Capítulo 50
Capítulo Cincuenta
MERCER SABÍA QUE A WALKER le quedaba poco tiempo.
Una cacería humana en Statenville no solo incluía al reducido cuerpo local de agentes de la ley.
También incluía a todos los matones que figuraban en la nómina de Cloverdale, tan secretos que ni siquiera Walker había logrado averiguar quiénes eran.
Si Mercer quería dejar huella en el FBI, tendría que ayudar a Walker a dar un gran golpe, y aquel era su gran momento.
Mercer dio una pista falsa que envió al equipo que buscaba a Walker al otro extremo del condado, lejos de Cloverdale Industries.
En poco tiempo, Mercer se había familiarizado con el funcionamiento interno del Departamento del Sheriff de Statenville, incluido el protocolo para una brecha grave de seguridad.
Los demás ayudantes hablaban en términos vagos y generales hasta estar seguros de que podían confiar en Mercer.
Una vez superada una prueba de confianza diseñada específicamente para él, Mercer tuvo acceso a más secretos de Statenville.
Entonces descubrió el mayor secreto de todos.
Pero él y Walker estaban decididos a sacarlo a la luz. Statenville y sus dirigentes mafiosos dejarían de ser los capos de la droga del noroeste del Pacífico. Sí, todo aquello estaba a punto de terminar.
Walker y Mercer avanzaban agachados por la rampa hacia la parte trasera de las instalaciones. Una de las primeras tareas de Walker había sido descubrir el alcance de las cámaras de seguridad y todos sus ángulos muertos. En aquel momento, esa información resultó muy útil. Nadie los vio.
Mercer se pegó a una entrada trasera mientras Walker sacaba las llaves.
Al final encontró la correcta y abrió la puerta.
Accionó el interruptor de la luz y dejó caer las llaves.
Estas chocaron contra el suelo de cemento con un tintineo que produjo un eco inquietante.
Walker se agachó para recogerlas y se quedó paralizado.
Tanto él como Mercer recorrieron el almacén con la mirada.
Estaba vacío. No quedaba ni una carretilla elevadora.
Todas las estanterías, todas las cajas, todas las mesas de embalaje... habían desaparecido.
Ninguno de los dos pudo ocultar la conmoción en su rostro.
—¡Aaaahhhhh! —Walker soltó un grito. Su plan se estaba desmoronando. A esas alturas, le daba igual quién lo oyera, aunque, a juzgar por el aspecto de aquel almacén, ahora cavernoso, no parecía haber nadie allí.
—¡Esta noche era la noche!
Mercer y Walker se dejaron caer al suelo.
Años de trabajo se habían esfumado. Si no había redada del FBI, no podrían conseguir todas las pruebas necesarias para clausurar Cloverdale.
Se había acabado. Lo más probable era que los altos mandos los apartaran del trabajo de campo.
Después de aquella operación fallida, volverían a ser analistas y a tramitar papeleo.
Pero, al menos, no tendrían que vivir en Statenville; no todo era malo.
Mercer no se dejó amilanar.
—Mira, separémonos. Tú registra esta zona y comprueba si encuentras algún lugar donde pudiera montarse y desmontarse todo esto con facilidad, y yo echaré un vistazo al otro extremo de la planta. Nos reunimos aquí dentro de quince minutos.
—Vale.
Mercer avanzó sigilosamente pegado a la pared durante unos doscientos metros y desapareció en una zona del almacén sumida en la oscuridad.
Mientras tanto, Walker empezó a inspeccionar la zona de preparación, angustiado ante la posibilidad de que todo fuera en vano.
De pronto, la puerta trasera se abrió de golpe y el estruendo de unas pisadas a la carrera resonó desde el otro lado del almacén. Walker se volvió bruscamente hacia el ruido. Más de una docena de rifles de gran potencia los apuntaban desde distintos ángulos.
Walker se rindió de inmediato.
—Eh, no disparen. Haremos lo que quieran —suplicó.
Nadie se movió; todos permanecieron inmóviles, con la pareja en el punto de mira.
—En serio, chicos. Seguro que podemos llegar a un acuerdo.
El alcalde Gold, que había permanecido a un lado, junto a la pared, dio un paso al frente.
—Estoy seguro de que sí —dijo Gold.
—¿Alcalde Gold? ¿Qué hace aquí?
—Quizá debería hacerle yo esa misma pregunta, puesto que está claro que no sabe nada de baloncesto ni de limpiar unas instalaciones.
—Y usted no sabe nada de guardar secretos.
—Oh, permítame que discrepe, agente especial Walker. Puedo llamarlo «agente especial», ¿verdad?
—Tengo un montón de grabaciones y fotografías de lo que ocurre aquí en realidad.
—¿De veras? Entonces, agente especial Walker, dígame qué ocurre aquí en realidad.
—Creo que todos lo sabemos.
—¿El qué? ¿Que estas instalaciones fabrican productos sanitarios y vitamínicos defectuosos para el consumo masivo? Eso ya lo sabe todo el mundo.
—No, me refiero a que esta empresa utiliza su enorme red de distribución y sus recursos para transportar droga.
—Bueno, yo no las llamaría drogas. Se parecen más a vitaminas.
Gold sonrió ante su propia réplica mordaz.
—No, me refiero a drogas ilegales —dijo Walker, tratando de mantener la seriedad.
—¿Drogas? ¿Aquí? —Gold señaló con la mano el almacén vacío.
—Sabe que nunca saldrá de esta sin que el FBI ponga el pueblo patas arriba. Encontrarán algo.
—Quizá encuentren su cadáver... justo al lado del agente Cooper.
El comentario de Gold, por lo general afable, heló la sangre de Walker.
Hasta aquel momento había confiado en que no fuera más que una fanfarronada.
No lo era. Nadie sabía lo del agente Cooper.
Incluso dentro del FBI era un fantasma, por no hablar de una leyenda muy respetada.
Pero Walker no había tenido tiempo para mostrar respeto cuando Cooper llegó al pueblo sin avisar.
Cooper quería recabar información suficiente para determinar si la operación encubierta avanzaba según lo previsto o si siquiera era necesaria.
Además, dentro del FBI corrían rumores de que Walker estaba incumpliendo el protocolo.
Cooper había acudido allí con una misión, y esa misión era Walker.
Pero, al parecer, los matones de Gold habían puesto fin a la misión.
Con un leve gesto hacia Walker, los hombres armados que lo rodeaban se abalanzaron sobre él. Le sujetaron las manos a la espalda y le aseguraron las muñecas con bridas de plástico.
Operación Fuego había sido sustituida por la Operación Limpieza . Gold apostaba a que los agentes del FBI no habrían enviado ninguna prueba sólida a sus superiores o que, aun en caso de haberlo hecho, no sería admisible como prueba ante un tribunal.
Gold había esperado que aquel día nunca llegara, pero sabía exactamente qué hacer si llegaba.
La presencia del agente Cooper había sido una sorpresa, igual que la de Mercer.
Gold creía que solo había un hombre asignado al caso: Walker.
Pero Gold tenía cinco planes de contingencia, más o menos.
Cuando se guarda un secreto tan profundo como el que ocultaba Statenville, no hay por qué correr riesgos.
Y Gold no correría ninguno con Walker y Mercer.
Tras reducir a los dos agentes del FBI, los hombres de Gold los obligaron a consumir una dosis de metanfetamina.
Gold lo había meditado todo a conciencia; colocarles pruebas falsas a los dos hombres echaría por tierra cualquier causa federal contra Cloverdale Industries.
¿Un conserje colocado? ¿Un entrenador del que otros testificarían que suministraba drogas a sus alumnos, incluidos los que habían muerto?
¿Quién iba a considerarlo creíble, aunque se creyera que era agente del FBI?
Gold regresó a la intimidad de su casa y llevaba allí treinta minutos cuando sonó su móvil.
—Gold al habla.
—Señor Gold, la amenaza ha sido eliminada —anunció con frialdad la voz al otro lado de la línea.
—Excelente. Manténgame informado de cómo avanza el asunto del otro cabo suelto.
Gold colgó y sonrió. Hacía tiempo que no sonreía. Mucho tiempo atrás, Gold había aprendido que reprimir el dolor nunca era bueno, ni siquiera durante unos días. Pero le había resultado útil durante todo aquel proceso.
Ya casi podía permitirse llorar.
El hombre subió a su camioneta F-250 y se alejó con un rugido, dejando la carnicería a su espalda.
El cuerpo de Walker yacía desplomado sobre el volante, todavía aferrado a su arma. Muerto. Dos orificios de bala en la cabeza, disparados a corta distancia. Ningún agente de las fuerzas del orden informaría de que habían trasladado el cadáver y cambiado su postura.
Fuera del coche de Mercer estaba el viejo Willie Nelson, tendido boca abajo sobre la grava junto a la carretera.
Lo habían preparado para un momento como aquel: el yonqui perfecto al que cargarle un asesinato.
Sostenía el arma homicida en la mano. Una bala en la cabeza.
Otra en el pecho. Una pequeña bolsa de plástico con metanfetamina en el bolsillo.
Los hombres de Gold habían recreado con éxito la escena que este había imaginado al trazar el plan.
Un yonqui muerto. Un entrenador de baloncesto muerto.
Un negocio de drogas que había salido mal.
¿Walker? ¿Un agente del FBI? Nadie se lo creería, salvo quizá los jugadores de su equipo de baloncesto, que sabían que no tenía ni idea de cómo entrenarlos.
Trabajaba en dos sitios para mantener su estilo de vida ilícito, no para ayudar a su madre, que en realidad había muerto cinco años atrás.
Gold conocía suficientes detalles de la vida de Walker para presentarlo como quisiera sin que nadie lo cuestionara.
Cuando se controla la información, la percepción siempre es más poderosa que la realidad.
Un traficante de drogas resultaba mucho más creíble: un camello que intentaba vender metanfetamina a un loco conocido como Willie Nelson.
Todo el pueblo sabía que estaba como una cabra.
Incriminar a la gente era todo un arte, y los habitantes de Statenville llevaban veinte años pintando lienzos dignos del Louvre para los curiosos. Si alguien lograba salir con vida, su reputación quedaba mancillada sin remedio y su palabra perdía todo valor.
Cal y Kelly eran los siguientes.