Capítulo 51
Capítulo Cincuenta Y Uno
COMO LAS RUEDAS DE la Vmax, la mente de Cal no dejaba de dar vueltas.
Imaginaba escenarios sobre lo que ocurría en realidad en Cloverdale Industries; algunos buenos, otros malos.
Pero la lógica le impedía creer que no hubiera visto algo que no debía.
Había muertos. La droga estaba a la vista.
Su vida corría peligro. ¿Qué otras pruebas físicas podían imponerse a las evidencias empíricas que ya poseía?
Puede que lo que Cal tenía no se sostuviera ante un tribunal, pero ya había obtenido una sentencia rotunda en el tribunal de su propia opinión.
Lo único que lo atormentaba era la relación de Walker con todo aquello.
¿Qué hacía allí? ¿Y por qué los había atado?
Cal permitió que el abrazo de Kelly desde el asiento trasero de la moto interrumpiera su frenética elaboración de teorías.
En plena huida para salvar la vida, el cariño que sentía por Kelly había quedado relegado a los confines de su conciencia.
Aquello no era una película de acción. Los dos protagonistas de aquella aventura no tenían tiempo de darse un beso apasionado antes de que él se lanzara contra los malos disparando a diestro y siniestro mientras ella admiraba la valentía de su hombre.
No, aquello no era Hollywood. No había música dramática ni la sensación de que, al final, todo saldría bien.
Pero cuánto deseaba Cal que así fuera. En aquellas circunstancias, tener a Kelly acurrucada contra él ya era el paraíso.
Bzzzzzz. Bzzzzz.
El teléfono de Cal lo devolvió de golpe a la realidad.
Redujo la velocidad de la moto y se detuvo en el arcén.
Solo le interesaba hablar con dos personas: Guy y alguien de la oficina del FBI en Salt Lake City.
La indicación «número oculto» que apareció en la pantalla de su iPhone le confirmó que era la segunda opción.
Cal se alejó de la moto acompañado de Kelly. Dieron unos pasos hacia un campo abierto por el que vagaban algunas reses dispersas en busca de algo que picar al anochecer. Contestó al teléfono.
—¿Diga?
—¿Cal?
—Sí.
—Soy Eric, de la oficina del FBI en Salt Lake City.
—Hola, Eric. ¿Ha averiguado algo?
—Bueno, esto no se ajusta al protocolo habitual, pero tampoco es una situación normal. Tiene que hacer cuanto esté en su mano para impedir que esta sustancia llegue a la población.
Cal guardó silencio.
—Parece que el agente químico que están fabricando es CPZ, y en dosis elevadas.
—¿Hasta qué punto es peligroso el CPZ? ¿Qué efectos tiene?
—En pequeñas cantidades, no gran cosa. Se utiliza para tratar a pacientes con psicosis. Pero, en grandes cantidades, puede causar muchos efectos.
—¿Por ejemplo?
—Para empezar, puede provocar un fallo hepático, y hacerlo con rapidez, sobre todo cuando se combina con otros acelerantes.
—¿Qué acelerantes?
—La metanfetamina haría que actuara enseguida.
El corazón de Cal latía con fuerza. Todas aquellas preguntas que lo atormentaban desde que había empezado a investigar comenzaban a encontrar respuestas plausibles.
—¿Y qué clase de síntomas se manifestarían como consecuencia del fallo hepático?
—Ocurrirían muchas cosas. Para empezar, la persona tendría un aspecto ictérico. Pero lo más doloroso que se manifestaría físicamente sería toda la bilis filtrándose al torrente sanguíneo.
—¿Y qué provocaría eso?
—Causaría una sensación de picor intenso por todo el cuerpo, muy parecida a la que provoca la enfermedad autoinmune llamada colangitis esclerosante primaria.
Debido al mal funcionamiento del hígado, la CEP provoca picor bajo la superficie de la piel y hace inútil rascarse la zona.
Puede rascarse cuanto quiera, pero el picor nunca desaparece.
La bilis sigue ahí, debajo de la piel, irritándolo.
—Entonces, si se combina esta dosis elevada de CPZ con un acelerante, ¿qué efecto tendría en una persona?
—Bueno, no es mortal por sí solo, pero el picor sería intenso.
—¿Lo bastante intenso como para que alguien se rasque hasta morir?
—Supongo que es posible, pero nunca he oído nada semejante. No sé qué laboratorio autorizaría ensayos de esta sustancia en animales con el propósito expreso de provocarles un fallo hepático, así que dudo que sea una pregunta a la que podamos responder algún día.
A esas alturas, Cal tenía información suficiente para extraer algunas conclusiones evidentes, pero nunca dejaba de maravillarlo que las preguntas de última hora parecieran proporcionar los datos más jugosos.
—¿Hay alguna otra información que deba conocer?
—Bueno, al realizar una investigación preliminar descubrí que el FBI tuvo en su día un equipo trabajando en una forma de utilizar el CPZ como marcador en drogas, de manera muy parecida a lo que usted mencionó sobre las metanfetaminas.
Querían encontrar la manera de marcar a los consumidores y las redes de distribución de los grandes traficantes.
La naturaleza extraña de los casos generaría una alerta para los CDC, a partir de la cual el FBI podría obtener información básica sobre la extensión de la red del traficante.
—¿Y qué ocurrió con el programa?
—En 2008 lo probaron sobre el terreno agentes encubiertos en tres ciudades —Seattle, Los Ángeles y Phoenix—, contaminando una dosis individual.
En todos los casos murió el consumidor, aunque el informe que he leído no especifica la causa.
Así que cancelaron el programa. No es la clase de publicidad que desea el FBI, aunque ayude a alcanzar su objetivo final.
—¿El objetivo final de qué? ¿Eliminar a los traficantes?
Eric respondió con una risa nerviosa y luego continuó.
—Bueno, curiosamente, tanto Walker como Mercer formaban parte de los equipos que realizaron las pruebas.
Cal sabía que no iba a sacarle ninguna otra respuesta.
—Gracias por su ayuda, Eric.
—No hay de qué, Cal. Informaré a mis superiores y, con suerte, mañana tendremos a alguien en Statenville investigando lo que ocurre. Estoy seguro de que lo encontraremos.
Cal colgó. Lo último que quería era que alguien lo encontrara, y menos aún el FBI. Su lista de teorías no dejaba de crecer, y Kelly parecía impaciente por saber qué había averiguado.
Llevaba cinco minutos resumiendo la conversación telefónica y exponiendo una nueva teoría cuando su iPhone volvió a vibrar. Esta vez era Guy.
—¿Dónde estáis, Cal?
—A unos treinta minutos de Statenville. ¿Por qué?
—No volváis. Regresad a Salt Lake o id a algún sitio cercano. Aquí la cosa se está poniendo muy fea y sé que vosotros sois los siguientes. Si descubren que os he ayudado, me matarán.
—Eh, frena un poco, Guy.
—No, hablo en serio, sobre todo si os ven en mi moto. Eso supondría problemas para los tres. Entonces no cabría duda de quién os ha ayudado.
—¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Quedarme en Salt Lake City? ¿Durante cuánto tiempo? Estoy casi sin blanca. Trabajo en The Register , ¿recuerdas?
—Vale, llama al periódico y pregunta por Dave Youngman. Dile que eres amigo mío y que le he pedido que te acoja como favor.
—¿Y después qué?
—Después escribes tu artículo. ¿Tiene Kelly su cámara?
—Sí, la lleva.
—Vale, reúne sus mejores fotos con tu artículo y envíalo a The Tribune de Salt Lake y a The Times de Seattle. Avisaré a sus directores de que van a recibir tu historia.
—¿Y la publicarán, Guy?
—Si les digo que eres de fiar, sí. Sabrán qué hacer con ella.
—Vale. Gracias, Guy. Cuídate.
—Tú también.
Cal siempre había soñado con escribir para The Times . Nunca había creído que escribiría sobre una conspiración alucinante teniendo en sus manos pruebas sólidas que demostraban que era cierta. Tampoco había imaginado que firmaría un artículo de portada antes que su amigo Josh.
Pero tampoco había imaginado jamás que alguien lo perseguiría con el propósito expreso de matarlo.