El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 1 #2
6%

Capítulo 1 #2

Las lágrimas de María se deslizaban por su pálido rostro.

No había podido terminar la frase. Carlotta pensó en las semanas anteriores, en cómo su madre le había parecido más misteriosa, a veces incluso alegre sin motivo aparente, dados los disturbios y luego el traslado de Berlín a Potsdam organizado a toda prisa.

La había oído discutir con su padre, pero no le había dado especial importancia; sin embargo, ahora todo parecía claro: sus padres se estaban separando.

Ella siempre había tratado de no escuchar, porque le habían dicho que los chismes son propios de personas maliciosas que no tienen nada más de qué hablar, pero ante la consternación de María y las palabras de Annette, no le quedó otra que rendirse a la evidencia.

—¿Dónde está Marianne ahora? —preguntó Carlotta.

Así la llamaba cuando estaba enfadada con ella, pero aquel día el sentimiento era mucho más fuerte que la ira: tenía la garganta seca y le parecía que no podía respirar.

Se sentía perdida. Siempre había aprobado y admirado a esa madre independiente, su forma excéntrica de vestir, le encantaba que fuera diferente a las demás mujeres, que supiera pintar y tocar música, y ahora, de repente, la despreciaba.

Una partida apresurada, como si fuera una ladrona.

Una posible separación de su marido. Y todo esto de forma precipitada, sin decirle nada.

Se había tenido que enterar por su hermana menor.

Marianne las estaba llevando al desastre, y todo por su egoísmo.

—No lo sé.

Carlotta había dejado a su hermana, desesperada, en el comedor y había recorrido a grandes zancadas el pasillo que conducía a los aposentos de Marianne, seguida una vez más por una jadeante Annette.

Ni siquiera llamó a la puerta, ni esperó a que la anunciaran: abrió de par en par la que daba al salón y encontró a su madre ocupada en sorber un extraño brebaje que parecía recién llegado de la India.

—Querida, ese aire enfadado no te sienta bien —observó Marianne, sin sorprenderse en absoluto por la repentina presencia de su hija.

—Mamá, ¿qué pasa? ¿Qué ha pasado con papá?

Marianne extendió las piernas en el sofá y se arregló la bata de seda.

—Pensaba que lo habías entendido, al menos tú, que eres la mayor. Tu padre finalmente lo ha reconocido: el nuestro ha sido un matrimonio entre caracteres incompatibles, voy a pedir el divorcio, será mucho mejor para todos.

Carlotta se quedó sin aliento al oír con qué tranquilidad hablaba su madre de un asunto que les afectaba a todos.

No había mencionado lo escandaloso que era el divorcio para una familia real, ni siquiera se le había pasado por la cabeza.

Tampoco añadió que lo sentía por ellas. Parecía otra persona, aunque su rostro se mostraba apacible, como si todo ese alboroto no fuera con ella.

O llevaba preparándose desde hacía tiempo para todo esto, o se había vuelto loca, se dijo Carlotta.

—No serás tan egoísta, ¿verdad? —fue la pregunta que no pudo contener.

—Carlotta, tú deberías comprender mejor que nadie que he pasado toda mi vida sin ser egoísta. Ahora es el momento de que empiece a pensar también en mi felicidad. ¿No crees? —dijo, apretando los puños.

—Pero…

—No te preocupes, lo tengo todo arreglado: nos iremos pasado mañana.

Tu hermano Albert, en cambio, se quedará aquí con su padre.

Quizá se reúna con nosotras más adelante, ahora aún es pronto para saberlo.

¿Recuerdas la villa que compré en el lago de Como?

Pasaremos allí el verano. Será una maravilla, ya lo verás…

Carlotta miró a su madre a los ojos, castaños como los suyos.

—¡Yo no iré contigo a ninguna parte, que lo sepas! Me quedaré aquí con papá.

Marianne no pestañeó.

—Nunca te perdonaré lo que le estás haciendo a nuestra familia.

No esperó respuesta. Salió corriendo en dirección contraria, volvió a su habitación, abrazó a Dash, hundió la nariz en su suave pelaje, como siempre hacía cuando necesitaba consuelo, y anunció que no bajaría ni a comer ni a cenar y que no quería ver a nadie.

La rabia por el escándalo había dado paso a la tristeza por su familia, que se estaba desmoronando.

Era como si su madre hubiera esperado a que fueran un poco mayores para recuperar su vida.

Pensaba en su padre, que se quedaría solo, diciéndose que no se lo merecía.

Nunca había sido un padre cariñoso, pero Carlotta estaba convencida de que eso dependía más de su posición —nada de manifestaciones de afecto en público— que de su voluntad.

Los mejores momentos con él estaban relacionados con los paseos por la naturaleza, las veces que las llevaba a ella y a su hermana a montar a caballo.

No hacía falta tener grandes conversaciones con él y nunca discutían. Eso era cosa de Marianne.

Ninguno de ellos se merecía lo que estaba pasando.

Esto había sucedido dos días antes, pero las murmuraciones de la gente, los llantos de María y la arrogancia de su madre habían contribuido a la incesante reflexión de Carlotta, que ni siquiera pintando conseguía distraerse.

Guardó los colores en la caja y reparó en que ya era hora de cenar.

A pesar del rencor que le profesaba a su madre, se moría de curiosidad por saber qué noticias le traía la abuela, tal vez había conseguido que Marianne entrara en razón y no habría divorcio.

Fue a cambiarse y, con la ayuda de Annette, se puso su vestido verde salvia de tafetán, con mangas abullonadas y un lazo de un verde más oscuro justo debajo del pecho.

Ese vestido requería un corsé que debía ceñirse aún más que otros en la espalda, pero en ese caso, y solo para ese vestido, Carlotta estaba convencida de que realmente valía la pena el sufrimiento.

Cuando entró en el comedor, encontró a todos allí reunidos.

—¿No ha vuelto todavía papá?

La duquesa Luisa observó a su nieta e hizo una mueca indescifrable.

—Querida, si hay algo que mi hijo sabe hacer bien es eludir los problemas. Siempre lo ha hecho, desde que era niño, no creo que esta vez vaya a ser diferente. Vuestro padre no volverá hasta que os hayáis marchado.

Carlotta se sentó, María la miró preocupada.

—¿Tenemos que irnos necesariamente? —preguntó.

—Claro, vendréis con nosotras, ¿pensabas que tu padre os iba a dejar aquí?

—Pero es ridículo —espetó Carlotta—, siempre hemos ido a la residencia de verano, ¿por qué este año no? Además, tengo mis clases con Franz. ¿Y si no queremos ir?

Luisa suspiró.

—Tendrás que ir de todos modos, querida.

—Ah, muy bien. Tenemos que irnos a Italia, a un lugar desconocido, cuando no hemos hecho nada malo.

—No hay lugar menos desconocido que el lago de Como, querida. Ahora toda la alta sociedad se traslada allí, a las preciosas residencias de verano. Y yo no tengo una, sino dos sorpresas para ti.

Carlotta bebió un sorbo de agua. Lo que su abuela llamaba sorpresas podía ser también algo funesto.

Marianne, mientras tanto, miraba a su suegra con gratitud. Carlotta detestaba que, incluso en aquel momento, Luisa pareciera comprender a Marianne y que fuera ella la que se sentía totalmente confundida y a merced de las decisiones de los demás. ¿Cómo diablos era posible?

—En primer lugar —dijo—, yo también iré con vosotras a la villa del lago. No tengo ninguna intención de perderme esta temporada.

—Menos mal —comentó en voz baja María, que estaba muy apegada a su abuela. Y a Carlotta también le pareció una buena noticia.

—¿Y luego? ¿Qué más?

Carlotta aguardaba la feliz noticia de que no habría divorcio. A pesar de todo, aún albergaba esperanzas.

—¿Quieres decírselo tú, Marianne? —dijo la abuela, dirigiéndose a su nuera.

—Oh, con mucho gusto. Carlotta, ¡vas a debutar en el lago de Como!

Después de lo que todos aquí llaman escándalo , tienes que conseguir un buen matrimonio.

Dios sabe cuánto lo necesitamos. Así, esos periódicos que leen todos en la corte tendrán algo de qué hablar, en lugar de entrometerse en mis asuntos.

Carlotta se quedó perpleja. ¿Había oído bien?

¿Debutar en Italia, además, con tan poca antelación, y justo ahora que su familia era objeto de todos los comentarios?

¿Y qué haría con Franz? Sabía muy bien que era una relación imposible e inconveniente, de hecho, ninguno de los dos había insinuado nada, pero sentía que no podría prescindir de sus miradas lánguidas, de los roces de sus manos, de los pinceles que se cruzaban cuando ambos retocaban el lienzo.

Abrió la boca para hablar, pero la mirada entusiasta de su abuela le hizo tragarse las palabras.

—Tú acaparas toda la buena suerte —refunfuñó María.

La abuela se rio.

—Ya llegará tu momento, querida. Ahora tenemos que pensar en nuestra Carlotta.

No tenía otra opción. Discutir con la abuela Luisa nunca servía de nada. Una mujer que había callado al mismísimo Napoleón no iba a amedrentarse por las quejas de una niña.

Fingió sonreír a su madre y a su abuela, bebió otro sorbo de agua, se tragó el amargor que tenía en la boca y apretó los dientes.

No quería irse, prefería refugiarse entre las conversaciones de la nobleza que afrontar un largo viaje con esos calores, alejándose de su vida, de sus espacios y de su profesor de dibujo.

Además, cambiar de alojamiento continuamente era un gran fastidio: decidir qué llevar, qué dejar no era lo suyo.

La idea de una villa en el lago la tentaba, pero nadie había tenido la precaución de describírsela, de decirle dónde se encontraba con respecto al lago.

Temía sentirse sofocada si la casa tenía espacios angostos o si se veía afectada por la humedad lacustre.

¿Y cómo recibirían los habitantes del lago a una princesa prusiana de vacaciones? Se estremeció.

De algo seguía estando segura, pensó, mirando con rencor a su madre: nunca la perdonaría.