Capítulo 55
Capítulo Cincuenta Y Cinco
MERCER ESTABA SENTADO EN SU coche aparcado, dos casas más abajo y al otro lado de la calle de la vivienda de Guy.
Quería hablar con él y advertirle de que Gold estaba atando todos los cabos sueltos, y de que Guy sería considerado uno de ellos.
Pero parecía haber llegado demasiado tarde.
Cuando Mercer llegó, el coche de Gold ya estaba aparcado fuera.
Por fin se produjo algún movimiento en el exterior de la casa de Guy. La luz del porche delantero se apagó. Después se apagó el foco exterior del lateral de la casa. Mercer distinguió la silueta de Gold, que salía a hurtadillas de la vivienda y se dirigía hacia su coche.
En cuanto el coche de Gold desapareció calle abajo, Mercer abrió la puerta del suyo y corrió hacia la casa de Guy.
Con cuidado de no dejar huellas, rompió el cristal más próximo al pomo y, protegiéndose la mano con un pañuelo, la introdujo entre los fragmentos restantes para abrir la puerta desde dentro.
Nada más entrar, Mercer vio el cadáver de Guy, rodeado por un charco de sangre.
Le buscó el pulso. Nada. Gold había eliminado a un posible denunciante.
Mercer apenas dudaba de que, en menos de diez minutos, recibiría una llamada para llevarse el cadáver de Gold y trasladarlo a otro lugar, haciendo que pareciera un accidente.
Mercer conocía demasiado bien el procedimiento.
Actuando con rapidez, Mercer se puso un par de guantes de látex y empezó a registrar los efectos personales de Guy.
Fue directo al ordenador. No estaba bloqueado con contraseña.
Solo había una ventana abierta con la bandeja de entrada del correo personal de Guy.
Mercer vio respuestas procedentes de dos cuentas de correo electrónico, una acabada en seattletimes.com y otra en sltrib.com.
Guy se había estado comunicando con otros periódicos.
Mercer abrió la carpeta de enviados y leyó dos correos dirigidos a dos editores conocidos suyos, en los que les informaba de una historia inminente que quizá les llegara de manos de un periodista llamado Cal Murphy.
También afirmaba que una fotógrafa llamada Kelly Mendoza enviaría fotografías y otras pruebas.
Después, Mercer encontró el móvil de Guy sobre la mesa de la cocina.
Sin duda, habían borrado algunas entradas importantes.
La última llamada, efectuada unos cuarenta y cinco minutos antes, correspondía a lo que parecía un número de móvil local.
Según el registro, había durado un minuto y medio, mucho más de lo que probablemente Gold habría necesitado para anunciar que iba a pasarse por allí a hablar de algunas cosas.
Mercer volvió a marcar el número.
Cal notó una vibración familiar en el bolsillo del pantalón.
Supuso que era Guy, que lo llamaba para darle instrucciones sobre dónde presentar su inexistente historia, una historia que quizá nunca llegara a escribir.
El zumbido le recordó su frustración, pero también otra cosa cuando produjo un extraño tintineo: le recordó la navaja que llevaba en el bolsillo.
Sí, era pequeña. Probablemente Cal podría habérsela escondido en la boca si hubiera sido necesario.
Sin embargo, con las prisas por terminar su trabajo, Yukon no había confiscado los teléfonos móviles, pues había supuesto que todo lo necesario estaba en la mochila de Kelly.
Aunque tampoco es que creyera que alguno de los periodistas atados pudiera escapar.
No a ciento veinte kilómetros por hora. No con los brazos y las piernas atados en la caja de una camioneta. No bajo su vigilancia.
Cal recuperó la esperanza. Empezó a arrastrarse hacia Kelly. Ya estaba urdiendo un plan.