Capítulo 65 #2
Dicho esto, Gold disparó dos veces, una contra cada rodilla de Mercer.
Mercer gritó mientras se tambaleaba hacia el suelo, a apenas un metro del borde del precipicio.
Pero, antes de que pudiera desplomarse, Gold se abalanzó sobre él y le dio un empujón con el pie izquierdo.
Ya desequilibrado, Mercer volvió a trastabillar hacia atrás hasta que intentó apoyar el pie en terreno firme y no encontró nada.
El grito de Mercer fue desgarrador durante diez segundos y llenó el cañón con su dolor y sus últimas palabras.
Gold observó durante unos segundos cómo Mercer se retorcía de dolor mientras caía, hasta quedar convencido de que no había posibilidad de que sobreviviera. Entonces volvió a centrar su atención en Cal.
—¿Así es como lo hacía en Boston, solo que con una moneda de oro?
Por primera vez durante aquel enfrentamiento, Gold parecía atónito. Cal había esperado provocar una reacción así cuando le reveló que Mercer había matado a su hijo, pero aquella había sido leve en comparación.
—¿Cómo dice? ¿Qué ha dicho?
—Me ha oído. Pero se lo preguntaré otra vez: ¿así es como lo hacía en Boston? Ya sabe, ¿así es como asesinaba a la gente, sin piedad y causándole todo el dolor posible?
—Vaya, de verdad que te subestimé, Cal. No tenía ni idea de que fueras un periodista tan concienzudo. Es una lástima que nunca vayas a poder sacar adelante esa carrera tuya.
Gold volvió a apuntar con el arma hacia Cal.
—Yo que usted no haría eso, porque será lo último que haga. Matarnos a Kelly y a mí, quiero decir.
Gold se echó a reír. —Desde luego, tienes mucho valor para hablar así, Cal. Para que lo sepas, podrás achacarle tu muerte a esa bocaza tuya.
Gold volvió a apuntar a Cal con el arma.
—Quizá debería replantearse lo que está haciendo, Gold. Supongo que se estará preguntando de dónde sale ese punto rojo que tiene en la camisa.
Gold bajó la mirada y vio una mira láser apuntándole directamente al corazón. Moriría en menos de treinta segundos si una bala se lo atravesaba. Y lo sabía. Pero aun así mantuvo el arma apuntada contra Cal.
—Yo dejaría el arma en el suelo antes de dos segundos, o se quedará sin mano —dijo Cal.
Gold se rio e hizo caso omiso de Cal. Dos segundos después, una bala A3 G disparada por un francotirador estuvo a punto de separar la mano de Gold del resto de su cuerpo. La pistola cayó al suelo.
—Se acabó, Gold. Ríndase.
Y se había acabado. Por la expresión de Gold, Cal comprendió que se había rendido. Pero no era así como Gold quería acabar: pudriéndose en la cárcel antes de que lo ejecutaran. Desfilando sin cesar por los juzgados, con grilletes y un mono naranja. No era propio de él.
De la mano de Gold manaba sangre a borbotones. Se inclinó y se agarró la derecha con la izquierda en un intento inútil por contener la hemorragia. —¡Lo has echado todo a perder! Se suponía que debías estar controlado.
—¿El sheriff Jones no pudo hacer el trabajo? —preguntó Cal, tratando de arrancarle una confesión.
—Jones no es un activo, pero podría haberse convertido en un problema si no lo hubiera incluido.
Cal sonrió. Un triplete de corrupción: el gobierno municipal, las fuerzas del orden locales y el FBI. Era perfecto.
—Espero que estés contento, Cal. Y tú también, Kelly. Los dos habéis destrozado la vida de mi familia. Mis hijos crecerán sin padre. Buen trabajo, escoria.
Kelly sonrió. Entonces Cal se burló de Gold con una risa sarcástica, esta vez por su incapacidad para razonar.
—¿Yo? ¿Destrozar vidas? Piense en los incontables miles de personas a las que ha arruinado, tanto individuos como familias.
Todos esos drogadictos y todas esas personas a las que ha empujado a una vida delictiva...
Sí, soy escoria por destrozar la vida de su familia, una familia que solo formó para que le sirviera de tapadera.
Gold hizo una mueca, todavía tratando en vano de detener la sangre que manaba a borbotones. —Así empezó, pero algo cambió por el camino.
—Sí, claro que cambió. Ni siquiera lloró la muerte de su hijo. Para usted no fue más que un daño colateral.
Gold alzó la mirada hacia Cal y lo fulminó con los ojos. —No sabes nada.
—Sé que va a ir a la cárcel, Gold. Será mucho más seguro que enviarle una carta a la familia Scarelli con su paradero y dejar que se lo lleven de vuelta a Boston, con la bendición del FBI, por supuesto.
—Como ya he dicho, no sabes nada.
Tras aquella última réplica, Gold se volvió y saltó al cañón para reunirse con Mercer en la más cruel de las muertes.
Cal y Kelly suspiraron aliviados.
—¿Habéis grabado todo esto? —preguntó Kelly mientras retorcía el cuerpo para colocar las manos de modo que pudiera sacar el iPhone del bolsillo y hacer una señal al francotirador del FBI apostado en lo alto de una cresta—. Ahora bajad y quitadnos estas esposas.
Después de reunirse con Cal y Kelly a primera hora de aquel día, el FBI había trasladado en avión a un francotirador y a un equipo táctico completo hasta un punto con vistas al vertedero favorito de Gold en el cañón de Cold River.
Aunque el FBI sospechaba que Mercer podía ser el topo, decidieron grabar discretamente todo lo sucedido con el iPhone de Kelly, un dispositivo que nadie sabía que aún conservaba.
La línea abierta también permitió al equipo táctico saber cómo reaccionar ante lo que ocurría frente a ellos.
Los motivos de Mercer seguían siendo un misterio para la agencia, pero ya no importaba.
Si Gold y Mercer hubieran sobrevivido, los responsables del FBI sabían que cualquier admisión de culpabilidad por parte de Gold en aquellas circunstancias probablemente se desmoronaría ante un tribunal.
Sin embargo, un reportaje revelador publicado por un medio de comunicación podía haber obligado a Gold a dar un paso desesperado, y sabían que entonces la agencia podría atraparlo.
Todas las conjeturas, especulaciones y teorías desaparecieron en unos diez segundos cuando Gold mató a Mercer, y luego todo quedó en nada cuando el propio Gold saltó. Ningún responsable del FBI se quejaba.
Por segunda vez en menos de veinticuatro horas, Cal y Kelly habían evitado que los arrojaran al fondo del cañón de Cold River.