Capítulo 23
Capítulo Veintitrés
A GOLD NO LE GUSTABAN LOS cabos sueltos, pero a medianoche tenía uno.
El intento de su esbirro por silenciar a Cal dio un giro desafortunado cuando este no solo sobrevivió a la embestida que lo sacó de la carretera, sino que además desapareció.
No era el tipo de noticia que a Gold le gustaba escuchar, sobre todo después de haberse acostado pensando que su reino volvía a estar a salvo.
—¿Lo habéis encontrado ya? —espetó Gold por teléfono.
—No, señor. Pero no se preocupe. Nos ocuparemos de ello.
—Eso dijiste la última vez.
—No se preocupe. Lo mantendremos apartado.
—Bien. No quiero perder más horas de sueño por este asunto, ¿me oyes?
—Sí, señor.
A Gold le encantaba darle órdenes al sheriff de aquella manera. Era una de las ventajas de controlar un pueblo y sus oscuros secretos. Hunter Jones se lo debía todo a Gold, así que cuando Gold decía «Salta», Jones siempre preguntaba «¿Hacia dónde?». Para Gold era así de sencillo.
Jones detestaba la forma en que Gold lo trataba. Después de todo, ¿no era él el sheriff? En cambio, parecía que Gold se consideraba el que llevaba la placa y nunca tenía que ensuciarse las manos. Aquella noche, Jones estaba a punto de ensuciarse las uñas por una buena causa.
Marcó el número de Dawkins.
—Sí, jefe.
—¿Habéis encontrado ya a Cal?
—No. Seguimos buscando.
—Pues, cuando lo encontréis, acusadlo de conducir bajo los efectos del alcohol.
—No podemos hacer eso.
—Dawkins, ¿te has vuelto loco? Sabes que podemos hacer lo que queramos en este pueblo. La centralita me ha avisado de que un coche que coincidía con el de Cal iba dando bandazos por toda la carretera. ¿Necesitas algo más?
—No, señor. Creo que puedo hacer que funcione. Lo encontraremos.