El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

Capítulo Treinta Y Cuatro

—ESTÁ CERRADO CON LLAVE —gritó el guardia—. No oigo nada. Tampoco veo sangre. Y no me apetece volver hasta la oficina solo para coger una llave y comprobar dos veces lo que ya sé. Demos por despejada esta sección del almacén y sigamos.

—Estoy de acuerdo. Vámonos —respondió otra voz.

Las pisadas pasaron de amenazadoras a débiles y luego desaparecieron. Cal y Kelly consideraron que ya podían susurrar sin peligro, pero no se movieron.

—Creía que estábamos acabados —dijo Kelly.

—¿Y esa ha sido la primera vez que lo has pensado hoy? —El sarcasmo de Cal pretendía restar gravedad a la situación. No funcionó.

—No, pero, si no te vendamos y salimos de aquí, alguien va a encontrarnos y entregarnos.

Eran las cinco y Cal sabía que Guy los estaría buscando. Tal vez aquello fuera bueno. De lo contrario, ¿quién iba a buscarlos? Por muy furioso que pudiera ponerse Guy, su rabia quizá lo llevara a organizar una batida. Siempre que no fuera la policía, no habría problema.

El teléfono de Cal vibró. Tenía tres llamadas perdidas y un mensaje de texto.

Guy odiaba los mensajes, así que Cal dedujo que las llamadas eran de su jefe.

Abrió el mensaje. Era de Josh. Con toda la agitación de las últimas cuarenta y ocho horas, Cal casi había olvidado que Josh iba a visitarlo el viernes.

Estoy deseando verte y burlarme de ti & por poner a Matt Garza de titular en tu equipo de la liga fantástica. Eres leal hasta el extremo. Nos vemos el jueves.

Comprobar qué lanzadores tenía como titulares en su equipo de la liga fantástica era lo último en lo que pensaba Cal mientras permanecía atrapado en el cuarto de limpieza de un edificio atestado de guardias armados que tenían órdenes de dispararle.

Sin embargo, el mensaje lo hizo sonreír y le proporcionó una distracción momentánea del miedo que empezaba a apoderarse de su mente.

Cal se levantó y utilizó la luz del iPhone para buscar unas tiras de tela con las que vendarse la herida. Bajo aquella tenue claridad, comprobó que no era ni de lejos tan profunda como había pensado al principio. Aun así, el brazo seguía palpitándole con un dolor agudo.

Kelly se levantó también y se ofreció a iluminar el cuarto con el teléfono para que Cal pudiera registrar a fondo las estanterías en busca de algo con lo que vendarse.

Cal encontró un botiquín con toallitas impregnadas en alcohol para desinfectar la herida, además de gasas y esparadrapo para cubrirla.

Kelly le quitó los objetos de la mano. Empezó a limpiarle el brazo ensangrentado y a curárselo sin recibir la menor indicación de Cal. Pero necesitaba hablar.

—Entonces, ¿cómo vamos a salir de aquí, Cal?

Kelly tenía los nervios a punto de estallar.

—Buena pregunta. Yo digo que esperemos hasta que oscurezca y apenas quede nadie. Después intentaremos escondernos en un camión de reparto.

—¿En un camión de reparto? ¿Te has vuelto loco?

En ese momento, unas pisadas interrumpieron la conversación en susurros. Cuatro personas, tal vez cinco. Cal no podía saberlo con certeza. Se encontraban a pocos metros del cuarto de limpieza cuando empezaron a hablar. Cal y Kelly volvieron a sentarse con cautela.

—Tened cuidado esta noche. El jefe dice que hoy unos periodistas han entrado por la fuerza en nuestras instalaciones. ¿Recordáis todos la Regla de Oro? Esta noche vamos a seguirla. ¿Entendido?

Las demás voces al otro lado de la puerta murmuraron su conformidad. Lo habían entendido. Kelly creyó entenderlo también y soltó un jadeo ante la orden antes de taparse la boca con la mano. Cal la fulminó con la mirada, un gesto que sabía que Kelly podía ver incluso en la oscuridad del cuarto.

—Peppy, tú vas a Seattle esta noche. Big John, tú a Portland. Y Ringo, te ha tocado el afortunado turno nocturno hasta San Francisco. Como siempre, mantened un perfil bajo y respetad el límite de velocidad. No queremos que nadie que no deba se interese demasiado por nuestro producto...

—¿Producto? —susurró Cal apenas audible—. Creía que esta gente fabricaba vitaminas y productos de limpieza para el hogar.

—... y recordad: si veis a esos periodistas, disparad a matar. Un equipo se encargará de limpiar el desastre y de proporcionar una buena tapadera.

Las pisadas parecieron alejarse en distintas direcciones. Las grandes puertas elevables se abrieron con estrépito, rompiendo la quietud del aire. El zumbido de las carretillas elevadoras que recorrían el almacén ahogó el silencio.

Pero a Cal le daba igual. Seguía conteniendo el aliento y esperaba que Kelly hiciera lo mismo.

Quizá, después de todo, ya no estuviera tan interesado en escribir aquel reportaje.

Si los adolescentes estaban muertos, estaban muertos.

Ninguna labor detectivesca podría devolverlos a la vida.

Pero Cal ya había cavado demasiado hondo.

Ahora, lo único que preocupaba a aquellos matones de Cloverdale Industries era silenciarlos a él y a Kelly...

para siempre. Sin embargo, para Cal la historia se volvía cada vez más compleja y peligrosa.

Cloverdale Industries parecía estar implicada en un tipo distinto de empresa de marketing multinivel, y no era legal.