Capítulo 58
Capítulo Cincuenta Y Ocho
CAL SE QUEDÓ INMÓVIL BAJO LA lona. Kelly hizo lo mismo. Yukon había apagado el motor. Aún no sabían por qué se habían detenido, pero el desconcierto de Cal y Kelly terminó cuando el silbato de un tren rasgó el fresco aire nocturno y atravesó el silencio. Cal sabía exactamente dónde estaban.
—Kelly, cuando esta camioneta vuelva a ponerse en marcha, saldremos corriendo —le susurró Cal.
Kelly parecía bastante tranquila, teniendo en cuenta que quizá solo faltaran unos minutos para que ambos sufrieran una muerte espantosa—.
Tú saltas por tu lado de la caja y yo por el mío.
Estoy casi seguro de saber dónde estamos y, si tengo razón, nos hemos detenido entre dos maizales.
Si corremos en direcciones opuestas con todas nuestras fuerzas, Yukon no podrá atraparnos a los dos.
—¿Y después qué? —preguntó Kelly.
—Busca a alguien que te lleve a Salt Lake y reúnete conmigo en las oficinas de The Tribune del centro. Allí decidiremos qué hacer.
—¿Estás seguro de que funcionará?
Cal mintió. —Como la seda.
Kelly estiró el cuello hacia Cal y le dio un beso en la mejilla. Aunque fue breve, Cal se quedó atónito ante la iniciativa de una mujer que no le había dado ninguna señal clara de lo que sentía por él.
—Para que tengas suerte —susurró Kelly.
Cal sabía que significaba algo más y se le escapó una sonrisa.
El último vagón retumbó al atravesar el paso a nivel y Yukon arrancó el motor.
En cuanto Cal y Kelly notaron que metía una marcha y empezaba a acelerar con suavidad, pusieron en práctica el plan de Cal: saltaron por los laterales y echaron a correr hacia los maizales situados a ambos lados de la carretera.
Ninguno miró atrás, pero oyeron cómo Yukon se alejaba a toda velocidad sin pensárselo dos veces.
En menos de un minuto, el aire veraniego quedó en silencio. Yukon se había ido.
Cal sabía que no disponía de mucho tiempo para encontrar un granero o un silo donde esconderse hasta el amanecer.
El alcalde Gold probablemente despertaría a todo el condado y organizaría una batida en toda regla para buscarlos a él y a Kelly.
Sin embargo, teniendo en cuenta la distancia que habían recorrido y que Yukon nunca había comprobado cómo estaban, Cal consideraba más probable encontrar un refugio seguro antes de que los hombres de Gold dieran con él.
Aun así, sus conjeturas sobre lo que podría suceder cuando Yukon descubriera que la caja de la camioneta estaba vacía no mitigaban lo que impulsaba a Cal en aquel momento: puro miedo por su vida.
Dos minutos después de saltar del vehículo, seguía corriendo a toda velocidad por el maizal.
Las hojas ásperas le azotaban la cara, el pecho y las piernas mientras avanzaba por la tierra blanda de Idaho.
Era una tarea sencilla: poner un pie delante del otro tan deprisa como pudiera y repetir.
El débil canto de los grillos quedaba ahogado por el furioso ruido de su cuerpo al golpear una interminable sucesión de hojas.
Fush, fush, fush.
Era rítmico. Pero aquel compás resultaba débil comparado con el del corazón de Cal, que golpeaba con tanta fuerza que estaba seguro de que, si se miraba el pecho, habría visto su contorno palpitando bajo la camisa. Tampoco había tiempo para eso.
Al otear el cielo por encima de las altísimas plantas de maíz, Cal distinguió la tenue silueta de un granero. Ya tenía un destino. Fush, fush, fush.
Veinte segundos después, Cal salió disparado del maizal y redujo el paso para recuperar el aliento.
Luego se acercó sigilosamente al granero, con la esperanza de que ningún perro guardián lo atacara.
No apareció ninguno. El granero era un cobertizo para almacenar heno, una estructura independiente que separaba el maizal de un pastizal.
Las balas de heno llegaban hasta las vigas. El lugar era perfecto.
Cal exhaló. Lo había conseguido... de momento. Yukon no lo encontraría allí. Al menos, no aquella noche.
Mientras construía una pequeña fortaleza con las balas como medida de precaución, pensó en Kelly.
¿Lo habría conseguido ella también? ¿Habría tenido tanta suerte como él?
Esperó que sí y se preguntó si el beso de Kelly había sido de verdad algo más que un simple beso en la mejilla.
A él se lo había parecido, aunque quizá solo porque deseaba que significara más.
Dedicó unos minutos a pensar en ello antes de desconectar la mente y dormirse.
Su viaje distaba mucho de haber terminado.
Con el poderoso alcalde Gold desatado, Cal sabía que el peligro seguía agazapado ante su puerta.