Capítulo 64
Capítulo Sesenta Y Cuatro
EL ALCALDE GOLD APARCÓ SU coche exactamente en el mismo lugar que había ocupado menos de veinticuatro horas antes.
Solo que, esta vez, Gold sabía que Cal y Kelly viajarían en la parte trasera del coche patrulla de Mercer.
Su pesadilla terminaría por fin cuando los cadáveres de los dos periodistas llegaran al fondo del cañón del Cold River.
El accidente que les aguardaba sería un percance mientras practicaban escalada.
El sol de la tarde castigaba las paredes rocosas. Aunque permanecer de pie bajo el calor abrasador de agosto era un pequeño sacrificio para Gold. Hacía mucho que había demostrado su determinación a la hora de proteger Statenville y el imperio de la droga que había ideado.
Sonrió al ver aparecer el coche patrulla de Mercer por la sinuosa carretera polvorienta que conducía al borde del cañón.
No haría falta ningún truco de desaparición, al menos no para él.
El cariño de Gold por su familia había empezado a impedirle ver el panorama general.
No es que fuera algo malo, pero sin duda constituía una debilidad.
Gold también lo sabía. Sin embargo, nunca iba sobre seguro: prefería bailar al borde del peligro.
Era un lugar estimulante, aunque Gold todavía no había experimentado los efectos de una caída.
Siempre apartaba de su mente esas ideas.
Podía huir y reinventarse cuando quisiera.
Pero esta vez no. Prefería mantenerse firme y construir algo duradero, aunque no era a su familia a la que valoraba tanto .
En cuestión de momentos, su fortaleza se volvería mucho más inexpugnable.
Cal había confiado en que no estuvieran a punto de conducirlo a una trampa, pero allí estaba. Ni siquiera se molestó en protestar ante Mercer. Sabía que lo habían engañado. Al menos, esta vez estaba preparado.
Mercer rompió el incómodo silencio.
—Supongo que ya os habéis dado cuenta de que no vamos al despacho de Gold.
—Sí, no soy idiota.
—¿Quién lo dice? —replicó Mercer, soltando una risotada nerviosa ante su propio chiste—. Ah, y esto no te hará falta —añadió mientras recogía el iPhone de Cal del asiento delantero y lo arrojaba por la ventanilla al cañón—. No te preocupes, el alcalde te dejará ir a buscarlo dentro de un minuto.
Mercer volvió a reírse. Cal no podía creer hasta qué punto era siniestro en realidad, lo frío y calculador que se había vuelto en el último minuto. Decidió no reaccionar, no darle el placer de saber que estaba inquieto o asustado.
Por fin, el coche derrapó hasta detenerse en la remota carretera polvorienta. A excepción de Gold, no había nadie en aquella zona del cañón del Cold River, un lugar considerado el comienzo del espacio natural de Idaho.