El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Capítulo Veinticinco

EN LA PUERTA DEL apartamento de Cal, Kelly lo recibió con un abrazo que rozaba los límites de la simple amistad.

Lo estrechó con especial fuerza y le dio un último apretón antes de soltarlo.

Ajeno a todo, Cal no tenía ni idea de cuánto se había preocupado Kelly durante su breve desaparición.

Lo que a Cal le parecía un mal sueño había sido para Kelly una pesadilla hecha realidad.

—Me alegro muchísimo de que estés bien —dijo Kelly mientras se volvía hacia el coche.

—Yo también.

Kelly arrancó el Charger y comenzó a pedir detalles.

—Y bien, ¿qué pasó anoche? ¿Cómo acabó tu coche en una cuneta? ¿Cómo llegaste a casa? ¿Tuvo algo que ver con el caso?

—Lo único que recuerdo es que un camión enorme me golpeó por detrás un par de veces y me obligó a salir de la carretera.

Cuando el coche se detuvo, saltaron los airbags.

Recuerdo que intenté salir para comprobar los daños y después perdí el conocimiento.

Cuando volví en mí, estaba atado a una silla con cinta americana y unos tipos con pasamontañas me dijeron que dejara de meter las narices donde no me llamaban.

Y lo siguiente que recuerdo es despertarme en mi propia cama.

—¿Eso es todo? ¿Nada más?

Cal jugueteó con el sobre que llevaba en el bolsillo. Tras un instante de vacilación, lo sacó. Después de los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas, no confiaba en nadie salvo en Kelly.

—La única pista que quizá tenga es esta carta que he encontrado esta mañana sobre mi cómoda.

Cal abrió la carta y comenzó a leerla para sí. Sin embargo, no lo hizo con suficiente rapidez para satisfacer la curiosidad de Kelly.

—¿Qué dice?

—Esto da muy mal rollo.

—¿Qué dice?

—De acuerdo, allá va —dijo Cal antes de empezar a leer la carta en voz alta.

Sr. Murphy:

Le pedimos disculpas por nuestra brusca presentación de anoche, aunque se produjera sin nombres ni rostros.

Estamos seguros de que tiene muchas preguntas, pero este no es el momento de darle todas las respuestas.

Lo consideramos un aliado importante, pero le recomendamos encarecidamente que no cuente a nadie lo sucedido anoche y que se invente una buena coartada.

Tenemos mucha información que darle, pero aún no ha llegado el momento adecuado.

En su comunidad están ocurriendo ciertas cosas que lo pondrían en peligro si las conociera.

Lo mejor que puede hacer es guardar silencio y cumplir con su trabajo sin hacer preguntas.

Cuando llegue el momento, le proporcionaremos información que, gracias a sus aptitudes periodísticas, lo situará sin duda en el foco de la atención nacional.

Si decide ignorar nuestra firme recomendación, disponemos de otros métodos de persuasión.

Y puedo asegurarle que le conviene no experimentarlos.

Confiamos en que no enseñará esto a nadie ni hablará con nadie de esta carta o de la verdad sobre lo ocurrido anoche, incluidas Kelly y Guy. Hasta que volvamos a vernos...

—Esto es inquietante, por decirlo suavemente.

—Ya te digo. ¿Cómo saben mi nombre?

—No lo sé, pero ya he hecho dos cosas que se suponía que no debía hacer: contarte lo que sucedió en realidad y leerte esta carta.

—No te preocupes, Cal. Tu secreto está a salvo conmigo... a menos que ocurra algo horrible.

—Ay, Kelly. No hace falta ponerse tan dramática. No me va a pasar nada.

—¿Estás loco? Anoche podría haberte matado algún grupo secreto del Gobierno o algo así... o podrías haber muerto cuando tu coche se estrelló contra un árbol.

Cal se quedó inmóvil.

—¿Quién te ha dicho que me estrellé contra un árbol?

—Dawkins, anoche. Salí a buscarte y me detuve junto a su coche patrulla y una grúa. Entonces me enseñó dónde había acabado tu coche.

—¿Mi coche? ¿Estaba destrozado?

—Bueno, no pude verlo porque estaba muy oscuro, pero él me dijo que sí.

—No recuerdo gran cosa, pero sí que me detuve entre dos árboles. Por lo que recuerdo, mi coche no quedó destrozado. Sencillamente, se detuvo de golpe entre dos árboles y eso hizo saltar el airbag. Pero no fue tan grave. Me pregunto por qué Dawkins te mentiría de ese modo.

El silencio quedó suspendido en el aire mientras ambos intentaban formular una hipótesis.

Cal llegó a la conclusión de que solo había una explicación lógica: Dawkins formaba parte de algún complot de la oficina del sheriff para impedir que investigara la muerte de los tres héroes del fútbol americano de Statenville.

Después de pasar unos minutos desmenuzando sus teorías, Cal reunió toda su férrea determinación y se reafirmó con audacia en su búsqueda de la verdad.

—Si alguien está intentando matarme y hacer que parezca un accidente o encubrirlo, o si alguien solo quiere mantenerme callado durante un tiempo, debo de estar muy cerca de descubrir secretos bastante importantes que ciertas personas poderosas no quieren que salgan a la luz.

Pero parece que hay más de un secreto. Este pueblo no quiere que descubra algo, y tampoco unos misteriosos secuestradores.

Pero esto es fantástico: ¡me hice periodista para destapar encubrimientos como este!

Cal miró a Kelly y la sorprendió sonriendo, como si se sintiera orgullosa de algo.

—Me da igual lo que diga Guy, voy a seguir investigando este caso. Pero hagámoslo con discreción, ¿de acuerdo? Escribir mi artículo de reacciones será la tapadera para averiguar qué más puedo descubrir. Tengo un buen presentimiento sobre el día de hoy.

Kelly dobló la esquina del semáforo, a solo una manzana de The Register .

Dos coches patrulla estaban aparcados ante la entrada con las luces encendidas.

Dawkins y el sheriff Jones se apoyaban en sus vehículos y miraban calle abajo, en dirección a Kelly.

En cuanto vieron su coche, abrieron las puertas y empezaron a hablar por radio.

—Me pregunto a qué viene todo esto —dijo Kelly mientras salía de la calle principal para aparcar en el estacionamiento trasero.

—No lo sé, pero mi buen presentimiento se ha esfumado.

Cal apenas había puesto un pie sobre la gravilla del aparcamiento cuando Dawkins y el sheriff Jones lo recibieron con unas esposas.

—Cal Murphy, queda detenido.