El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 28
41%

Capítulo 28

Capítulo Veintiocho

A CAL LE DABA VUELTAS LA CABEZA AL INTENTAR procesar lo que sabía y lo que quería saber. Parecía un rompecabezas con la misma imagen por las dos caras y sin ningún borde recto. Si al menos pudiera empezar a encajar algunas piezas ...

Kelly se ofreció a conducir para ir a comer.

Estaba tan absorta como él en los crecientes misterios que rodeaban los acontecimientos de las últimas cuarenta y ocho horas.

Tres adolescentes muertos por sobredosis.

Sus cuerpos parecían haber sido despedazados por un animal salvaje.

Guy comportándose de manera extraña en la oficina.

El departamento del sheriff dándoles largas.

El accidente casi mortal. Un secuestro clandestino.

Cal a punto de sufrir una emboscada en su propia casa.

Cargos falsos. Un breve encarcelamiento. Los desvaríos de Willie el Loco.

Nada tenía sentido. Nada. Y Cal necesitaba ordenar sus ideas con la persona más inteligente con la que trabajaba y la única en quien confiaba a aquellas alturas: Kelly.

—¿Adónde vamos? —preguntó Kelly, ajustándose las gafas de sol para protegerse del intenso resplandor de primera hora de la tarde.

—Preparo un sándwich de ensalada de pollo de muerte.

—De acuerdo, entonces vamos a Chez Cal.

—Ya sabes que Ray-Ray’s siempre es mi primera opción, pero necesitamos hablar de todo esto en privado.

—Lo entiendo.

Los dos permanecieron en silencio durante el resto del corto trayecto hasta la casa de Cal. Cal sabía que lo que de verdad tenía que hacer era buscar un buen abogado durante la pausa para comer, pero aquel reportaje parecía más urgente.

Una vez en el apartamento de Cal, ambos entraron y se pusieron a realizar tareas prácticas: Cal preparó a toda prisa una ensalada de pollo, mientras Kelly cogía un cuaderno y empezaba a buscar conexiones entre los acontecimientos recientes.

—¿Qué secreto puede ocultar este pueblo que sea tan importante como para que algunas personas se confabulen y hagan lo que sea con tal de impedir que yo lo descubra? —preguntó Cal mientras troceaba una pechuga de pollo cocida.

—Si pudiéramos responder a eso por nuestra cuenta, Cal, no necesitaríamos tener esta conversación.

—Ya lo sé, pero tú llevas aquí toda la vida. ¿Recuerdas haber oído alguna vez algo que pudiera considerarse un secreto para alguien de fuera?

—Bueno, sé que en la granja de Paul Bridges utilizan en los tomates un pesticida que los federales prohibieron hace quince años.

—No veo qué relación puede tener eso con lo que está pasando.

Kelly dio unos golpecitos con el bolígrafo sobre el cuaderno en blanco.

—Tienes razón. Déjame pensar.

—Antes de intentar averiguar cuál es el secreto, pensemos en esto. ¿Tienen algo más en común las tres familias en duelo, aparte de unos hijos que murieron por hacer el idiota y consumir drogas?

—Nada que se me ocurra ahora mismo.

—Y el domingo no estaban juntos, ¿verdad?

—No. Todos fueron a la iglesia de sus respectivos barrios el domingo por la mañana.

—Mmm. Todos son mormones, ¿no?

—Como el ochenta por ciento de este pueblo, Cal. Consuélate pensando que, si te matan aquí, alguien rezará por ti cuando ya no estés.

—¿Y tú no lo harás, Kelly?

—¿Qué? ¿Crees que soy mormona?

—Sí. ¿No lo eres?

—No me gusta que nadie me diga lo que tengo que hacer.

—Te graduaste en el instituto y en la universidad, dos lugares donde alguien te dice dónde debes estar, qué debes hacer y cuándo debes hacerlo. Y ahora tienes trabajo...

—Vale, vale. No soy tan rebelde como pretendo. No sé por qué no me gusta la religión, pero nunca me pareció adecuada para mí. A mi familia no le hace ninguna gracia, desde luego, pero acabarán superándolo.

—Está claro que el vínculo con la fe no nos lleva a ninguna parte en este caso. ¿Qué más?

Cal había terminado de preparar la ensalada de pollo y estaba untando generosamente su creación gastronómica sobre pan de molde tostado para los dos. Le entregó el sándwich. Ella le dio un buen mordisco y le dijo lo impresionada que estaba con sus dotes culinarias. Después respondió a su pregunta.

—Nada que se me ocurra. Sus padres trabajan en lugares distintos y viven en zonas diferentes del pueblo. Lo único que se me ocurre es que todos jugaban juntos al fútbol americano.

Cal se animó de repente.

—¡Es verdad! Todos jugaban juntos al fútbol americano.

—Cal, te juro que te entusiasmarías si encontraras cinco centavos a tu favor en el extracto bancario. Claro que jugaban juntos.

—No, no, no. Quiero decir que esa fue la última vez que los vieron juntos a todos. Debería revisar esas fotos, ver si puedo identificar a alguno de los otros chicos y preguntarles qué vieron o qué podrían saber.

—Vale, «fiesta en casa del entrenador Walker» va al cuaderno —dijo Kelly mientras anotaba la primera conexión visible.

Pese a aquel primer avance, Cal empezaba a sentirse desesperanzado.

—Pero ¿quiénes eran los tipos que me secuestraron?

Kelly empezaba a irritarse ante las inexistentes dotes detectivescas de Cal. Ninguno de los dos estaba haciendo las preguntas adecuadas, y ambos lo sabían. Necesitaban un descanso.

Tras meterse en la boca el último pedazo del sándwich, Kelly se dirigió hacia la puerta.

—Necesito tomar el aire —dijo.

Cal dejó todos los platos en el fregadero antes de sentarse a la mesa para reflexionar sobre lo que sabía y sobre las lagunas que aún quedaban por llenar. Eran casi todas.

Justo cuando se planteaba seguir el consejo de la misteriosa nota que le habían dejado aquella mañana y no hacer nada, Kelly volvió a entrar a toda prisa por la puerta principal y empezó a gritar, histérica.

—¡Acaba de parar una furgoneta negra al otro lado del aparcamiento y el tipo que conduce lleva un pasamontañas!

Cal se agachó y miró por la ventana. Dos hombres vestidos por completo de negro y armados con fusiles de asalto corrían por el aparcamiento hacia su edificio.

Agarró a Kelly de la mano y empezó a trazar un plan.

—¡Sígueme!

Kelly cogió su bolso, pero dejó el cuaderno con la esperanza de que quienes los perseguían dedujeran, al ver las páginas casi en blanco, que no sabían prácticamente nada.

Salieron corriendo por la puerta trasera hacia los pequeños garajes privados situados detrás del bloque de apartamentos. Cal buscó las llaves a tientas mientras corría y consiguió meter la correcta en la cerradura al primer intento. Cerró de un portazo tras ellos.

—¿Qué estamos haciendo? —chilló Kelly.

Cal no le hizo caso y terminó de quitar la funda de la motocicleta que había en un rincón.

—¿Qué es esto? —preguntó Kelly.

—Es lo que va a salvarnos la vida. Sube.

Cal había empujado la moto hasta cerca de la puerta y ahora pisaba con fuerza el pedal de arranque. A la segunda patada, el motor rugió. Kelly montó y Cal abrió la puerta de par en par.

La moto de motocross Honda 280XR no era la más rápida, pero aceleraba de cero a cien con la rapidez que tanto necesitaban. Era justo lo que Cal requería en aquel momento.

Cal supuso que los dos hombres se separarían: uno rodearía el edificio por delante y el otro por el lateral más cercano. Orientó la moto hacia el extremo opuesto y aceleró a fondo.

Miró por encima del hombro y vio a uno de los hombres apuntándolos con un arma de asalto automática.

Varias balas perdidas silbaron junto a sus cabezas.

Kelly gritó aterrorizada. Cal reprimió el deseo de acompañarla.

Se inclinó hacia la izquierda y dobló la esquina del edificio.

Después se dirigió directamente a la salida más alejada con la esperanza de despistar a los hombres.

La estrategia de Cal funcionó a la perfección. Tras otros treinta segundos de trayecto, ya no se veía a los dos hombres. La última imagen que Cal conservaba de ellos era la de ambos corriendo desesperadamente hacia su vehículo, pero sabía que para entonces estaría muy lejos.

Cal conocía un lugar donde jamás lo encontrarían.