El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 67
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Capítulo 67

Capítulo Sesenta Y Siete

CUANDO CAL Y KELLY cruzaron las puertas de la redacción de The Register a última hora de la mañana del jueves, el puñado de empleados que quedaba se puso en pie y aplaudió.

Las noticias corrían deprisa, aunque la magnitud de una noticia así en Statenville justificaba una edición especial.

Pero era una edición que jamás llegaría a imprimirse.

Guy había desaparecido y los agentes del FBI registraban el despacho del editor en busca de cualquier cosa que pudiera relacionarlo con las actividades ilegales de Gold y Cloverdale Industries.

Joseph Mendoza estaba destinado a perder el control del periódico por sus vínculos con Gold.

Sammy Mendoza probablemente también acabaría pasando algún tiempo en la cárcel, por lo que no era el candidato ideal para hacerse cargo del negocio familiar.

Si Kelly decidía quedarse en Statenville, cada vez parecía más probable que las llaves del tesoro de los Mendoza, The Register , acabaran en sus manos a una edad muy temprana.

Daniel Richardson, uno de los miembros del consejo de administración de The Register , recibió a Cal y Kelly. Les informó de los planes para reestructurar la redacción y ofreció a Kelly el puesto de editora y a Cal el cargo de director ejecutivo. Era otra decisión para la que necesitaban tiempo.

A Cal le parecía una idea romántica: casarse con Kelly, establecerse en un pueblo pequeño y conseguir que The Register volviera a ser una fuente de información fiable.

Pero, por mucho que le gustara la idea en conjunto, la perspectiva de tener que quedarse en Statenville, el pueblo de vacas de Idaho, como le gustaba llamarlo, durante el resto de su vida no resultaba tan atractiva.

Tal vez no tuviera por qué ser así. Tal vez pudiera tener a la chica de sus sueños y el trabajo de sus sueños.

Juntos podrían investigar a más políticos y gobiernos corruptos y ganar unos cuantos Pulitzer...

Pero ese no era el verdadero sueño de Cal, ese que ahora tenía la oportunidad de hacer realidad.

Su deseo profesional más profundo era cubrir deportes profesionales para un gran periódico de una metrópoli, no escribir pies de foto sobre apretones de manos y sonrisas para un semanario de pueblo.

Quería hablar de la Super Bowl en las cenas después de haber regresado de cubrir el acontecimiento.

Quería compartir sus opiniones en columnas y páginas web, y que los aficionados hablaran de sus reflexiones sobre cualquier tema que decidiera abordar.

Hacía mucho que había renunciado a la idea de jugar en la NFL, después de quedarse en un discreto metro setenta y cinco y setenta y dos kilos vestido con ropa de invierno.

El sueño de Cal de cubrir a un equipo de la NFL aún era una meta alcanzable.

Y todavía era demasiado pronto para decidir si valía la pena sacrificar aquel sueño por Kelly.

Cal se sentó ante su mesa y empezó a revisar sus papeles y cuadernos.

Sabía que no le quedaba mucho tiempo en aquel trabajo ni en aquel pueblo.

The Tribune le había hecho una buena oferta, pero no era un puesto de periodista deportivo, aunque tanto el sueldo como la repercusión superaban con creces cualquier cosa que The Register pudiera ofrecerle, incluso como directivo.

Su iPhone vibró y avanzó despacio por la mesa. Era Josh.

—Hola, Josh. ¿Cómo estás?

—Estoy bien, pero seguramente no tanto como tú, señor Primicia.

—Entonces, ¿ The Times ha publicado mi artículo allí en Seattle?

—Vaya si lo hemos publicado. Ha acaparado la portada del periódico de hoy. ¿Por qué no me dijiste que estabas trabajando en esto?

—Probablemente porque no empezó a pasar nada hasta el momento en que colgué contigo el lunes.

—Impresionante. Tendrás que contármelo todo este fin de semana.

—¿Todavía vienes?

—Puedes darlo por hecho. No me perdería la apasionante acción del fútbol americano de ocho jugadores del viernes por la noche ni por todas las patatas de Idaho.

—Estupendo. Te veré mañana en el aeropuerto.

Cal no se lo podía creer. Una conversación, aunque breve, que no había incluido ni un solo insulto de Josh. Era la primera vez.

—¿Quién era? —preguntó Kelly.

—Ah, era mi amigo Josh. Viene al pueblo este fin de semana. Tendrás que conocerlo.

—Vaya, qué pena. Tengo otros planes. Este fin de semana voy a pescar con mosca con mi padre. Tal vez pueda ayudarme a decidir qué hacer con mi vida y con esta oportunidad.

—Parece divertido. Pásalo bien. Avísame cuando hayas decidido.

Kelly se rio. —¿Qué? ¿Quieres saber si voy a ser la editora o no para decidir si quieres trabajar para mí?

—No, no es eso. Solo estoy pensando qué voy a hacer yo y me gustaría conocer tu opinión.

—No te preocupes, la compartiré contigo en cuanto sepa algo. Aunque formamos un equipo estupendo.

—No puedo discutir eso.

Cal se preguntó si estaba ante una encrucijada vital o una simple bifurcación.

Tal vez aquellos caminos volvieran a converger algún día, o quizá se separaran en direcciones opuestas para no volver a cruzarse jamás.

Para Cal todo era incierto. Pero era una incertidumbre buena, de esas que la mayoría desearía volver a experimentar cuando su vida aún no estaba escrita.

Cal sabía que tenía por delante decisiones difíciles.