El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

Potsdam, seis meses antes

Si de algo estaba convencida Carlotta Albrecht era de que nunca perdonaría a su madre.

Mientras caminaba por los senderos del jardín del palacio Sanssouci, escuchaba los molestos cuchicheos de las condesas, que desde detrás de sus abanicos la miraban a ella y a su hermana y se reían.

No eran tiempos fáciles. El rey, su tío Federico Guillermo, había trasladado toda la corte a Potsdam, para luego regresar a combatir las revueltas populares en Berlín, y Carlotta también había tenido que adaptarse a esa nueva realidad, en un palacio que era muy lujoso, sin duda, pero que no tenía nada que ver con su Berlín, donde había nacido y crecido.

No había estado en Versalles, pero le habían dicho que Potsdam había sido creada para imitar, en cierto modo, la exuberante residencia francesa.

Y por suerte, pensó con una cierta irritación, Potsdam significa la falta de preocupaciones .

Todo le parecía, en aquel lugar, absolutamente falto de gente que se preocupara por sus propios asuntos.

—¿Por qué se comportan así? —preguntó María, que tenía dieciséis años, dos menos que Carlotta, pero que era especialmente sensible a los chismes de la corte prusiana.

—No les hagas caso, camina con la cabeza alta —se limitó a responder ella, tomándola del brazo, como para protegerla.

El sol de Potsdam era cálido, pero no le entibiaba las mejillas, que, sin embargo, sentía cómo le ardían.

Dash, el cavalier king charles spaniel de Carlotta, regalo de su decimoséptimo cumpleaños, bautizado con el mismo nombre que el de la reina Victoria, ya tenía la lengua fuera. Carlotta lo regañaba en cuanto se detenía a oler una hoja.

—Mira, una princesa ni siquiera puede salir a dar un paseo para tomar un poco de aire fresco —suspiró Carlotta en voz alta.

Llevaba tres días, precisamente desde el día de aquel escándalo infame, sin salir del palacio, consagrada a tocar el piano o mirar por la ventana de su habitación con un libro en la mano.

—¿Queréis que prepare un té para cuando volváis? —preguntó Annette, la criada, que intentaba seguir el paso de las dos hermanas.

—Creo que me retiraré al salón de las artes y continuaré con mi cuadro —respondió Carlotta.

María resopló.

—Qué aburrimiento, ¿ya volvemos?

Carlotta se detuvo en medio del camino, justo delante de la fuente, donde algunas damas se habían acercado para admirar los juegos de luz. A su vez, las tres acompañantes se detuvieron a pocos pasos de distancia por la hábil mano de Annette.

—Escúchame bien, María Alejandrina —le dijo, clavando sus ojos oscuros en los ojos azules de su hermana—, he permitido que me acompañes a dar este paseo solo porque has insistido mucho y porque mamá todavía no te deja salir sola.

Y ya era hora. Pero yo decido cuándo volvemos, ¿de acuerdo?

Por mí, ya podemos regresar. Estoy harta de esas miradas.

Quizá había alzado demasiado la voz: incluso la fuente parecía haberse intimidado ante aquellas palabras y las damas se protegieron con los abanicos.

María frunció el ceño.

—Siempre se hace lo que tú quieres. Cuando tenga un marido y pueda marcharme, entonces decidiré yo —refunfuñó.

—Precisamente cuando tengas un marido será cuando empezarán los verdaderos problemas. ¿Aún no lo has entendido?

—Solo porque a mamá y papá les haya ido mal, no significa que nos tenga que pasar a nosotras, Carlotta.

—Cállate y camina. ¿Te parecen cosas que puedan decirse? Esta gente está deseando hacer circular el próximo chisme —respondió Carlotta.

Volvió a acelerar el paso, arrastrando a su hermana detrás de ella. Cuando llegaron a la entrada del edificio, Annette estaba colorada y sin aliento.

—¿Un buen paseo, lady Carlotta? —preguntó la duquesa Luisa, su querida abuela.

—Más bien una carrera, con sprint final —respondió María.

Carlotta se dio cuenta de que Annette asentía con la cabeza al oír esas palabras. Pensó que incluso Dash, que entretanto había corrido exhausto hasta su caseta, lo habría aprobado si hubiera tenido la capacidad de hablar.

—No seas impertinente —le reprendió su hermana.

Pero la duquesa se reía, cubriéndose la boca con los guantes blancos.

Era una abuela especial, la condesa Luisa.

A pesar de su edad, aún conservaba cierto porte, y por los numerosos retratos que había en sus aposentos, cualquier visitante podía intuir que había sido una de las mujeres más bellas de su época.

No en vano, incluso el propio Napoleón había sucumbido a su encanto cuando ella se presentó ante él para negociar algunos territorios.

Le encantaba contar anécdotas como esas y regodearse en el hecho de que ella había luchado por Prusia más que su querido marido.

—Nos vemos en la cena —dijo—. Tenemos una noticia importante que daros.

Carlotta puso los ojos en blanco. Ya había tenido suficientes sorpresas.

Mientras subían la larga escalera de mármol hacia sus habitaciones, María no pudo resistirse:

—¿Qué ha querido decir la abuela?

—Espero que no haya más noticias importantes. Me temo que no podría soportarlo.

—¿De verdad vas a ponerte a pintar ahora? —preguntó María.

—¡Claro!

—Qué aburrido. Llevas una semana con ese bodegón. Dentro de poco cobrará vida en tu lugar. Me voy a dar un baño y luego intentaré arreglarme este pelo tan ridículo.

Carlotta sonrió. Ella y María eran hermanas, pero no lo parecían en absoluto.

Eran extremadamente diferentes en todo. No solo en su aspecto físico, en el color de los ojos y el pelo, que Carlotta había heredado de su padre y María de su madre, sino también en el temperamento.

María, de una vivacidad desenfrenada, parecía haber nacido para revolcarse entre encajes y organzas, pruebas de vestidos y fiestas de baile, mientras que Carlotta apenas conseguía quedarse hasta el final de una fiesta, tratando de evitar las invitaciones al baile.

Odiaba el vals, pero si no le quedaba más remedio que aceptar un baile, era lo único que lograba hacer, y no soportaba entretenerse con sus compañeras hablando de propuestas de matrimonio o de las últimas tendencias en peinados.

No desdeñaba las pruebas de vestidos, pero su interés se desvanecía una vez elegido el color del traje, mientras que todo aquel ajetreo para realzar su cintura la ponía inmediatamente de los nervios.

Prefería con mucho perderse en la contemplación de los cuadros siempre nuevos que su madre, como buena mecenas que era, se hacía enviar de toda Europa.

Marianne había sensibilizado a sus dos hijas sobre la importancia de apoyar el arte y a los artistas y las había educado con un espíritu crítico y atento.

La misma madre que la había decepcionado tan profundamente.

Carlotta se sentó en el taburete, con la fruta delante de ella; en su mente, las palabras de su maestro de dibujo, el joven Franz: «La técnica lo es todo, Carlotta.

Una vez que has reproducido un objeto y lo has hecho tuyo, puedes llegar a pintar lo que quieras».

Sintió cómo se ruborizaba, igual que todas las veces que pensaba en él.

Le encantaban sus dedos afilados, que retocaban las imperfecciones de sus dibujos.

A menudo, mientras él hablaba, se perdía mirando sus labios bajo la barba rubia, y se imaginaba cómo lo besaba.

Franz pintaba muy bien y era muy atractivo.

Desde hacía dos años era su sueño erótico, el que siempre se permitía antes de dormir.

No le interesaban los condes y los príncipes: eran aburridísimos, con sus conversaciones sobre propiedades y carreras de caballos.

A diferencia de todos ellos, con él podía hablar durante horas sobre las obras de Tiepolo o Correggio, pero también sobre pintoras francesas como Marie-Gabrielle Capet, que habían revolucionado la forma de concebir el arte por parte de las mujeres.

«Cómo me gustaría también a mí...», se dijo Carlotta, interrumpiéndose con el pincel en el aire. Su próxima clase sería al día siguiente y aún no conseguía concentrarse.

Su mente se remontó a dos días antes, cuando Annette la despertó antes de lo habitual y la miró con compasión.

—¿Qué pasa? —preguntó Carlotta, aún medio dormida.

Annette había corrido las cortinas, dejando entrar una tímida luz.

—Todas las maldades que vais a escuchar hoy no tienen ningún fundamento —le dijo—. Recordad bien eso.

—Annette, sé más clara: ¿qué murmuras?

La criada se arregló el delantal y suspiró sin añadir nada más, dejando a Carlotta confundida.

No es que hubiera visto nunca un gran amor entre ellos, pero sin duda había entendimiento y las habían criado a ellas dos y a su hermanito con dedicación y tranquilidad.

A pesar de las ideas poco acordes con la etiqueta de Marianne, todos podían afirmar con certeza que Carlotta y María eran chicas bien educadas.

Carlotta, hasta ese día, siempre había querido a su madre, la había defendido cuando alguien la calificaba de excesivamente libertina, había aprendido a tocar por ella, y había intentado, sin éxito, transmitir la misma pasión a su hermana.

Después de que Annette le arreglara el pelo, hizo su entrada en el comedor, donde la esperaba María, que, en lugar de devorar huevos y beicon como de costumbre, estaba mirando fijamente al vacío.

—¿Qué pasa? —espetó Carlotta—. ¿Alguien me puede explicar por qué tenéis todas esa cara tan triste?

—Mamá se va a ir pronto —dijo María. Y se echó a llorar.

—¿Qué? ¡¿Qué estás diciendo?! —preguntó Carlotta, con un tono de voz un poco más suave.

—Sí —estalló María, cada vez más agitada, sacudiendo sus rizos rubios—. No sabemos por qué, pero papá está muy enfadado con ella y…