Capítulo 54
Capítulo Cincuenta Y Cuatro
—¡PLOF!
Cal estaba a punto de ponerse el casco cuando un golpe de antebrazo lo derribó. Desorientado y tendido boca abajo sobre el asfalto, empezó a buscar a Kelly con la mirada.
—¡Corre, Kelly! ¡Corre!
De haber estado más despejado, Cal habría visto que sus instrucciones carecían de sentido. Las piernas de Kelly colgaban en el aire mientras Yukon envolvía con sus brazos carnosos aquel cuerpo que de repente parecía frágil. Ella chilló y forcejeó. Sus esfuerzos eran inútiles, y lo sabía.
Yukon proyectó una sombra siniestra sobre Cal.
—Levántate, chaval... ¿Has oído hablar alguna vez de una fecha límite mortal ?
Cal se dio la vuelta y vio al hombre de pelo largo sujetando a Kelly con una mano y una palanca con la otra. Aturdido por el golpe, se movió despacio. No lo bastante rápido para Yukon.
—Vamos, ahora —bramó Yukon mientras levantaba a Cal en vilo y lo empujaba por detrás del restaurante hasta el otro lado del aparcamiento. Se dirigían hacia la camioneta.
Cal quería luchar y convertirse en el héroe de Kelly, pero sabía que no tenía ninguna posibilidad.
Sé listo y mantente con vida. Ya se te ocurrirá algo.
Yukon agarró a Cal por la parte trasera del cuello de la camisa y lo alzó casi un metro antes de arrojarlo a la caja de la camioneta. Cal ya se había recuperado casi por completo del golpe anterior, pero decidió representar el papel de animal herido. Hizo lo que le ordenaban.
—No intentes hacerte el héroe, chaval —dijo Yukon, sin aflojar su férreo control sobre Kelly—. Podrías acabar muerto antes de lo previsto.
Cal asintió y permaneció inmóvil, a la espera de la siguiente orden.
Yukon agarró entonces a Kelly con ambas manos y también la subió a la caja.
Le arrancó la mochila y confiscó las pruebas incriminatorias.
Sacó una cuerda de la caja de herramientas de la camioneta y empezó a atarle los pies.
Después le colocó las manos a los costados y le pasó la cuerda varias veces alrededor del torso.
El último detalle fue la mordaza, aunque para entonces Kelly ya había dejado de proferir insultos. Cal recibió el mismo trato.
Yukon cubrió a los periodistas con una lona y la aseguró por las cuatro esquinas con pulpos elásticos.
Esto es mejor que aquella vez que maté dos alces en un solo día.
Yukon se deleitaba pensando que, al fin y al cabo, podría conservar su modo de vida.
Era hora de comunicar las buenas noticias. Yukon llamó a Gold.
—Los tengo —dijo Yukon antes de que Gold pudiera pronunciar palabra.
—¿Y las pruebas?
—Están a mi lado, en el asiento delantero. Y esos dos no van a ir a ninguna parte, salvo a hacer una excursión rápida al cañón de Cold River.
—Bien hecho. Deshazte de los cadáveres y tráeme las pruebas que hayas confiscado.
—Hecho, jefe.
El F-250 de Yukon empezó a rugir. Había que impartir la justicia de Statenville.
Ni Cal ni Kelly emitieron sonido alguno durante los dos primeros minutos del trayecto hacia el lugar donde acabarían asesinados. Cal miró a Kelly al oír algo parecido a un sollozo ahogado. Las lágrimas le corrían por el rostro.
Cuando Cal le había suplicado a Kelly que lo ayudara con aquella historia el día anterior, desde luego no imaginaba que, menos de cuarenta y ocho horas después, estarían atados, amordazados y camino de la muerte.
Pero, como periodista profesional cuyo trabajo consistía en manejar hechos, Cal tenía que reconocerlos.
No acudiría la caballería. Nadie iba a salvarlos.
Nadie quería oír la verdad, y no la oirían.
La verdad estaba a punto de ser enterrada con ellos.
Cal sintió náuseas al pensar que iba a morir junto a la mujer por la que ahora sentía algo.
Pero eso no era un hecho. Al menos, todavía no. Aún quedaba tiempo.