Capítulo 59
Capítulo Cincuenta Y Nueve
GOLD NO PODÍA DORMIR. Aunque se negaba a mostrar otra emoción que no fuera ira pese a la muerte de su hijo, los nervios de Gold estaban cada vez más crispados.
Y su ira aumentaba. Aquella noche ya había mirado a los ojos a un hombre al que consideraba amigo y lo había matado. ¿Sería capaz de matar a dos más?
Gold decidió que debía encargarse personalmente de aquel último cabo suelto.
Aunque confiaba a Yukon los secretos más oscuros que albergaban Statenville y Cloverdale Industries, quería ver con sus propios ojos los cadáveres de los dos periodistas en el fondo del cañón de Cold River.
Se acabó preguntarse qué sorpresas le aguardaban al día siguiente. Todo terminaría aquella noche.
Sentado en su coche, al final de un camino de tierra del cañón de Cold River, Gold tamborileaba sobre el volante mientras esperaba la llegada de Yukon.
Dio otro trago a la petaca que había llevado consigo.
Gold podía ser despiadado, pero incluso él necesitaba ayuda para reunir el valor de matar a más de una persona en una sola noche.
No sería la primera vez que lo hacía, pero había pasado mucho tiempo.
Gold negó despacio con la cabeza y cerró los ojos, intentando apartar de su mente la pesadilla de que su imperio quedara al descubierto.
No era eso lo que quería. Estaba harto de matar, de aquel trabajo sucio que le arrancaba un pedazo del alma con cada persona que asesinaba.
Por eso había abandonado Boston. No podía escapar de una vida de delincuencia, pero sí de los asesinatos.
Para Gold, vender drogas era una simple transacción, un intercambio de dinero por un producto.
Lo que los compradores hicieran con las drogas era cosa suya.
Al menos esperaba que las consumieran de manera responsable y disfrutaran de ellas.
Pero no entendía por qué alguien querría drogarse.
Como cualquier buen empresario, detectó una necesidad y creó una forma de suministrar el producto para satisfacer la demanda.
Como el tráfico de drogas era delito, entrañaba un grado adicional de dificultad que a Gold le resultaba natural.
Durante varios años había dirigido el mejor negocio delictivo que hubiera podido imaginar: asquerosamente rico, sin mancharse las manos y sin que nadie metiera las narices en sus asuntos.
Pero Cal y Kelly lo habían cambiado todo.
No pudieron aceptar el informe del forense y dejar las cosas como estaban.
Tres adolescentes habían sufrido una sobredosis con el mismo lote de droga.
Estaba claro que la droga era mala y eso había provocado sus muertes, ¿verdad?
No había necesidad de inventarse una conspiración de la nada solo para vender unos cuantos periódicos.
Todo el pueblo devoraba cada palabra de cada edición.
Aquello nunca había tenido que ver con vender periódicos.
Ahora Gold tenía que recuperar su arrojo para sembrar el caos y eliminar aquella amenaza considerable al estilo de Scarelli.
No iba a quedar ni rastro de ellos, pero no porque Gold fuera vengativo; hacía mucho que había aprendido que la venganza no llevaba a ninguna parte.
No, Gold se deshacía de los cadáveres como medida de precaución.
No permitiría que le endosaran el asesinato de nadie.
Si las fuerzas del orden de fuera iniciaban una investigación de homicidio a gran escala, probablemente lo considerarían sospechoso o «persona de interés».
Pero no podrían implicarlo seriamente. Cinco años atrás había cometido el error de volver a ser el de antes e introducir una moneda de oro en la boca de una víctima.
Sin embargo, juró no repetirlo y dejó de llevar monedas de oro en el bolsillo para resistir la tentación.
No quería que el FBI husmeara por todo su patio trasero.
Para Gold, el mejor delito era el que no hacía ruido.
Con las ventanillas bajadas para aprovechar la fresca brisa veraniega, Gold oyó los neumáticos de una camioneta devorando un camino de tierra.
El resplandor de los faros iluminó la parte posterior de una roca situada a la izquierda del camino y anunció la inminente llegada de Yukon.
A continuación, las luces penetraron en el coche de Gold y aumentaron de tamaño a medida que Yukon se acercaba a toda velocidad.
La camioneta frenó derrapando y una nube de polvo pasó junto a Gold.
Gold salió atropelladamente del coche, ansioso por poner fin a su sufrimiento. Los cadáveres de dos periodistas lo conseguirían.
Yukon bajó de la camioneta y caminó con parsimonia hacia la parte trasera de la caja, donde se reunió con Gold.
—Bien, veámoslos, Yukon —dijo Gold, sin molestarse en saludar.
Yukon sonrió y se inclinó para retirar la lona, pero se detuvo en seco.
En una fracción de segundo, la sonrisa se transformó en una mueca de enfado, seguida de una diatriba llena de gritos y palabrotas.
Cuatro sacos de patatas mantenían sujeta la lona inferior; la de arriba había desaparecido. Gold empezó a hervir de rabia.
—¿Cómo has podido permitir que ocurriera esto, Yukon? ¿Dónde escaparon?
Yukon no dijo nada. Estaba ocupado repasando sus pasos e intentando averiguar dónde podrían haber escapado Cal y Kelly de la camioneta.
Un día largo e intenso al volante probablemente había desordenado la cronología en su cabeza; eso y las cuatro cervezas que se había bebido de un trago desde que capturó a la pareja.
No se le ocurrió ninguna teoría, así que tuvo el buen juicio de no ofrecer ninguna.
Yukon comprendió que Gold había ido hasta el cañón para presenciar en persona la muerte de Cal y Kelly.
Sabía que su incapacidad para mantener sometidos a los cautivos había permitido que una situación antes controlable evolucionara hasta convertirse en otra más peligrosa; peligrosa, al menos, en el sentido de que Cloverdale Industries podía quedar al descubierto.
Ahora sería mucho más difícil encontrarlos.
Gold descargó su ira contra la camioneta de Yukon: propinó patadas a los neumáticos y golpeó el lateral con el puño.
Lanzó unas cuantas preguntas retóricas más contra Yukon, que guardó silencio durante toda la diatriba.
Al cabo de unos minutos, Gold terminó de desahogar su frustración con una última patada al suelo que lanzó piedrecillas por los aires.
—Ve a buscarlos, Yukon, y, si no los encuentras, no te molestes en volver a Statenville.
Yukon sabía que Gold hablaba en serio. Ya no habría dinero de por medio, aunque tuviera éxito.
Así que, en vez de iniciar una búsqueda que tendría que abarcar varios condados hasta llegar a la frontera de Idaho, decidió regresar a casa y hacer las maletas.
Si tenía suerte, quizá saliera de aquello con vida.
Desaparecería. Se le daba bien: era un estafador profesional que sin duda encontraría en otro pueblo a alguien dispuesto a pagar por sus servicios.
Con periodistas muertos o sin ellos, Yukon había terminado con Gold, Cloverdale Industries y Statenville.
Sabía que no los echaría de menos. No tenía sentido ser leal a un hombre cuya lealtad solo duraba mientras le resultaras útil.