Capítulo 33
Capítulo Treinta Y Tres
CAL OYÓ EL DISPARO y sintió el impacto en el brazo derecho casi al mismo tiempo.
Nunca le habían disparado ni había imaginado el dolor abrasador que acompañaría a una bala al hundirse en su tríceps.
El dolor fue tan agudo que lo hizo caer de bruces, a medio camino entre un tropiezo y un salto deliberado, con la esperanza de esquivar cualquier otra bala que silbara en su dirección.
Kelly también se tiró al suelo. Tumbada boca abajo a pocos metros de Cal, avanzó poco a poco hacia él sin despegar el vientre del suelo.
Cuando llegó a su lado, intentó desesperadamente que se moviera.
Solo había unos catorce metros hasta el muelle de carga, que en ese momento tenía una puerta abierta.
Con el tiroteo que acababa de estallar, era poco probable que siguiera así mucho tiempo.
—Vamos, Cal. ¡Tenemos que movernos!
Cal asintió con una mueca de dolor al ver la sangre que le manaba del brazo, pese a la presión que ejercía con la mano izquierda. Parecía más un carnicero que un periodista.
Dos balas más silbaron en su dirección, pero ninguna acertó.
Cal y Kelly corrieron a trompicones hacia la puerta abierta.
Sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse, pasando de la intensa luz del sol de Idaho a la penumbra del almacén, que, para sorpresa de Cal, estaba menos lleno de lo que había imaginado.
La parte posterior se encontraba vacía y se prolongaba en la oscuridad durante al menos trescientos metros.
Cada vez parecía más claro que allí no encontrarían ningún sitio donde ponerse a cubierto.
Varias pilas de palés de madera vacíos se alineaban contra la pared trasera de las instalaciones, y había un pequeño cuarto de limpieza a unos treinta metros.
Seguía sin haber rastro de nadie dentro.
Cal sopesó sus dos opciones, ninguna demasiado atractiva: correr hasta las estanterías y ocultarse en lo alto de una balda o esconderse en el cuarto de limpieza. El ardor del brazo y la cercanía del cuarto le facilitaron la decisión.
Los guardias de seguridad de Cloverdale se desplegaron por todo el edificio en busca de dos sospechosos.
Mel Davis, jefe del dispositivo de seguridad de Cloverdale, había recibido la llamada de uno de los ejecutivos para alertarlo de una posible intrusión en el perímetro.
Un hombre y una mujer se dirigían hacia sus instalaciones y no llevaban buenas intenciones; al menos, eso era lo que le habían dicho a Davis.
La orden era disparar a matar.
Aunque no le desagradaba cobrar un sueldo generoso, Mel se preguntaba a menudo por qué una empresa de marketing de tamaño medio necesitaba unas medidas de seguridad tan estrictas.
Cada vez que expresaba sus dudas, lo acallaba el coro ensayado de directivos que le repetían que el espionaje empresarial era real y que, si no tomabas medidas preventivas para detenerlo, él acabaría contigo.
Mel se limitaba a asentir y hacía lo que le mandaban. No era la primera vez que recibía órdenes de disparar a matar, pero dudaba que pudiera apretar el gatillo si alguna vez se encontraba frente a uno de aquellos espías empresariales.
Desde el interior del cuarto de limpieza, Cal y Kelly oían las pisadas de quienes suponían que eran guardias de seguridad recorriendo a toda prisa el edificio en su busca. No se atrevían a hablar, y mucho menos a respirar.
Oyeron voces que gritaban instrucciones sobre cómo registrarían las instalaciones. Entonces Cal oyó algo que le hizo un nudo en la garganta. La frase «disparad a matar».
Miró a Kelly y, aun en la oscuridad de aquel angosto cuarto de limpieza, distinguió el terror en sus ojos.
Cal había tenido cuidado de no sangrar sobre el suelo del almacén para no dejar un rastro de sangre fácil de seguir. Kelly había añadido la presión de su mano izquierda, y por el momento parecía funcionar.
Cal estaba deseando aplicarse algo en el brazo para limpiar la herida y vendársela. No parecía mortal y no le preocupaba que pudiera matarlo. Pero sí le preocupaba la cantidad indeterminada de guardias armados que los perseguían.
La mayoría de las pisadas audibles fueron alejándose.
Al parecer, la búsqueda se había trasladado hacia el otro extremo de las instalaciones.
Cal y Kelly empezaban a sentirse lo bastante seguros como para respirar hondo cuando unas pisadas lentas parecieron encaminarse directamente hacia el cuarto de limpieza.
En ese instante, el iPhone de Cal vibró.
Se apresuró a detenerlo. Después, tanto él como Kelly contuvieron el aliento.
Las pisadas se habían detenido. Justo al otro lado de la puerta.
Alguien bloqueaba la escasa luz que se había estado filtrando por debajo.
Era la única claridad que permitía a Cal y Kelly distinguir vagamente algo dentro del cuarto.
La oscuridad absoluta estaba a la altura de su terror absoluto.
Nada. Ningún movimiento. Ningún sonido. Solo un par de botas apostadas al otro lado de la puerta y dos ocupantes dentro, conteniendo la respiración.
Cal imaginó al guardia pegando la oreja a la puerta para escuchar cualquier movimiento en el interior. La pausa frente a la puerta pareció durar una hora.
Entonces el guardia sacudió el pomo. Cal se alegró de haber cerrado con llave al entrar, pero supo que aquello probablemente era el fin. Se encogió y se preparó para lo peor.