Capítulo 22
Capítulo Veintidós
CUANDO CAL VOLVIÓ EN SÍ, enseguida se olvidó de la intensa migraña que le palpitaba en la cabeza.
Estaba amordazado y sujeto a una silla con cinta americana.
La única bombilla, suspendida a pocos centímetros de su rostro, lo cegaba.
Del suelo de tierra emanaba olor a estiércol.
¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy atado a una silla?
Cal recordó que lo habían embestido por detrás y que había bajado dando tumbos por una ladera hasta detenerse de manera brusca pero segura.
Los airbags se habían desplegado, pero él estaba perfectamente.
Se disponía a salir del coche cuando dos hombres le clavaron una aguja.
Eso era lo último que recordaba. Cal acababa de comprender que la aguja contenía un sedante y no tenía ni idea de cuánto tiempo había permanecido inconsciente.
¿Una hora? ¿Un día? ¿Una semana? No había forma de saberlo con certeza.
Justo cuando Cal empezaba a ordenar sus pensamientos, un hombre con pasamontañas se acuclilló ante él y comenzó a interrogarlo con voz suave y serena.
—¿Es usted Cal Murphy?
—¿Qué es esto?
—Responda a mi pregunta, por favor.
—Sí, soy Cal Murphy. ¿Qué me estáis haciendo?
—Por favor, Cal. Mantenga la calma, responda a mis preguntas y saldrá de aquí enseguida.
—Lo que tú digas, tío. Esto es un secuestro. Vas a ir a la cárcel por esto.
—No profieras amenazas vacías ni hagas promesas que no puedes cumplir, muchacho. Los dos sabemos que eso no ocurrirá. Los hombres que dirigen esta operación jamás lo permitirán. Así que será mejor que te vayas haciendo a la idea de que cooperar es lo que más te conviene.
Cal apretó los dientes. En una situación como aquella, era incapaz de contenerse.
Normalmente quería justicia, y la quería para ayer.
Pero, con todo el misterio que rodeaba la muerte de los tres adolescentes de Statenville, deseaba conseguir algunas respuestas antes de que acabaran con él.
De todos modos, aquella historia no iba a publicarse ni en papel ni en internet próximamente, así que no había necesidad de presionar cuando hacerlo solo conducía a problemas.
Decidió seguirle la corriente.
—De acuerdo, ¿qué quiere que haga?
—¡Déjalo estar! Si sigues investigando la muerte de esos tres adolescentes, terminarás escribiendo sobre cosas que enfadarán a mucha gente. Tu seguridad correrá peligro. Puede que también tu vida.
—Ahora no puedo dejarlo, sobre todo cuando está claro que estoy poniendo nervioso a alguien.
—Tendrás toda una vida para contar la historia de la muerte de esos tres adolescentes. Ahora no es el momento de desgarrar el corazón de una comunidad sumida en el duelo. Espera unos meses para revelar lo que sabes y recibirás la debida recompensa.
—¿Unos meses ? ¿Me está diciendo que me ha secuestrado y se ha arriesgado a muchas otras cosas solo para decirme eso ?
—Mis motivos no son asunto tuyo. Lo que debe preocuparte es obedecer las órdenes. ¿Entendido?
—Sí. Entendido.
—Bien. Me alegro de que hayamos podido mantener esta conversación.
Dicho aquello, el enmascarado clavó una aguja en el cuello de Cal y le inyectó otra dosis del sedante de acción rápida. La visión de Cal se oscureció y después su cabeza cayó hacia delante.