Capítulo 62
Capítulo Sesenta Y Dos
CUANDO SONÓ EL TELÉFONO DE CAL, no reconoció el número.
Mientras atravesaba las puertas del vestíbulo de las oficinas de The Tribune para salir, se planteó durante un instante no contestar, temeroso de que alguna agencia gubernamental estuviera intentando localizarlo en ese mismo momento. Pero la curiosidad pudo con él.
—¿Diga?
—Cal, ¿eres tú?
—Sí. ¿Quién es?
—Soy Mercer, del Departamento del Sheriff de Statenville. No cuelgues. Escúchame primero.
—Vale, pero sea breve. No he hecho nada malo y no pienso entregarme para enfrentarme a unos cargos inventados.
—Bueno, en cierto modo llamo precisamente por eso. Quiero ayudarte.
—Le escucho.
—Vale, sé que el alcalde Gold intentó mataros a Kelly y a ti anoche. ¿Está contigo?
—¿Por qué lo pregunta?
—Es importante. Necesito que los dos me ayudéis a atrapar a Gold.
—¿Atrapar a Gold? ¿Usted? ¿Por qué?
—Bueno, Cal, no soy exactamente quien aparento ser. En realidad trabajo de incógnito con Buddy Walker, que en paz descanse.
—¿Qué? ¿Walker está muerto?
—Sí, la cifra de muertos se está disparando de forma insólita por aquí. Y sabes que Gold quería sumarte a ella, ¿verdad?
—Sí, así que vaya al grano. Estoy perdiendo la paciencia.
—Vale, escucha. Sé que intentas escribir una historia sobre todo esto, pero quiero ayudarte a ganar un Pulitzer.
Cal se rio. —Vale, no estaría mal, pero me conformo con algo fuera de lo común que añadir a mi dosier.
—¿Qué te parecería que Gold confesara un asesinato?
—¿Un asesinato? ¿A quién ha matado?
—A Walker, para empezar. Pero también ha matado a otra persona que conoces...
El corazón de Cal se detuvo. Solo había una persona, aparte de la mujer que estaba a su lado, capaz de impulsarlo a arriesgar la vida para atrapar a Gold. Entonces Mercer pronunció su nombre.
—Guy Thompson.
Cal se desplomó. El teléfono también se le cayó de la mano y giró sobre el hormigón con la misma velocidad que sus pensamientos desbocados.
¿Cómo ha podido pasar esto? Es culpa mía. Era el único que me protegía.
A Mercer solo le llegaban los sonidos ambientales de Fourth Street.
—¿Qué pasa, Cal? —preguntó Kelly, arrodillándose a su lado y posándole una mano en la espalda—. ¿Qué ha ocurrido?
Cal bajó la mirada y negó con la cabeza. —Han matado a Guy.
Kelly rompió a sollozar. Cal también acabó derramando algunas lágrimas. Se abrazaron brevemente y se secaron el llanto.
—Kelly, tenemos que atrapar a Gold. No puede salirse con la suya.
Ella asintió. —Haré lo que haga falta.
Cal casi se había olvidado de Mercer hasta que oyó una voz procedente del teléfono, que ahora estaba en la acera a unos treinta centímetros de él.
—¿Cal? ¿Cal? ¿Estás ahí?
Cal recogió despacio el teléfono.
—Estoy aquí.
—Escucha, Cal. Siento mucho tu pérdida. Sé que Guy era un gran hombre y un buen director de periódico.
—Era un hombre extraordinario, y no permitiré que su muerte haya sido en vano. ¿Cómo conseguimos que Gold confiese un asesinato?
—Vale, estupendo. Bueno, había pensado que podría llevaros detenidos para que no sospechara nada. Después lo llamaría para que viniera y tú podrías tener un momento a solas con él y conseguir que te dijera que lo hizo. Entonces me volvería, lo arrestaría y todos conseguiríamos lo que queremos.
—¿Por qué hace esto, Mercer?
—Bueno, me caes bien, Cal. Y Kelly también.
Y Walker, mi compañero, me caía muy bien.
No querría que su nombre quedara manchado para siempre.
Lo que hizo estuvo mal: adulteró esas drogas que terminaron matando a aquellos chicos.
Pero solo intentaba hacer lo correcto. No querría que sus familiares pensaran que era un asesino en lugar de un hombre que luchó por la justicia.
—De acuerdo. Parece un buen plan. Tendrá que venir a recogernos. Estaremos en las oficinas del FBI de Salt Lake City.
—Voy para allá. Te llamaré dentro de dos horas, cuando llegue.
Cal colgó y exhaló. Estaba cansado. Y furioso. Y destrozado. Habían asesinado a su mentor, todo porque Cal no había sabido dejar aquella historia. La culpa se apoderó de él. Cal volvió a llorar.
—Todo es culpa mía —dijo Cal, intentando recobrar la compostura.
A Kelly también volvieron a llenársele los ojos de lágrimas.
—No, no lo es, Cal. No puedes culparte por lo que un monstruo le hizo a Guy.
Él decidió ayudarnos. Hoy hemos perdido a un buen amigo, pero pensemos en él como en un hombre que sacrificó su vida para que se conociera la verdad.
Y encontremos la forma de sobrevivir y contar esta historia para honrarlo como es debido.
Cal asintió. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se levantó. Tendría que dejar en suspenso toda su vorágine de emociones. Necesitaba hablar con el señor Youngman.