Capítulo 42
Capítulo Cuarenta Y Dos
EL COCHE PATRULLA DE DAWKINS SUBIÓ DISPARADO por el camino de entrada de la casa de Walker.
Solo cinco minutos antes, Dawkins y el agente novato Willie Warren estaban dando buena cuenta de un plato de costillas de Ray-Ray’s cuando el sheriff Jones les ordenó por radio que investigaran un altercado en casa de Walker.
Una vez que Dawkins estuvo en el coche, el sheriff Jones lo llamó al móvil para informarle de que el «altercado» era en realidad el paradero del fugitivo más buscado de Statenville, Cal Murphy.
Alguien había informado al sheriff del paradero de Cal y Kelly, y los dos periodistas fisgones estaban a punto de ser detenidos por más cargos falsos.
Como no tenía motivos para pensar que la situación fuera peligrosa, Dawkins se tomó su tiempo para bajar del coche.
Mandó a Warren a la parte trasera de la casa para asegurarse de que los escurridizos periodistas no intentaran escapar.
Como no conocía a Cal y Kelly, Warren desenfundó el arma.
Quería que los dos fugitivos supieran que hablaba en serio.
Entretanto, Dawkins se acercó con parsimonia a la puerta y llamó al timbre. Luego esperó. Si había alguien en casa, no se movía por ella. El silencio reinaba en el ambiente.
—Sé que estás ahí dentro, Cal —gritó Dawkins—. No hagas esto más difícil de lo necesario.
Ninguna respuesta.
Dawkins empezó a aporrear la puerta principal.
Cuando se disiparon los efectos del sedante, Cal calculó que no debía de haber pasado mucho tiempo, aunque no podía estar seguro.
Sentado en una habitación completamente a oscuras, atado a una silla y con la boca sellada, había pocas formas de obtener respuestas, suponiendo que hubiera alguien más en la habitación a quien preguntárselas.
Gruñó al intentar gritar el nombre de Kelly. Nada.
Sin luz, no podía ver siquiera si estaba en la habitación y mucho menos si se encontraba bien.
Cal supuso que, al tener una constitución más menuda, Kelly tardaría algo más en despertar del sedante.
Pero sabía que estaba allí. Podía olerla.
Durante todo el día, el dulce aroma de su perfume le había recordado que aquella aventura vertiginosa se había convertido más en protegerla a ella que en arrancarle la verdad a un misterio celosamente guardado.
Después de permanecer sentado en la oscuridad sin hacer otra cosa que intentar recomponer los sucesos inconexos del día, Cal notó que Kelly empezaba a moverse.
Ella también empezó a lanzar gritos de auxilio amortiguados.
Cal respondió con algunos de los suyos.
El inútil intercambio continuó durante alrededor de un minuto, hasta que ambos comprendieron que era imposible comunicarse sin poder emitir ningún sonido inteligible. Estar atados a sendas sillas, espalda contra espalda, en una habitación oscura tampoco ayudaba.
Pasaron cinco minutos sin que ninguno de los dos emitiera un solo gruñido ni hiciera el menor movimiento.
Cal decidió que tampoco se enfrentaría a Walker.
Estaba claro que suplicar clemencia sería más útil que echarle un sermón por el maltrato.
Cal aún no sabía con certeza qué pretendía Walker, pero llegó a la conclusión de que su interés consistía en apartarlo temporalmente de la investigación y no en causarle daños físicos.
Había tenido numerosas oportunidades de hacerlo, pero Walker había seguido decantándose por la clemencia antes que por el asesinato. Eso también desconcertaba a Cal.
Solo el ocasional arrastrar de unos pies al otro lado de la puerta rompía el silencio.
Hasta que Cal y Kelly oyeron a alguien aporrear una puerta exterior.
De inmediato, la habitación se llenó de los gritos amortiguados de los periodistas inmovilizados. La voz que acompañaba los golpes en la puerta les resultaba familiar.