Capítulo 57
Capítulo Cincuenta Y Siete
PREOCUPADO Y FRUSTRADO POR la falta de respuesta de Cal, Mercer decidió que lo mejor era volver al coche patrulla y no ceder a la paranoia que carcomía a Gold.
La oleada de asesinatos de las últimas veinticuatro horas demostraba la determinación de Gold de proteger el imperio Cloverdale de cualquier acusación difamatoria.
Si antes quedaba alguna duda acerca de su decisión de salvaguardar lo que había construido, se había extinguido con el último aliento de Guy.
Nadie iba a penetrar en la fortaleza de Statenville.
Era un puesto remoto que quedaba fuera de casi todos los radares, justo el motivo por el que Gold había elegido metódicamente aquella ciudad para su negocio.
Pero Gold la había colocado en el radar del FBI.
Cuando Mercer entró en el cuerpo, su primer cometido en la oficina de Boston fue buscar formas de acabar con los jefes de la mafia Scarelli.
Gold, conocido en las calles como Carmen Deangelo, era un capo en ascenso con un futuro prometedor antes de desaparecer casi por completo.
Durante unos doce años, la principal hipótesis del FBI fue que Deangelo había sido asesinado discretamente y enterrado en un lugar donde jamás lo encontrarían.
Sin embargo, Deangelo resucitó bajo la identidad de Gold a cientos de kilómetros de distancia, en un pueblo del que estaba seguro que el FBI jamás había oído hablar.
Y tenía razón. La mayoría de los agentes de la oficina del FBI en Salt Lake no sabían dónde se encontraba Statenville, aunque solo estaba a un breve trayecto en coche hacia el norte.
Se debía a que era una pequeña comunidad agrícola corriente, donde los delitos más graves eran conducir bajo los efectos del alcohol y la construcción ocasional de algún laboratorio de metanfetamina.
Sin embargo, cinco años atrás Gold cometió un error que puso fin a su anonimato ante el FBI: un trabajo impecable alertó a la agencia.
Cuando Deangelo vivía en Boston, su sello en las escenas del crimen consistía en introducir en la boca de la víctima una moneda de oro estadounidense de finales del siglo XIX.
El FBI tenía al menos una docena de víctimas de asesinato marcadas con aquellas raras monedas de oro, pero demostrar que Gold había cometido los crímenes era otra cuestión.
El hecho de que la mayoría de sus víctimas pertenecieran a una organización mafiosa rival no animaba en absoluto al FBI a seguir adelante con aquellas investigaciones inútiles.
Si Gold les hacía el trabajo sucio sin necesidad de juicios engorrosos, el FBI se daba por satisfecho, aunque no estuviera bien.
Pero la firma de Deangelo reapareció unos doce años después del último asesinato de la boca de oro, aunque no fue en Boston.
Esta víctima estaba en Portland y no pertenecía a una banda rival.
Podría decirse que fue un acto reflejo, una vuelta al pasado.
Deangelo lamentaría más tarde haber dejado su firma, pero supuso que nadie establecería la conexión.
Puede que los sabuesos de Portland pasaran por alto un detalle que en Boston se habría repasado y analizado hasta la saciedad.
Quizá Deangelo tuviera suerte. Pero no la tuvo.
El hombre al que mató era el hijo de diecinueve años del senador estadounidense Tom Brazenworth, solo un chaval que se había mezclado con malas compañías.
Aquel no era un caso que fuera a pasar inadvertido.
Cuando llamaron al FBI para que investigara, los agentes reconocieron enseguida la tarjeta de visita de Gold y empezaron a buscarlo.
Al final descubrieron su nuevo alias y siguieron su rastro hasta el pueblo de Statenville.
Por las calles de Seattle, Portland y Salt Lake corrían rumores sobre un pequeño pueblo de Idaho que albergaba una fábrica de droga cuya actividad podía considerarse perfectamente una producción comercial.
Contaba incluso con toda una flota de vehículos para distribuir el producto por el Noroeste sin apenas ser detectados.
Una vez que el FBI confirmó que Deangelo utilizaba ahora el alias de Gold, infiltró a agentes de campo en Statenville con identidades encubiertas para reunir pruebas admisibles ante un tribunal sobre la operación y determinar hasta dónde llegaba.
Walker y Mercer eran esos dos hombres, ambos con currículos impecables y un pasado cuyo rastro solo conducía al que el FBI había creado y verificado.
En sus comprobaciones de antecedentes figuraban incluso un par de encontronazos con la ley para que Gold no sospechara.
El plan funcionaba a la perfección... hasta ahora.
Walker se había impacientado esperando a que Gold cometiera un error.
Durante los últimos cinco años, Walker y Mercer habían acumulado una pequeña biblioteca de información sobre la ubicación y los movimientos de Cloverdale Industries, la empresa de Gold.
Pero el FBI no había infiltrado a la pareja solo para atrapar a Gold: lo querían a él y a todos los que trabajaban con él.
Eso incluía a quienes vendían y transportaban las drogas de Cloverdale por las calles y cruzando las fronteras estatales.
El FBI quería un titular épico, y Walker iba a dárselo.
Sin embargo, cuando Walker empezó a experimentar con fórmulas químicas para marcar las drogas, Mercer lo instó a buscar otras ideas.
Walker no se dejó disuadir y, al final, Mercer cedió.
El FBI había clausurado aquel programa de investigación por una buena razón: todos los animales sometidos a pruebas sufrían muertes horribles y dolorosas.
Los monos prácticamente se despedazaban antes de morir.
Los perros se arañaban y desgarraban hasta la muerte.
Los responsables determinaron que, aunque la idea era buena en teoría, carecía de los estándares éticos necesarios para probarla en seres humanos.
Walker creía saber más que ellos. Sus estudios secundarios de Química le habían proporcionado los conocimientos justos para resultar peligroso y para poner a prueba los límites de lo que los químicos profesionales del FBI, con una formación excelente, habían declarado imposible.
Al principio, cuando Walker obligó a Mercer a introducir sus sustancias químicas en los lotes de droga, resultó imposible rastrear los lugares donde se distribuía.
Walker no utilizaba cantidad suficiente para seguir un cargamento entero.
Necesitaba causar estragos suficientes para que apareciera en el radar de los CDC.
Pero era imposible controlar su porción, el pequeño lote que había introducido en un cargamento.
Entonces se le ocurrió mezclar el marcador químico con un lote de droga que encontró en el coche de Riley Gold.
El cuerpo técnico sabía que algunos jugadores del equipo habían empezado a consumir drogas hacía poco, así que Riley era un blanco fácil.
Walker pensó que Mercer y él podrían observar a Riley y a cualquier otro compañero de equipo lo bastante estúpido para probar la droga.
Pero Walker nunca se planteó que su compuesto químico pudiera matar a alguien, pese a las sensatas advertencias de Mercer.
Ahora Mercer era el único depositario que quedaba de información incriminatoria contra Gold, además de la única persona aún con vida que había participado en la muerte del hijo de Gold.
Con sus prisas por causar sensación en el FBI, Walker no le había hecho ningún favor a Mercer, pero, de momento, este estaba a salvo.
Se había preocupado de distanciarse de Walker, tanto ante la siempre vigilante opinión pública de Statenville como dentro del FBI.
Mercer necesitaba hablar con Cal. Necesitaba asegurarse de que los medios publicaran la versión correcta, una que lo presentara como un héroe y no como un villano.
Sí, había participado en actos atroces, pero no era como Walker.
Mercer estaba del lado de los buenos y quería que Cal escribiera la historia de ese modo.
Volvió a llamar a Cal y esta vez le dejó un mensaje de voz:
—Cal, estoy muy preocupado por ti. Tenemos que hablar cuanto antes. Por favor, no publiques la noticia hasta que pueda darte lo que necesitas para convertirla en un bombazo: una confesión de Gold.
Si el FBI quería titulares, Mercer iba a proporcionárselos. No permitiría que todo su trabajo en Statenville hubiera sido en vano.