El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Capítulo Treinta Y Uno

—¿POR QUÉ AQUÍ NUNCA PUEDE salir nada bien? —bramó Gold al teléfono—. Llámame cuando os hayáis ocupado de ellos.

—Sí, señor —respondió quien llamaba.

Gobernar la ciudad de Statenville era sencillo para Gold. Decía a la gente lo que debía hacer y la gente obedecía. En una localidad pequeña con un presupuesto superior a la media, era fácil.

Mantener oculto el oscuro secreto de la ciudad era una intrincada maraña de dificultades.

Seguía reprimiendo su dolor. La muerte de Riley no había sorprendido por completo a la familia Gold.

Nathan y su esposa sabían desde hacía un par de meses que Riley había empezado a experimentar con drogas, pero decidieron ignorarlo. Nunca creyeron que acabaría muerto.

Pero así era el secreto de Statenville. Se amparaba en justificaciones para aliviar la conciencia colectiva del pueblo, la de los pocos que sabían que había un secreto que guardar.

La mayoría de la gente ignoraba lo que ocurría.

Gold y su círculo íntimo habían decidido mucho tiempo atrás que siguiera siendo así.

Cuantas menos personas lo supieran, menor sería la posibilidad de que algún objetor de conciencia acabara hablando; además, todos ellos cobraban generosamente.

A veces significaba mancharse las manos de sangre, pero el dinero ensangrentado no parecía tan malo cuando había tanto, suficiente para comprarse una vida perfecta en el Mayberry del Oeste.

Gold acarició con los dedos una fotografía de Riley y contempló el exterior desde la ventana de su despacho.

Quizá este secreto no merezca la pena.

Pero entonces miró a su alrededor, contempló lo que había creado, aquello en lo que se había convertido Statenville.

Había costado caro, pero sin duda había merecido la pena.

En vez de transformarse en una ciudad fantasma por culpa de una economía nacional en declive, se había convertido en una localidad próspera.

La gente tenía trabajo. Era feliz. Vivía un sueño hecho realidad.

¿De verdad le importaba de dónde procedía el dinero?

Esas personas nunca habían tenido ocasión de decidir si merecía la pena.

Ni siquiera lo sabían. Gold lo había decidido por ellas.

No eran más que peones en un complejo plan para enriquecerse, tan rebosante de dinero que prefería llenar los bolsillos vacíos de cualquiera que se atreviera a cuestionarlos.

Era mucho mejor que asesinarlos y despertaba menos sospechas que los cadáveres.

Todo el mundo tenía un precio. Casi todo el mundo. Siempre había excepciones.

Cal Murphy se había convertido en una excepción.