El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Capítulo Veintinueve

—CREO QUE YA ESTAMOS a salvo —le gritó Cal a Kelly por encima del hombro.

Solo había recorrido unos cien metros desde la entrada del complejo de apartamentos antes de desviarse por un camino de tierra.

—Sí, pero ¿durante cuánto tiempo?

Kelly parecía una concursante de un reality después de que le dijeran que ganaría 100 000 dólares si se tumbaba dentro de una urna de cristal cerrada y llena de tarántulas. Para completar la estampa, el viento le había hecho llorar durante la huida y el rímel le surcaba la cara.

A Cal seguía pareciéndole guapa.

—Agárrate fuerte. Voy a un lugar donde no nos encontrarán.

—¿Adónde?

—Al Cañón del Diablo.

El Cañón del Diablo era el paraíso de los aficionados al motocross: kilómetros de colinas onduladas de tierra, sin construcción humana alguna.

A los vehículos de cuatro ruedas no les iba bien allí.

Hasta los Land Rover y los Jeep tenían dificultades.

También había muchas cuevas donde esconderse si alguien los divisaba.

A aquella hora todo estaba tranquilo, pero a las cuatro el Cañón del Diablo vibraría con el zumbido de los motores de dos tiempos.

Eran las dos y debían marcharse antes de que llegaran todos los motoristas.

En aquella vasta extensión, Cal sabía que su destreza con la moto de campo le resultaría útil.

El único peligro posible era la larga valla de malla metálica que formaba un perímetro sorprendentemente seguro alrededor de la parte trasera de la propiedad de Cloverdale Industries, a casi tres kilómetros.

Pero dirigirse hacia allí tampoco tenía sentido; sería como subir corriendo las escaleras en una película de terror para huir del villano que avanza despacio.

Cal condujo hasta su cueva favorita para protegerse del sol abrasador y ocultarse de posibles curiosos. Ayudó primero a Kelly a bajar y luego desplegó la pata de cabra y se apeó.

Kelly estuvo temblando durante dos minutos después de bajarse de la moto.

—Cal, esto nos viene muy grande —murmuró por fin.

Cal no dijo nada y negó con la cabeza. Estaba asustado, pero también desconcertado por el motivo de que alguien quisiera matarlo.

¿Qué he hecho? ¿Qué secreto estoy a punto de descubrir?

—¿Qué vamos a hacer?

Kelly necesitaba respuestas. Necesitaba que la tranquilizaran. Dura y tierna. Era ambas cosas, pero su lado duro se hallaba acurrucado en un rincón, deseando que aquella experiencia cercana a la muerte no hubiera sido más que una pesadilla. No lo había sido.

Cal ordenó sus pensamientos y por fin empezó a ofrecerle otra cosa que Kelly necesitaba: un plan.

—Creo que deberíamos mantenernos ocultos una hora más o menos y después intentar volver al pueblo. Quizá podamos llamar a Guy.

—¿Estás loco? Te despedirá si se entera de lo ocurrido. Dará por hecho que estabas haciendo justo lo que te ordenó que no hicieras y te mandará a paseo. Ya se estaba formando sobre ti una nube de sospechas antes de que pasara esto.

—Tienes razón. El problema es que ahora mismo solo confío en una persona de este pueblo, y esa persona eres tú.

Cal se sacó el iPhone del bolsillo. De todos modos, no tenía cobertura, así que la idea quedaba descartada.

—Si tardamos mucho, organizarán una búsqueda a gran escala. ¿Recuerdas lo que pasó cuando la hija de los Atkins se alejó del rancho familiar? Más de cien personas rastrearon las colinas para encontrarla. Vendrán a buscarnos de la misma manera.

—Puede que no sea tan mala idea.

—O puede ser terrible. Parece que más de una persona de este pueblo está empeñada en mantener la verdad enterrada.

—Vale, vale. Pensemos qué plan de acción tiene más sentido.

Los diez minutos siguientes fueron un ejercicio de futilidad. En cuanto uno esbozaba una idea, el otro la descartaba de inmediato. Igual que con la investigación, no llegaban a ninguna parte.

Entonces Cal se detuvo.

—¿Oyes eso? —dijo, entornando los ojos hacia el sur, en dirección a la carretera principal que llevaba al Cañón del Diablo.

—Sí, parece que se acercan unas motos de campo.

Kelly se unió a él para observar las colinas de tierra en busca del primer indicio de otro motorista. Los vientos dominantes del oeste azotaban el suelo del desierto y transportaban el tenue sonido de una motocicleta.

En cuestión de segundos quedó claro que la moto se dirigía hacia ellos. Cal no sabía si quería pedir ayuda a un desconocido. Prefería ver primero a su posible salvador antes de decidirse.

El zumbido del motor se hizo cada vez más fuerte. Cal distinguió que había más de una moto. Ni él ni Kelly se movieron; casi contenían la respiración. Ambos esperaban que fuera alguien capaz de ayudarlos.

Por fin, a unos cuatrocientos metros, apareció una moto. Pero no era lo que Cal y Kelly esperaban.

El primero de los dos pistoleros se abalanzaba hacia ellos.