Capítulo 65
Capítulo Sesenta Y Cinco
CAL NO HABÍA TOMADO A MERCER por un agente oportunista del FBI, de los que abusaban de su poder a cambio de una porción de una cuantiosa recompensa.
Aunque tampoco había pensado que Buddy Walker fuera siquiera agente del FBI.
Pero la mayor sorpresa hasta el momento llegó cuando descubrió que el alcalde Gold era en realidad un tal Carmen Deangelo, uno de los principales capitanes de la familia mafiosa Scarelli que había desaparecido años atrás.
Antes de hablar con los directores de la oficina local del FBI en Salt Lake City, Cal no tenía ni idea de quiénes eran los Scarelli, pero parecían gente peligrosa.
Entonces uno de los directores le explicó lo despiadado que había sido Gold antes de marcharse de Boston.
Mientras esperaba a Mercer en las oficinas del FBI, Cal se había enterado por un agente de que tanto Mercer como Walker estaban siendo investigados ante la sospecha de que uno de ellos fuera un topo.
El secreto de Walker había quedado enterrado con él, pero Mercer aún podía resultar ser el hombre al que buscaba el FBI.
Pero, fuera o no el topo, Cal estaba convencido de que la principal razón por la que el FBI se mostraba tan dispuesto a ayudar a un periodista era que querían restar importancia al hecho de que uno de sus agentes fuera directamente responsable de la muerte de tres estudiantes y deportistas de instituto en la flor de la vida.
Querían controlar la historia y darle el enfoque que más les conviniera.
Cal no pensaba seguirles el juego, pero, por el momento, consideró que lo mejor era reunir todas las pruebas posibles y decidir después qué promesas cumplir.
Durante la sesión informativa previa a la llegada de Mercer, el enlace de Cal y Kelly en el FBI dejó claro que no había ninguna garantía de que sobrevivieran a Gold si este se desesperaba.
Existían riesgos, riesgos graves. Pero a Kelly no le importó.
Dejó tan clara su determinación de ver a Gold entre rejas que Cal ni siquiera tuvo ocasión de plantearse echarse atrás.
El FBI estaba dispuesto a destinar todos sus recursos a protegerlos.
Era una oportunidad que no podía desaprovechar: eliminar de un golpe a un mafioso incluido en la lista de los más buscados del FBI y desmantelar una gran red de narcotráfico.
Incluso podrían atrapar también a un topo.
Para aquella oficina local de Salt Lake City, la situación de Cal representaba un regalo digno de que el mismísimo Papá Noel lo dejara envuelto bajo el árbol en Navidad. Solo faltaba que Cal y Kelly se deslizaran por la chimenea sin contratiempos.
Cal y Kelly bajaron del coche de mala gana.
Mercer los empujaba de un lado a otro. Ambos hicieron todo lo posible por fingir estupor y sorpresa ante la traición.
Se apoyaron en la parte de aquella reacción que era auténtica, la posibilidad que creían que nunca se haría realidad. El plan B estaba en marcha.
Gold salió de su coche y caminó despacio hacia los periodistas, cuyas espaldas se encontraban a unos prudenciales catorce metros del borde del precipicio.
Con los brazos abiertos y una sonrisa maliciosa en el rostro, Gold parecía estar disfrutando del momento.
Los dos periodistas que intentaban arruinarle la vida estaban esposados.
—Por fin tengo aquí conmigo a las dos moscas cojoneras que me atormentan, y podré aplastarlas yo mismo.
Cal sabía que no disponía de mucho tiempo, así que empezó a seguir el guion.
—¿Moscas cojoneras? —preguntó Cal—. ¿De qué está hablando? Yo solo intentaba averiguar qué había matado a su hijo. No sabía que hacer mi trabajo fuera a convertirme en semejante incordio para usted.
—Todos los periodistas sois escoria. Vuestro trabajo representa una de las profesiones más viles de nuestra sociedad. Los periodistas siempre sois un incordio cuando metéis las narices donde no debéis.
—Entonces me declaro culpable con mucho gusto.
—Y yo también —intervino Kelly, dilatando las aletas de la nariz. Estaba ansiosa por enfrentarse a la auténtica escoria.
—Vaya, qué fierecilla —dijo Gold mirando a Kelly—. Siempre me has caído bien, Kelly. Aunque tienes una lengua afilada. Me pregunto si serás capaz de morderte la lengua mientras caes al fondo del cañón.
Gold se acercó a sus objetivos. Llegó hasta Cal y lo agarró por la parte superior del brazo. Después miró a Kelly.
—¿Quieres ver volar a un hombre? —preguntó Gold.
Kelly lo fulminó con la mirada y tuvo el buen juicio de guardar silencio.
Cal decidió que permanecer callado lo perjudicaría y, desde luego, no formaba parte del plan.
—¿Así que cree que matarnos acabará con el peligro de que lo detengan y clausuren Cloverdale Industries?
Gold se rio.
—Sin duda. Al fin y al cabo, tengo todas vuestras pruebas físicas. Vuestro testimonio de palabra es endeble, pero no me gusta correr riesgos.
—¿De verdad cree que no hicimos ninguna copia?
—¡Ja! Sé que vas de farol. Has visto demasiadas series de detectives, señor Reportero Novato. Es imposible que tuvierais tiempo de enviar las pruebas a ningún otro sitio. Yo mismo destruí las fotos y la tarjeta de memoria.
—Tiene demasiada confianza, Gold. Será su perdición.
—Y tu bocaza será la tuya. Bueno, eso y el hecho de que tú estás esposado y yo no.
Gold sacó una pistola y apuntó a Cal.
Cal sabía que se le agotaba el tiempo y que había llegado el momento de hacer su último intento para obtener una confesión de Gold.
—Antes de matarme, ¿no quiere saberlo, alcalde? —dijo Cal.
—¿Saber qué?
—Cómo su hijo y sus dos compañeros de equipo pasaron de ser unos adolescentes sanos un día a estar muertos al siguiente, y de la forma más espantosa.
Gold mantuvo la pistola apuntada a la cabeza de Cal, pero le siguió el juego.
—Dejaron de importarme las razones en cuanto comprendí que la muerte de mi hijo significaba que Statenville y Cloverdale Industries estaban a punto de perder todo aquello que me había esforzado por construir.
Proteger lo que quedaba seguía siendo lo más importante.
Tengo otros familiares que continúan vivos y debo pensar en ellos.
—¿Y si le dijera que hoy mismo podría vengar su muerte, además de matarnos aquí? Una oferta de tres por uno.
—Continúa.
—¿De verdad necesita que se lo explique con todas las letras?
—¿Mercer?
—Sí. Él es el responsable de la muerte de su hijo.
Mercer sacó pecho y empezó a protestar. —Estás mintiendo, Cal —gritó—. Gold, este chaval solo intenta salvar el pellejo. ¡Todo lo que dice es mentira!
—No te creo, Cal —dijo Gold.
Mercer se relajó de inmediato, pero Cal no se detuvo.
—Ah, ¿no me cree? Bueno, tal vez debería preguntarle a Mercer por el CPZ. Puede que lleve un poco encima ahora mismo.
—¿De qué estás hablando?
—Hablo de un programa del FBI para desarrollar marcadores que se mezclan con los lotes de droga.
Provoca un extraño picor que acaba llevando a la persona al hospital.
El insólito fenómeno se comunica a los CDC y el FBI recopila los datos para obtener información sobre la red de una operación de narcotráfico.
Eso es lo que hacían Walker y Mercer en Statenville: ayudar a preparar un caso para desmantelar Cloverdale Industries.
Y estaban reuniendo pruebas suficientes para encerrarlo de por vida.
—Pero tengo a Mercer comprado. Llevo en esto el tiempo suficiente para saber reconocer a un agente federal en cuanto lo veo, y también para identificar a quienes se pueden comprar. Mercer ha cumplido de maravilla y os ha traído a los dos hasta mí.
—Sí, pero eso no cambia el hecho de que mató a su hijo cuando introdujo esas sustancias químicas en las drogas que este tomó. Intentaba ayudarlo. Supongo que su hijo no fue más que un daño colateral, una consecuencia involuntaria.
—Sí, estoy seguro de que fue involuntaria. Fue una auténtica desgracia, pero sé que Mercer intentaba ayudarme.
—Sí, seguro que su hijo habría agradecido saber que usted consideraba su vida un simple daño colateral mientras se arañaba hasta morir.
—¿De qué estás hablando?
—De verdad no lo sabe, ¿verdad? ¿No sabe cómo murió su hijo? ¿No siente la menor curiosidad?
—Adelante.
—Cuando se añade a la metanfetamina, el CPZ empieza a actuar sobre el hígado y obliga a la bilis a pasar al torrente sanguíneo.
Cuando llega a la sangre, provoca una intensa sensación de picor.
Solo que el picor no puede aliviarse en la superficie.
Está debajo de la piel. Su hijo se arañó hasta morir y sufrió una de las agonías más atroces durante sus últimos minutos en este mundo. Todo gracias al amigo Mercer.
—Mercer, ¿es verdad?
—Como usted ha dicho, alcalde, yo solo intentaba ayudar a proteger Cloverdale y despistar a los federales. Jamás quise que su hijo sufriera ningún daño.
—Además, ¿cómo sabe que Mercer está de verdad de su parte? —añadió Cal, convencido de que había dicho lo suficiente para provocar en Gold un arrebato de furia aún más intenso.
Tal como Cal había predicho, Gold empezó a dirigir su ira contra Mercer. Lo apuntó con la pistola y avanzó hacia él. Cal lanzó una mirada a Kelly mientras ambos contemplaban atónitos aquella demostración de agresividad.
Mercer retrocedió despacio. Solo estaba a tres metros del borde del precipicio.
—Eh, vamos. Tranquilo, Gold. Sabe que solo fue una coincidencia desafortunada. Jamás quise que su familia sufriera ningún daño, y mucho menos que alguien muriera.
—Mataste a mi hijo —dijo Gold. La ira y el odio habían dado paso a una expresión vengativa—. Se arañó hasta morir. Pocas formas hay de morir peores que esa... salvo quizá caer al vacío con una rótula destrozada de un disparo.