El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Capítulo Veinticuatro

EL IPHONE DE CAL ESTABA PROGRAMADO para despertarlo a las ocho de la mañana todos los martes. Era el día de cierre. The Register entraba en imprenta todos los martes a las ocho y media de la tarde, casi sin excepción.

La última vez que habían retrasado la impresión había sido dos años antes, cuando Paul Hackett llevó su pico a una reunión del consejo escolar y amenazó a uno de sus miembros.

Cuando Hackett, cuyo apellido le venía que ni pintado, blandió el pico a pocos centímetros del rostro del consejero, Kelly tomó una foto.

Con apenas seis meses de experiencia, consiguió convencer a Guy de que retrasara la impresión.

Resultó ser un buen instinto periodístico por parte de todos, pues la foto ganó el premio a la mejor imagen de una noticia en acción de un semanario de Idaho.

El iPhone de Cal entonó una melodía etérea. Él apenas se movió.

Cal estaba aturdido. Los extraños acontecimientos de la noche anterior lo llevaron a preguntarse si no habría sido todo una pesadilla. Allí estaba, tumbado en la cama y con la ropa puesta. ¿Qué ha pasado?

Cal entró tambaleándose en la ducha, con la esperanza de que el agua caliente lo despejara.

Poco a poco, empezó a recordarlo todo. Había quedado con Kelly.

Entonces alguien lo había embestido por detrás a propósito.

Se había salido de la carretera. Había sobrevivido al descenso por la ladera.

Alguien lo había drogado, le había advertido que dejara el asunto y lo había dejado dormido en su apartamento.

Sin pensárselo dos veces, Cal corrió hacia la ventana para buscar su coche. No estaba allí.

Cal volvió a la ducha e intentó arrancarle más detalles a su maltrecha memoria. ¿Quién se lo había llevado? ¿Adónde? ¿Y por qué? ¿Por qué le habían advertido que esperara antes de publicar la historia?

Nada de aquello tenía sentido. La hipótesis inicial de Cal era que alguien lo había sacado de la carretera porque se había acercado demasiado a la verdad sobre la muerte de los adolescentes.

O, al menos, creían que se estaba acercando.

Cal tenía la sensación de no estar más cerca en aquel momento que veinticuatro horas antes, cuando se duchaba justo después de que Guy le diera la noticia.

Aunque, de todos modos, tampoco importaba demasiado.

Guy le había encargado un inofensivo artículo de reacciones, y Cal dudaba que el martes antes de la hora de cierre le diera tiempo suficiente para hacer cambiar de opinión a Guy y conseguir que le permitiera escribir la verdadera historia.

Sobre todo cuando lo único que Cal tenía era el recuerdo de los cuerpos mutilados de aquellos chicos.

Cal terminó de ducharse, se secó con una toalla y marcó el número de Kelly.

—¿Cal? ¡¿Eres tú?! —preguntó Kelly sin pensar siquiera en saludar.

—Sí, Kelly. Estoy bien. Siento lo de anoche.

—¿Que sientes lo de anoche? ¿Estás de broma? Me alegro muchísimo de que estés vivo. Pensé que habías muerto cuando me enteré de que tu coche se había salido de la carretera y no podían encontrarte.

Cal hizo una mueca. Recordaba que su coche había quedado destrozado. Aunque era la menor de sus preocupaciones, detestaba el engorro de quedarse sin coche y tener que llevarlo a reparar.

—Sí, esta mañana voy a necesitar que me lleves.

—No te preocupes. Iré a buscarte. Estaré ahí en quince minutos.

Cal terminó de vestirse y reflexionó sobre los acontecimientos de la noche anterior.

Ni siquiera se acercaba a tener todos los datos ni estaba lo bastante cerca de la verdad como para esbozar una teoría incipiente que plantearle a Guy.

Pero sabía que la información que poseía conducía a algo más.

Tal vez fuera algo siniestro. Tal vez corrupción. Tal vez un encubrimiento. Tal vez...

Los teóricos de la conspiración irritaban a Cal, pero no podía evitarlo. Algo estaba pasando, y alguien no quería que averiguara qué. Resolver el misterio era tan sencillo como eso: descubrir quién era ese alguien y qué era ese algo. Pero aquello no tenía nada de sencillo.

Las ideas se arremolinaban en la mente de Cal.

¿Había oído helicópteros sobrevolando la zona?

¿Un miembro de operaciones especiales había corrido hacia él desde el río, donde lo esperaba al acecho?

La imaginación de Cal empezaba a desbocarse cuando el claxon del coche de Kelly lo sacó de su ensimismamiento.

Cogió el iPhone y las llaves y echó un último vistazo a la habitación antes de salir. Entonces reparó en una nota cerrada sobre la cómoda. Estaba dirigida a él: —Sr. Cal Murphy.

¡Din, don! Cal comprendió que Kelly estaba impaciente por verlo.

Se metió el sobre en el bolsillo y se dirigió a la puerta principal.