Capítulo 30
Capítulo Treinta
—¡SUBE AHORA MISMO! —GRITÓ CAL mientras se sentaba a horcajadas en la moto y pisaba el pedal de arranque.
Kelly casi llegó antes que él. Cal revolucionó el motor y soltó el embrague, con la esperanza de impedir que sus atacantes recortaran demasiada distancia antes de que se le ocurriera un buen plan de fuga.
Cal miró por encima del hombro. Estaban a trescientos metros y acercándose. La moto de Cal aún no había alcanzado su velocidad máxima, y sus perseguidores evidentemente habían recuperado varios cientos de metros. Kelly se apretó contra él. Cal puso rumbo al oeste.
Como no había nada en varios kilómetros a la redonda, el objetivo de Cal era llegar al lindero de la zona boscosa, donde había vegetación suficiente para esconderse. No era un plan infalible, pero al menos era un plan.
Ya estaban peligrosamente cerca. Solo quedaban tres kilómetros. Cal se preguntó si lograría llegar al bosque con tiempo suficiente para ocultarse.
Durante los dos kilómetros y medio siguientes, Cal calculó que los perseguidores apenas habían ganado terreno. Entonces empezó a gritarle su idea a Kelly por encima del hombro.
Cuando faltaban unos cincuenta metros, Cal vio que la valla del perímetro trasero de Cloverdale Industries, junto a la zona boscosa, tenía un agujero bastante grande por debajo.
El único problema era el cauce de un arroyo de casi dos metros y medio de profundidad y unos dos metros de anchura, que suponía un reto considerable para alcanzar el otro lado.
Podían intentar esconderse entre la maleza y confiar en que los pistoleros no los encontraran, o intentar saltar el arroyo.
Tras examinar rápidamente el bosque que se aproximaba, Cal decidió que saltar el arroyo era su mejor opción. Explicó a Kelly lo que debía hacer.
Los pistoleros continuaban persiguiéndolos a toda velocidad.
Cal se adentró treinta metros en el bosque, lo suficiente para que la espesa maleza impidiera verlos a los pistoleros que se acercaban. Él y Kelly saltaron de la moto. Cal revolucionó el motor y la empujó en dirección contraria, con la esperanza de conseguir unos valiosos segundos más para escapar.
Corrieron hasta el borde del terraplén. Kelly ahogó un grito.
—No creo que pueda hacerlo, Cal.
—No pienses ahora en la distancia. Limítate a saltar. Vamos.
Cal retrocedió unos pasos para coger carrerilla y saltó. Aterrizó en la otra orilla con relativa facilidad.
El zumbido de los motores aumentaba con cada segundo.
—Vamos, Kelly. Confía en mí. Puedes hacerlo.
Kelly lanzó la mochila a Cal y retrocedió unos pasos. Cal miró hacia el este a través del bosque y vio que a los pistoleros les faltaban unos cinco segundos para llegar. Kelly echó a correr.
Cuando llegó al borde del terraplén, apoyó el pie demasiado cerca del límite. La tierra suelta cedió y Kelly cayó al arroyo con los pies por delante.
El pequeño chapoteo que produjo en el agua, que apenas le cubría los tobillos, resultó inaudible para los pistoleros, quienes seguían montados en sus motos y registraban la zona donde Cal había empujado la suya. No oyeron ni la caída ni la sarta de improperios de Kelly.
—Vamos, Kelly. Dame la mano —dijo Cal apenas por encima de un susurro.
Kelly avanzó chapoteando por el arroyo hacia la mano extendida de Cal.
Él solo podía controlar su avance con el rabillo del ojo, pues no apartaba la mirada de los pistoleros.
Tenía que salvar a Kelly, pero también debía contar aquella historia; nadie llegaría a conocerla si los asesinaban en el bosque.
Si Statenville trataba sus muertes como había tratado las de los tres adolescentes, a nadie le importaría cómo habían muerto aquellos dos periodistas ni nadie descubriría jamás la verdad.
No habría ningún especial televisivo que explicara la inexplicable desaparición de dos periodistas prometedores.
Cal oyó a los hombres gritarse. Dejaron las motos al ralentí mientras se dispersaban y buscaban a pie. Aún no miraban hacia el arroyo.
—¡Date prisa, Kelly!
Para Cal, cada segundo duraba tanto como una jornada redactando necrológicas.
Kelly llegó por fin hasta Cal. Se aferró con fuerza a su mano mientras él alzaba su cuerpo esbelto el metro adicional que faltaba hasta la otra orilla.
—Corre, corre, corre —dijo Cal mientras empujaba a Kelly por debajo de la valla.
Cal siguió vigilando mientras ella reptaba hasta la propiedad de Cloverdale Industries. Cuando hubo pasado, él empezó a deslizarse de espaldas bajo la valla. Los pistoleros apagaron entonces las motos, pero continuaron buscando en otras direcciones.
Cuando Cal empezaba a incorporarse, Kelly le propinó una rápida patada en la pierna. —¡Te has olvidado de mi bolsa! —susurró.
Aunque Cal prefería salir con vida para poder contar la historia, pensó que nadie lo creería sin pruebas. Volvió a deslizar medio cuerpo bajo la valla y empleó sus largos brazos para alcanzar la bolsa de la cámara de Kelly y arrastrarla consigo.
Mientras pasaba la bolsa por debajo, uno de sus cordones elásticos se enganchó en la valla y la hizo resonar al soltarse de golpe. El ruido no pasó inadvertido.
—¡Por allí! —gritó uno de los pistoleros.
—¡Corre, Kelly, corre!
Cloverdale Industries mantenía unos jardines impecables. Para aquella próspera empresa de marketing multinivel, ningún gasto era excesivo si servía para proyectar una imagen de riqueza. Al fin y al cabo, ese era el señuelo con el que atraía a la gente para vender sus productos.
Vende a tus amigos suficiente detergente orgánico, productos de limpieza y magnesio líquido, y tú también podrás vivir rodeado de lujo .
Aquella idea nauseabunda impregnaba Statenville, pero en ese momento beneficiaba a Cal y Kelly.
La esquina suroeste de la propiedad albergaba casi media hectárea de arboleda densa gracias al intenso riego de Cloverdale. Ofrecía cobertura de sobra para Cal y Kelly.
—Cuando lleguemos al límite del bosque, tenemos que correr tan deprisa como podamos hasta la esquina del muelle de carga —indicó Cal.
No era la primera vez que entraba en la propiedad.
Informaba con regularidad sobre Cloverdale Industries y visitaba a menudo la sede corporativa para conseguir las últimas noticias.
—Entendido —dijo Kelly.
Estaban cerca del límite del bosque y a unos doscientos metros de los muelles de carga vacíos cuando Cal oyó traquetear la valla metálica. Los pistoleros también habían entrado en la propiedad.
Cal oía a los hombres registrar la zona con furia, gritándose de un lado a otro. Seguía aterrorizado, pero mantenía la cabeza despejada respecto a lo que debía hacer para proteger a Kelly. Era lo único que podía hacer. La adrenalina se disparó en su cuerpo.
Cal señaló a Kelly el lugar al que se dirigían y optó por guardar silencio. Pero no sirvió de nada.
—¡Ahí están! —gritó uno de los pistoleros al tiempo que echaba a correr a toda velocidad.
Cal y Kelly no vacilaron. Alcanzaron su velocidad máxima en unas diez zancadas y no miraron atrás... hasta que sonaron los disparos.
¡BANG! ¡BANG!
Cal cayó al suelo.