Capítulo 19
Capítulo Diecinueve
NATHAN GOLD CAMBIÓ DE POSTURA EN su sillón de lectura de cuero.
Las paredes de roble oscuro, con una librería hecha a medida, rodeaban su estudio.
Albergaban una extensa colección de libros raros y obras maestras de la literatura, todos muy desgastados por el uso.
Estaba claro que a Gold le interesaba más crear un hogar adecuado para la literatura que hacer ostentación en su mansión de estilo Tudor.
Los placeres extravagantes podían encontrarse en otras partes de la casa.
Pero aquella noche no pensaba en sus libros, sino en su pueblo.
Al igual que el refugio seguro que había creado para cada obra de arte colocada en los estantes de su biblioteca, Statenville había quedado eficazmente aislado gracias a una meticulosa planificación.
Y Gold disfrutaba de ello. Igual que disfrutaba leyendo El paraíso perdido , de John Milton.
Pero aquella noche su mente estaba muy lejos y tenía la mirada perdida.
Su propio paraíso se tambaleaba al borde de la desaparición por culpa de un periodista entrometido empeñado en descorrer la cortina de Oz.
Solo que él no sabía que estaba en Oz. Gold sabía que Cal no consideraba Statenville el destino final de su carrera.
Los forasteros que trabajaban en The Register rara vez lo hacían.
Statenville era un semáforo amarillo intermitente en una carretera de doble sentido hacia algún otro lugar. Era una taza de café.
Pero, a medida que se desarrollaban los acontecimientos del día, Gold empezó a recelar de que un forastero husmeara en un asunto familiar.
El hijo de Gold había muerto y él se esforzaba por reprimir el dolor que sentía.
Tenía que hacerlo. Había más en juego que la vergüenza personal de que su hijo hubiera muerto por una sobredosis y el periódico lo grabara en la memoria colectiva del pueblo mediante sus microfilmes. Statenville estaba en juego.
Cal no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, pero a Gold le daba igual.
Como alcalde de Statenville, Gold se enorgullecía de su conducta moral y ética.
Sin embargo, resultaba fácil imponer una orden de alejamiento temporal a aquella moral y aquella ética cuando tu modo de vida se veía amenazado.
Gold sabía que tendría que tomar una decisión difícil, pero sería por el bien de todos. Al menos, eso se decía.
Dio un largo trago a su vaso de whisky escocés. Sopesó su siguiente movimiento.
Sonó el teléfono y una voz al otro lado le dio la noticia: —Cal ha desaparecido.
—¿Qué? ¿Dónde está? ¿Y la chica?
—Su coche se salió de la carretera y se estrelló cerca del río, pero él no aparecía por ninguna parte. La chica sigue esperándolo en The Mill, pero sin él está perdida. Aún cree que algún día podría dirigir The Register . No querrá poner en peligro esa quimera, así que no se preocupe por ella.
—Pues encuéntralo. Y, cuando lo hagas, asegúrate de que no vaya a ninguna parte. Quién sabe dónde estará ahora que no podemos seguirle la pista.
Gold colgó el teléfono. Tendría que posponer el duelo en paz.