Capítulo 48
Capítulo Cuarenta Y Ocho
LA NOTICIA AÚN NO había llegado al control de seguridad de la entrada de Cloverdale Industries cuando Walker se detuvo ante la barrera de acceso.
Bajó la ventanilla. Zack McDonald, el vigilante del turno de noche, estaba junto a la garita y se inclinó para iniciar una conversación inoportuna.
—Hola, Buddy —lo saludó McDonald cordialmente—. He oído que te has ido antes a casa porque estabas enfermo. ¿Te has recuperado de repente?
Walker se removió en el asiento mientras acariciaba el arma, fuera del campo de visión de McDonald.
Nunca había visto a McDonald ser descortés, pero tampoco era alguien a quien se pudiera engañar con facilidad.
Dispararle le permitiría acceder de inmediato a las instalaciones, pero aumentar el número de cadáveres no ayudaría a una causa que ya se tambaleaba.
Respiró hondo y decidió seguir mintiendo.
—Voy a ser sincero contigo, McDonald: demasiada barbacoa de Ray-Ray no siempre es buena, si sabes a qué me refiero. Ahora ya me encuentro bien. Y tampoco me quedan días de baja. Si no cobro, este mes no podré cuidar de mi madre enferma.
McDonald se tragó todas las mentiras. Levantó la barrera para Walker.
—Bueno, espero que pronto estés recuperado al cien por cien. Y la forma en que cuidas de tu madre, Walker... Eres un ejemplo para todos nosotros.
Walker asintió y sonrió. Soltó el freno y pisó suavemente el acelerador.
Oyó a Mercer reír por lo bajo desde el asiento trasero, oculto bajo una manta en el suelo, igual que Cal y Kelly unas horas antes.
Walker había fingido que aquella idea se le había ocurrido sobre la marcha.
Sin embargo, era un protocolo que había desarrollado para Mercer cuando necesitaba acceder a las instalaciones.
Los cinco años que llevaba infiltrado en Statenville le habían pasado factura a Walker.
Estaba deseando marcharse y seguir con su vida.
Fingir que era entrenador de baloncesto y conserje a tiempo parcial empezaba a resultarle tedioso, aunque sirviera para desmantelar lo que desde hacía tiempo se sospechaba que era uno de los mayores cárteles de la droga del noroeste del Pacífico.
Antes de reunir pruebas suficientes para encerrar durante mucho tiempo a los cabecillas, Walker tenía que descubrir hasta dónde se extendía el cártel de Cloverdale.
¿Quiénes eran las figuras clave? ¿Qué magnitud debía tener la redada para acabar con un proveedor que parecía inundar la región?
Aquellas preguntas sin resolver atormentaban a Walker.
Su impaciencia había provocado el último traspié, uno que podía costarle el empleo, sobre todo si no eliminaba todas las pruebas. Y en un pueblo desesperado por mantener oculto su siniestro secreto, quizá sus habitantes hicieran el trabajo sucio por él.
Aparcó cerca de la entrada trasera de la planta y cogió su mochila.
Por precaución, Walker siempre aparcaba en las únicas tres plazas que no estaban cubiertas por las cámaras de seguridad.
Tras echar un vistazo rápido al aparcamiento para asegurarse de que nadie lo veía, dio unos golpecitos en la ventanilla y Mercer salió a rastras, aún vestido con el uniforme de ayudante del sheriff.
Debido al alboroto ocurrido antes en la planta, Walker había perdido la oportunidad de colocar la última ficha de dominó antes de poner en marcha un plan que conectaría todas las piezas del retorcido rompecabezas conocido como Cloverdale Industries y Statenville.
Pero siempre salía otro cargamento. Siempre.