El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Capítulo Veinte

KELLY ACABABA DE APLASTAR A SU tercer rival a los dardos en The Mill.

Derrotar a chicos de granja borrachos que creían tener alguna posibilidad con ella divertía a Kelly.

Incluso había salido con algunos de los habituales en el instituto, cuando pensaba que su destino era ser la esposa de un granjero.

No se oponía del todo a la idea, pero trabajar en el periódico estudiantil de la Universidad Estatal de Arizona le había permitido probar el auténtico periodismo, y aquel era un gusto que no podía saciar preparando banquetes para el almuerzo, cambiando pañales a niños pequeños y formando parte de la asociación de padres y profesores de Statenville.

Por supuesto, trabajar para The Register tampoco le garantizaría más que una ración exigua de periodismo auténtico, pero pensaba que podía resultar apetecible, sobre todo si ella estaba al mando.

Kelly cogió el teléfono para llamar a Cal. ¿Dónde está? Seguro que me habría llamado si le hubiera surgido algo.

Kelly buscó su número en la pantalla y vaciló.

Ya lo había llamado tres veces y le había dejado mensajes.

Pero ¿una cuarta ? Eso quizá fuera excesivo.

Solo llegaba una hora tarde. No había necesidad de parecer desesperada, y menos por un hombre que ni siquiera estaba segura de que le gustara en un sentido romántico.

Aunque los emocionantes acontecimientos del día habían cambiado eso.

La aventura había resultado ser un poderoso elixir contra sus dudas.

Una cesta de patatas fritas, otras dos aniquilaciones a los dardos y cuarenta y cinco minutos después, Kelly decidió que Cal no iba a aparecer.

Un pensamiento se deslizó en su mente. No merecía la pena darle vueltas, pero Kelly no lograba hacerlo desaparecer.

¿Y si alguien no quiere que Cal escriba esa noticia? ¿Y si alguien le ha hecho algo?

Sus esfuerzos por desechar unos pensamientos tan sombríos solo sirvieron para avivar su angustia. Cogió el bolso y el abrigo. Tenía que acabar con aquellas ideas descabelladas.

Salió del bar sin decir palabra ni mirar atrás. Aquello no tenía nada que ver con un enamoramiento repentino de Cal. Se trataba de un compañero de trabajo al que estaban amenazando por hacer su trabajo.

La paranoia cayó sobre ella como una espesa niebla.

Empezó a escrutar el aparcamiento en busca de cualquier actividad sospechosa o de posibles sospechosos apostados en coches oscuros a la espera de cierto cliente.

Vio a un hombre que parecía fuera de lugar en Statenville.

¿Un Chevy Blazer negro y nuevo en Statenville?

Lo mismo habría dado que pintara el coche de rojo chillón.

Aquello era territorio Ford, salvo por unos cuantos ecologistas que preferían los Subaru.

Sin embargo, enseguida lo descartó como sospechoso.

Miraba el teléfono y hablaba con alguien mientras agitaba la mano libre.

Durante los diez segundos que lo observó mientras caminaba hacia su coche, no levantó la vista ni una sola vez.

Aun así, Kelly aceleró el paso. Mientras caminaba, buscó a tientas las llaves con la esperanza de evitar una prolongada expedición minera dentro del bolso. Cuanto menos tiempo permaneciera vulnerable antes de entrar en el coche, mejor.

Éxito.

Abrió la puerta pulsando el botón del mando y se deslizó tras el volante. Cerró las puertas y arrancó. Antes de encender los faros, Kelly echó un último vistazo al aparcamiento y concluyó que estaba a salvo. Salió a la carretera y se dirigió a casa de Cal por la misma ruta que él habría seguido.

Kelly avanzó despacio por la carretera, buscando en los márgenes cualquier rastro de Cal o de su Civic.

¿Por qué no me ha llamado?

Un cacharro destartalado y un neumático pinchado habían dejado dos vehículos inmovilizados a lo largo de la ruta que siguió Kelly. Ni rastro de Cal.

Condujo otros cinco minutos antes de entrar en un tramo sinuoso de carretera cerca del apartamento de Cal.

Allí fue donde vio las luces intermitentes.

Las luces rojas y azules de un coche patrulla parpadeaban en el fresco aire de agosto.

Había un coche patrulla detenido en el arcén más adelante.

Junto a él se encontraba un vehículo del servicio de grúas A-1, que anunciaba su presencia con un par de luces amarillas intermitentes.

Kelly no quería dar por sentado que Cal fuera la causa de aquella concentración junto a la carretera, pero no podía impedir que su mente repasara a toda velocidad las peores situaciones posibles.

Puede que Cal haya tenido un accidente. Puede que alguien lo haya matado. Puede que no haya nada que ver.

Aceleró y se detuvo detrás del coche del ayudante del sheriff. Era el de Dawkins. Cerró los ojos y gimió.

¡Dawkins no! ¡Ahora no!

Dawkins hablaba con el conductor de la grúa cuando los faros de Kelly anunciaron su llegada. Se volvió hacia ella y se protegió los ojos de las luces del coche. El ayudante se acercó al coche de Kelly mientras ella avanzaba para encontrarse con él a medio camino.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó nerviosa.

—Bueno, pensé que quizá usted podría contarnos algo a nosotros.

—¿Qué quiere decir?

—Mercer estaba hoy fuera de servicio, pero me llamó por un coche que había visto salirse de la carretera. Dijo que había quedado destrozado contra un árbol, así que vine a comprobarlo. Es el de Cal.

Kelly trató de ignorar sus emociones y adoptar la mentalidad de una periodista. Había preguntas. Muchas. Y necesitaba respuestas de inmediato.

—¿Ha bajado hasta allí? —preguntó Kelly, señalando el barranco.

—Sí.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Cal está herido? ¿Se ha hecho daño? ¿Dónde está?

—Cuando bajé, no vi a nadie.

—¿Cómo que no vio a nadie?

—Quiero decir que, evidentemente, fue un accidente de un solo vehículo. Parece que el impacto contra un árbol destrozó bastante el capó. Pero nadie vio lo ocurrido. Al menos, ningún ciudadano informó de que un conductor se hubiera salido de la carretera y se hubiera metido en el bosque.

—Entonces, ¿simplemente ha desaparecido?

—Sí, por lo que puedo deducir.

—¿Cree que sigue vivo?

Dawkins vaciló, como si no estuviera seguro de qué decir ni de si contarle la verdad.

—No hay forma de saberlo con certeza. Cuesta imaginar que saliera sin más de ese coche, destrozado como está, y se marchara andando. Pero seguiremos buscando.

—Por favor, llámeme al móvil si lo encuentran.

Kelly le entregó su tarjeta de visita y empezó a regresar hacia el coche.

Había pensado que quizá podría hacer hablar a Dawkins.

Un poco de coquetería nunca estaba de más con los miembros de las fuerzas del orden cuando se trataba de conseguir lo que quería.

Pero se marchó con la sensación de no haber obtenido de él lo que necesitaba.

Y luego estaba el asunto más urgente: Cal podía estar muerto.