cabo de menos de un mes, se encontraba en una villa situada a orillas del lago, que sin duda tenía un gran encanto, pero la hacía sentir extraña.
Sola. Intentó convencerse de que, a pesar del dolor que sentía por su madre y por el cambio, ese lugar merecía al menos su esfuerzo.
Después de todo, ¿tenía otra opción? Se dijo que esa noche le escribiría a Franz, de quien no había podido despedirse, y le pediría alguna sugerencia sobre un itinerario italiano para visitar y aprender lo máximo posible.
Quizá podría adjuntar también un boceto de la villa y pedirle algún comentario técnico.
Quizá encontraría el valor para revelarle más de lo que jamás en su vida se había atrevido a hacer.
—Os acompaño fuera, si me lo permitís. El verdadero corazón de la villa es el jardín. Veréis lo que os espera —exclamó el mayordomo con demasiado énfasis—. Hay más de quinientas especies de plantas, no os alcanzará un verano para recordarlas todas.
Salieron al parque, y Carlotta se quedó boquiabierta.
Las pérgolas de cítricos, los setos de camelias y las ciento cincuenta variedades de azaleas ofrecían un imponente espectáculo de colores y fragancias.
Carlotta paseó entre los rododendros, las palmeras, los cedros y las coníferas centenarias y se sintió transportada a un mundo encantado.
En Potsdam, los jardines eran de estilo inglés, mientras que allí, en Italia, todo rebosaba novedad, parecía que hubiera un jardín secreto tras otro.
—¡Carlotta, mira, un caballo! —exclamó María.
Cuando se volvió, un chico rubio tiraba con rudeza de un purasangre de pelaje negro que parecía asustado. No había reparado en su presencia e intentaba arrastrar al caballo hacia el establo, sin preocuparse de emplear tonos menos agresivos.
—¡Así le hacéis daño! —gritó María.
Fue entonces cuando el joven se volvió y se sonrojó.
—Perdonadme —dijo, dirigiéndose a ambas.
María corrió a acariciar al caballo.
—¿Quién eres? —preguntó Carlotta, aún conmocionada por lo que había visto.
—Giovanni, lady Carlotta. A vuestro servicio.
—¿Qué ha hecho ese animal para merecer eso? —le reprendió Carlotta.
Se alejó, cabizbajo, junto al corcel. María lo observó hasta que desapareció de su vista.
—Qué vigorosos son estos italianos —comentó.
Carlotta sonrió.
—Sí.