Capítulo 35
Capítulo Treinta Y Cinco
GUY ESTRELLÓ EL TELÉFONO contra la mesa y soltó otra retahíla de improperios.
Faltaban dos horas para el cierre y sus dos mejores empleados de la redacción habían desaparecido.
Guy había dejado seis mensajes entre los teléfonos de Cal y Kelly y no había recibido una sola respuesta.
Incluso había enviado a Mindy al piso de Cal para buscarlos, y llevaba casi una hora sin saber nada de ella.
Su redacción se desmoronaba a dos horas del cierre.
Pero a Guy no le importaba demasiado su gran exclusiva, aunque estaba seguro de que la investigación tenía algo que ver con el cuestionable comportamiento reciente de Cal.
Lo único que quería eran dos cuerpos vivos redactando artículos y editando fotografías.
Aquel legendario pistolero de la redacción estaba dando la espalda a su archienemigo: las noticias duras.
Estaba demasiado cansado para librar batallas políticas y enfrentarse a la opinión pública.
Solo esperaba que, si les daba la espalda, nadie disparase.
Había llegado el momento de cabalgar hacia la puesta de sol y convertirse en un buen periodista de un pequeño periódico local, donde los escándalos aparecían al pie de la penúltima página, en la sección de breves... si es que aparecían.
Las voces de su cabeza luchaban con valentía.
—¿Qué te dice el instinto, Guy?
—Que voy a sufrir otra úlcera de tanto preocuparme por esta historia.
—¿No quieres saber la verdad?
—Claro, pero aquí nadie más quiere saberla. ¿Para qué levantar ampollas?
—¿Qué te ha pasado, hombre? Antes defendías algo.
—Defiendo algo: mi cordura... y mi trabajo. No hay necesidad de estropear lo que funciona.
Y Guy dio por zanjado el asunto, de momento. Solo tenía que hacer regresar a la oficina a aquellos periodistas problemáticos y cerrar la edición de esa semana. Eso haría que todo desapareciera por ahora. Si supiera dónde estaban Cal y Kelly, iría él mismo a buscarlos.
Guy se sentó a su mesa y ocultó la cabeza entre las manos. Soltó un largo suspiro. El polvorín estaba a punto de estallar.
Desde su atalaya de editor —el único despacho con paredes de todo el edificio—, Joseph Mendoza miró al otro lado de la oficina, hacia la redacción de The Register . En otro tiempo, a él también le había importado la verdad. Ya no. No resultaba ni de lejos tan rentable como las mentiras.
El teléfono del despacho vibró. Era Gold.
—Hola, señor alcalde. ¿Alguna noticia de la que informar?
—Por eso lo llamo. ¿No dirige usted una cosita llamada periódico ? Además, son sus empleados quienes lo están echando todo a perder.
—No seguirán trabajando aquí. En cuanto los encuentre, estarán despedidos.
—¿Incluso su sobrina?
—Sobre todo ella. Aún cree que va a quedarse con el periódico, y no existe la más mínima posibilidad de que se lo entregue.
—Bien, aplaudo su determinación de hacer lo que sea necesario... —La voz de Gold se apagó. Hizo una pausa. Después reanudó la frase, llevando al límite un volumen de voz aceptable—. ¡PERO NO ES SUFICIENTE! ¡ENCUENTRE A SUS EMPLEADOS O ATÉNGASE A LAS CONSECUENCIAS!
Los gritos rara vez alteraban a Mendoza. Para alguien descendiente de apasionados vascos, gritar solo revelaba que uno estaba descontento con algo. Por lo general, no transmitía la misma urgencia que cuando gritaba alguien ajeno a su familia. Y Gold no pertenecía a la familia de Mendoza.
Mendoza temblaba cuando colgó el teléfono, aterrado por la creciente paranoia de Gold, que empeoraba a cada hora.
Ya era bastante traumático que Gold hubiera perdido a su hijo dos días antes, pero ¿que además amenazaran su forma de vida?
No iba a dejarlo pasar sin causar algún daño.
Mendoza comprendió que tampoco era un mero daño colateral: estaría en el punto de mira si las cosas no salían como Gold quería.
De pronto, averiguar el paradero de sus periodistas se convirtió en su principal preocupación.
Guy, que todavía hervía de rabia por el aparente abandono de sus dos mejores empleados de la redacción, podría haber recibido la orden con los brazos abiertos. Mendoza acababa de llamarlo para decirle que Cal y Kelly debían ser despedidos de inmediato, o en cuanto volviera a verlos.
En lugar de aceptar encantado la orden de librarse de quienes habían sido sus dos mayores quebraderos de cabeza durante los últimos dos días, Guy —el periodista pistolero— se detuvo a pensar.
¿Su complicidad en el secreto de Statenville provocaría la muerte de un reportero y una fotógrafa a los que había acabado tomando cariño?
¿Merecía la pena recibir cada mes un saco lleno de dinero en el porche trasero si eso significaba cargar con su sangre sobre las manos?
No tenía claro cuál debía ser su siguiente paso, aunque sabía cuál prefería dar.
Guy también sabía que la diplomacia era la clave para sobrevivir el tiempo suficiente y asestar el golpe editorial definitivo, si esa era la dirección que decidía tomar. Entretanto, tendría que hervir de rabia en privado por haber dado permiso para que lo despojaran de su poder editorial.