El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Capítulo Veintiséis

LA CÁRCEL DE STATENVILLE ERA poco más que un calabozo provisional.

El sheriff Jones no estaba interesado en malgastar el dinero que tanto costaba ganar a los contribuyentes convirtiendo su cárcel en un lugar cómodo para la chusma del pueblo.

Un muro de bloques de hormigón y tres paredes de barrotes de hierro formaban una celda de tres metros por tres.

El agua goteaba del techo y dejaba una mancha en un rincón de la oscura celda.

Ni siquiera había cama. Un retrete de acero inoxidable constituía el único elemento decorativo.

Vagabundos y borrachos solían terminar en aquel espacio reducido durante poco más de veinticuatro horas.

A los verdaderos delincuentes los trasladaban a Boise.

Hacía tres años que Statenville no sufría un delito grave, desde que Bill Peterson, en pleno arrebato de borrachera, atacó a su mujer con una horca tras descubrir que le había sido infiel.

Desde entonces, ninguna verdadera amenaza para el pacífico modo de vida de Statenville se había sentado tras aquellos solitarios barrotes.

Hasta ahora.

Los cargos falsos eran posesión de un recipiente abierto con alcohol y conducción bajo los efectos del alcohol.

Cal sabía que los cargos nunca prosperarían ante un tribunal de justicia de verdad.

Bebía muy pocas veces y, desde luego, la noche anterior no había conducido con alcohol en el coche, abierto o sin abrir.

Pero aquello era Statenville. Estaba en apuros y reconocía que su detención era una táctica de intimidación desproporcionada por parte de alguien.

Si alguna vez había un momento apropiado para tomarse una copa, aquel parecía serlo.

Dawkins fichó a Cal y le tomó una fotografía policial mientras lanzaba insultos burlones contra el periodista durante todo el proceso. Cal no tenía ni idea de a quién podría contratar como abogado ni por dónde empezar a buscar uno. Los pocos letrados de Statenville quedaban descartados.

Cal creía que le hacía un favor a Statenville al averiguar si alguna persona con malas intenciones estaba detrás de las tres muertes sospechosas de aquellos jóvenes.

Pero cuando el sheriff Jones lo empujó al interior de la celda, donde ya había otro ocupante, Cal comprendió que el secreto que estaba a punto de desenterrar suponía para ciertas personas poderosas una amenaza mucho mayor de lo que había imaginado.

Cal se dejó caer contra la pared de la celda y se quedó mirando con la boca abierta a ninguna parte en particular. Para él, el martes había empezado aún peor que el lunes.

El sheriff Jones y Dawkins salieron de la comisaría, supuestamente para comenzar a patrullar las calles de Statenville en busca de actividades delictivas más inofensivas. La única persona que quedó allí fue la mujer encargada de la centralita.

Cal estaba tan absorto en sus pensamientos que apenas reparó en el otro hombre, sentado frente a él en la celda.

Parecía rondar los cincuenta, aunque la vida no lo había tratado bien.

Su barba competía con su pelo por ser el lugar más apropiado de su cuerpo para albergar un nido de pájaros, mientras que la combinación de olor corporal y alcohol que emanaba de él garantizaba que ningún pájaro —ni persona— se le acercara.

Vestía una chaqueta hecha jirones y, debajo, una camisa de franela andrajosa.

Las dos rodillas asomaban por los agujeros de los vaqueros.

Calzaba unas botas de trabajo que parecían la prenda más resistente que poseía.

Y con razón. Tenía todo el aspecto de un vagabundo.

El hombre esperó unos minutos antes de aprovechar que tenía un oyente cautivo.

Después de mirar nervioso alrededor de la oficina, se agachó y correteó a ras de suelo como una especie de animal salvaje hasta sentarse junto a Cal.

Cal se echó hacia atrás. Solo el hedor del hombre estuvo a punto de obligarlo a apartar la mirada y suplicarle que se marchara. Su sonrisa de dientes desiguales le daba aspecto de loco.

—Willie —dijo el hombre a modo de presentación, tendiéndole la mano a Cal—. Willie Nelson.

Cal accedió a estrechársela, pero se mantuvo distante. A Willie parecía faltarle más de una nube para formar una tormenta.

Cal no dijo nada y esperó a que comenzaran las locuras.

—Sé lo que estás pensando —dijo Willie—. Estás pensando que estoy loco. Bueno, puede que sí; soy un trotamundos. Pero sé por qué estás aquí.

Cal estaba de acuerdo. En efecto, pensaba que Willie estaba loco. Pero, dado que se encontraba entre rejas y no tenía nada mejor que hacer, decidió seguirle el juego con cautela.

—Ah, ¿sí? Pues dígame, Willie, ¿por qué estoy aquí?

—No juega según las reglas.

Cal soltó una risita y descartó la afirmación de Willie.

—Claro que no juego según las reglas, Willie. De lo contrario, no estaría aquí, ¿verdad?

—No, no me refiero a eso.

—Entonces, ¿a qué se refiere?

—Quiero decir que no juega según sus reglas.

—¿Y a las reglas de quién se refiere?

—A las Reglas de Oro.

Cal empezaba a irritarse con los vagos desvaríos de Willie. —Ah, ¿«Trata a los demás como quieres que ellos te traten a ti»? Intento vivir así todos los días.

—Sr. Murphy, en este pueblo actúan fuerzas más poderosas de lo que puede imaginar. Todo el mundo es muy amable hasta que uno se acerca a su secreto.

—¿Cómo sabe mi nombre?

Willie ignoró la pregunta de Cal.

—Eso fue lo que me pasó a mí. Descubrí su gran secreto y ahora míreme.

Cal no necesitaba examinar a Willie para reafirmar su primera impresión de lo desagradable y chiflado que parecía. Pero lo hizo de todos modos.

—¿ Ellos le hicieron esto?

—Sí, y también se lo harán a usted. Antes era un empresario de éxito en esta comunidad, pero lo perdí todo cuando lo descubrí.

—¿De veras? ¿Y cuál era ese secreto?

—¿Me está escuchando, Sr. Murphy? Cuando uno descubre un secreto, nunca puede dejar de saberlo.

Y no le conviene conocer este. Si lo descubriera, intentaría publicarlo en ese periódico para el que escribe, y antes de que llegara siquiera a la imprenta, ellos sabrían que conoce su secreto.

Entonces lo convertirían en alguien como yo. O, si tiene suerte, lo matarían.

Cal se obligó a soltar una risa nerviosa. Willie parecía más loco a cada instante, pero la dirección que estaba tomando la conversación comenzaba a inquietarlo.

¿Y si aquel viejo loco decía la verdad?

Cuando Guy se calmó, bajó por la calle para pagar la fianza de Cal. Se reunió con el sheriff Jones en el vestíbulo y juntos se dirigieron al calabozo, donde entraron sin anunciarse.

—Willie, ¿qué le está contando a Cal? —bramó el sheriff Jones.

—No le estoy contando nada que usted no sepa ya, sheriff —respondió Willie desafiante.

El sheriff Jones se echó a reír.

—Willie el Loco, eres único.

El sheriff descartó a Willie como el loco que era. Estaba claro que su conversación con Cal había terminado.

—Vamos, Cal. Su jefe ha venido a pagarle la fianza.

Cal salió de la celda y miró hacia Willie.

—Lo están vigilando, amigo. ¡Tenga cuidado! —gritó Willie.

La sensación de inquietud en el estómago de Cal aumentó. Quería empezar aquel día de nuevo y solo eran las diez y media de la mañana.