El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1)
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Prólogo
Se lo habían advertido: de tanto hablar de ello, la niña acabaría por presentarse. Carlotta se maldijo por haber sido tan tonta y por no haber dado importancia a los rumores de la gente que vivía en el lago de Como y conocía ciertos mecanismos.
Y ahora el espíritu de la niña estaba allí.
Percibía claramente los pasos, cubiertos de vez en cuando por el estruendo de un trueno.
El relámpago que lo precedía iluminaba el lago que ella veía desde la ventana de la villa y que aquella noche no podía ser más negro.
Trató de olvidar las palabras que había susurrado, casi como un desafío, unos minutos antes, pero acudían a su mente sin que pudiera hacer nada para ahuyentarlas.
Gira, gira en círculos
la niña que no duerme.
Gira y cae al fondo,
sigue sus pasos.
—¿Por qué he recitado esa estúpida canción infantil? —se preguntó Carlotta.
Los pasos le parecían cada vez más cercanos. Cogió la lámpara de aceite y salió de la habitación: quería llamar a su hermana, deslizarse bajo las mantas con ella y que le susurrara que todo había sido un sueño, un rumor.
La pequeña María ya había consolado a su hermana mayor con anterioridad.
En la residencia de Charlottenburg, muchos años antes, cuando Carlotta había visto a su madre llorando y se había asomado para mirar en su habitación.
No le había contado a nadie lo que había visto, y esa imagen la había seguido atormentando desde entonces, sobre todo por la noche y en sus pesadillas.
Por mucho que Carlotta quisiera olvidar, el peso de lo que había visto la perseguía.
La tormenta rugía sobre la villa del lago, mientras Carlotta cerraba la puerta de la habitación tras de sí y recorría el largo pasillo, colmado de retratos de los condes y las princesas a quienes había pertenecido la casa antes de que su madre la comprara.
Siempre le habían inquietado, con esos rostros serios y las manos entrelazadas…
Durante todo el verano, cada vez que pasaba por delante, se sentía observada.
Un rayo atravesó el lago y el estruendo del trueno lo siguió de inmediato.
La voz de una niña resonó en el largo pasillo. Estaba justo detrás de ella.
—Mamá —decía—, mamá.
Carlotta sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. No quiso darse la vuelta: para llegar a la habitación de María debería ir hacia la voz. Ni hablar. Empezó a correr en dirección contraria y llegó al final del pasillo sin aliento.
Antes de bajar las escaleras, se atrevió a volverse.
La niña estaba delante de la puerta de la habitación de Carlotta.
—Mamá —repitió, levantando un brazo hacia ella.
Carlotta se echó a llorar mientras bajaba las escaleras.
Debería haberse quedado en su habitación y no haber intentado evocar a ningún espíritu, debería haber hecho como Patricia o María, que no creían en esas cosas. Todos le habían dicho que cuanto más crees en los espíritus, más te dan lo que pides.
—Vete, vete —suplicaba en voz baja mientras corría hacia el jardín.
No le importaba que fuera arreciara la tormenta: el único lugar donde se había sentido segura en aquellos meses en Italia era precisamente el naranjal.
Recorrió la avenida arbolada, mientras la lluvia le caía sobre la cara y le empapaba el camisón.
Se volvió hacia la villa, le pareció que el reloj de la fachada hacía girar las agujas, percibió el frufrú de la ropa, y la estatua de una mujer que se hallaba justo a la entrada de la verja le pareció que se burlaba de ella.
—¿Qué he hecho mal? —se preguntó en voz alta.
En realidad, no quería una respuesta. No le habría gustado. Desde que había llegado al lago de Como, se había visto envuelta en mentiras y secretos, había antepuesto su curiosidad por encima de todo y no había hecho más que meterse en líos.
No se había portado bien con nadie, ni siquiera había intentado proteger a su hermana de un amor equivocado. El justo castigo que merecía, tal vez, era esa locura que sentía en las venas y ese miedo a algo que solo ella veía, pero que realmente podría no existir.
Cuando llegó al naranjal apenas tenía aliento, hizo el amago de volverse de nuevo, pero tropezó con una piedra que la lluvia había desplazado en el terreno. Cayó al suelo: apenas tuvo tiempo de poner las manos delante para protegerse la cara.
Ante ella, un par de botas oscuras. Carlotta alzó la vista y lo vio.
Era la última persona a la que hubiera querido encontrarse por la noche en el jardín de su villa.
—Carlotta —murmuró el duque, tendiéndole una mano—. Estáis empapada. ¿Qué pasa?
Estaba temblando. Agarró la mano, sintió su poderoso apretón y dejó que la levantara. Tuvo el instinto de lanzarse a sus brazos de lo asustada que estaba.
—Ella está aquí —dijo, castañeteando los dientes—. Ella sigue aquí, por mí.
Él suspiró, se quitó la capa y se la puso sobre los hombros.
—Venid. Refugiaos en el porche.
La llevó junto al cobertizo de los aparejos, sin soltarle la mano en ningún momento.
Carlotta seguía aterrorizada, así que no podía hacer otra cosa que escucharlo…
—No quiero volver a esa villa —susurró—. No puedo, no puedo.
El duque le rozó la frente para apartarle los mechones de pelo húmedo que se le habían pegado a la cara.
—Calmaos —musitó.
—Pero ¿cómo voy a hacerlo? Ella está ahí, ¿no la veis?
El duque miró en la dirección que le indicaba Carlotta y suspiró.
—No —dijo con tono decidido—. No veo lo que vos veis. Pero quizá hay cosas que deberíais saber.