Capítulo 63
Capítulo Sesenta Y Tres
—¿CREES QUE ESTO funcionará? —le preguntó Kelly a Cal.
—Eso espero —respondió él—. Es la mejor idea que se me ha ocurrido.
Cal y Kelly repasaron su propio plan mientras esperaban a que llegara Mercer.
Confiaban en él. ¿Qué otra motivación podía tener?
Pero Cal estaba madurando a marchas forzadas.
Con cada giro inesperado que se producía durante sus esfuerzos por reunir cuanto necesitaba para escribir una historia rigurosa, pasaba de ser un reportero novato a convertirse en un veterano.
Cal esperaba no equivocarse respecto a Mercer, pero no podía desoír ninguna sospecha que apuntara lo contrario.
Confiaba en que sus medidas de precaución bastaran si llegaba el caso.
Cal seguía con el corazón encogido, incluso cuando lanzaba alguna mirada furtiva a Kelly.
Era preciosa y quería pensar en un futuro junto a ella, pero no podía.
El dolor por la pérdida de su mentor era demasiado intenso y la herida, demasiado reciente.
Una vez que hiciera justicia por Guy, tal vez podría soñar con un futuro junto a la señorita Mendoza.
Pero, por el momento, solo tenía espacio en la cabeza para una cosa: atrapar a Gold y contar una historia tan increíble que al propio Cal le costaba creerla.
Pero sabía que era real. Habían muerto personas que conocía y él había logrado escapar con vida... hasta el momento.
Mercer llegó por fin y acercó el coche patrulla al bordillo del lugar acordado para que Cal y Kelly pudieran subir. Ambos entraron en el asiento trasero.
El trayecto de dos horas de vuelta a Statenville transcurrió sin incidentes, salvo por la velocidad a la que lo hicieron. Mercer volvió a expresar sus condolencias a Cal y Kelly por la muerte de Guy. Después empezó a repasar el plan para asegurarse de que todos sabían exactamente qué debían hacer.
Mercer explicó que se había ganado con facilidad la confianza del alcalde Gold, quien se entusiasmó al enterarse de que Mercer había capturado a la pareja gracias a un aviso fortuito procedente de Salt Lake City.
Aquello distaba mucho de la verdad, pero a Cal no le importaba.
Detestaba mentir y prefería que Mercer se encargara de ese trabajo sucio.
Dentro de poco, Cal tendría que engañar a Gold.
Pero estaba convencido de que podría hacerlo. Lo hacía por Guy.
A diez minutos de Statenville, Mercer decidió repasar el plan una vez más.
Cal y Kelly lo explicaron paso a paso y demostraron que sabían exactamente cómo iba a desarrollarse todo.
Mercer les dijo que ambos estaban preparados.
Kelly alargó una mano y apretó la pierna de Cal justo por encima de la rodilla.
—Puedes hacerlo —dijo.
—Sé que puedo. Haré que Guy se sienta orgulloso.
Cal y Kelly empezaron a ponerse nerviosos, aunque sabían todo lo que debían hacer. Cal intentó crujirse los nudillos, algo que le resultó más difícil porque llevaba las esposas puestas. Respiró hondo para mantener la calma.
De pronto, Mercer bloqueó todas las puertas y dio un volantazo para desviarse bruscamente a la derecha, alejándose de Statenville. El plan había cambiado.
En realidad, el plan de Mercer no había cambiado de forma tan repentina.
Solo cambió cuando comprendió que Cal y Kelly lo sabían todo y que en su historia no iba a haber ningún héroe.
Era una desgracia para Cal y Kelly. En lugar de ayudar a los periodistas, Mercer los llevaba a la muerte.
No es que fuera a matar a dos inocentes: Mercer sabía que Gold quería supervisar personalmente la muerte de los periodistas. No eran más que daños colaterales.
Entonces, y solo entonces, Mercer haría su propia jugada contra Gold.
Mercer sería el héroe que, sin ayuda de nadie, atraparía al cerebro de la gran red de narcotráfico del Noroeste y a un sicario de la mafia en busca y captura.
La reputación de Mercer y la nobleza del FBI quedarían por las nubes.
Al fin y al cabo, todo aquello era por el bien común.