El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Capítulo Dieciséis

CUANDO CAL ENCENDIÓ el teléfono en la sala de reconocimiento, vio que tenía una llamada perdida de Guy. Después de enseñarle las fotos a Kelly, descubrió una notificación que le avisaba de tres mensajes nuevos en el buzón de voz, seguramente todos de Guy. Volvió a repasar las imágenes.

Los dos permanecieron en silencio durante los primeros minutos del trayecto, reflexionando sobre los acontecimientos del día e intentando encontrarles sentido.

Las preguntas se agolpaban en la cabeza de Cal.

¿Había un asesino en serie suelto? ¿Había algo en el agua? ¿Podía existir de verdad el sasquatch de Statenville? ¿Se habían limitado aquellos chicos a matarse de una forma estrafalaria? ¿O pertenecían a una secta y un día habían llevado su devoción demasiado lejos?

Apenas tenía tiempo de plantearse una teoría o una idea antes de verse obligado a sacar una conclusión más definitiva y pasar a la siguiente.

Aquello hizo que Cal valorase más los días en que su encargo más importante consistía en hacer fotos de sonrisas y apretones de manos en la última reunión de algún club de servicios comunitarios.

Cubrir aquellas tres muertes extrañas era como vivir en un episodio de Expediente X .

Miró a Kelly... empezaba a recordarle a Scully.

Entonces volvió a la realidad. Quizá fueran asesinatos.

Quizá accidentes. Quizá nadie llegara a saberlo nunca.

Cal estaba decidido a descubrir la verdad.

La foto policial de Guy sustituyó en la pantalla del iPhone de Cal a la imagen del cadáver de Cody Murray. El teléfono no paraba de vibrar, pero Cal se quedó paralizado.

—Kelly, es el jefe. ¿Qué sugieres que le diga? —preguntó Cal.

—Dile la verdad.

—¿Te has vuelto loca? ¿Has visto el humor que tiene hoy? Si lo hacemos, seremos las muertes no demasiado sospechosas número cuatro y cinco.

—¿Y crees que es mejor mentir ahora para que luego te descubra? Sabes que se enterará, Cal..., tarde o temprano. Ese hombre tiene ojos y oídos en todas partes.

—Probablemente tengas razón.

—Mira, no le hables de las fotos. No se lo cuentes a nadie, ¿vale? Es por tu propio bien. Considera esas fotos tu seguro.

El teléfono dejó de vibrar. La conversación había impedido que Cal contestase antes de asegurarse de que ambos iban a contar la misma historia.

Marcó el número de Guy.

—¿Dónde os habéis metido? Te dije que volvieras directamente a la redacción. ¡Fue hace más de una hora!

—Lo siento, jefe. Teníamos que hacerle una visita al forense.

—¿Al forense? ¿Quién os creéis que sois? ¿Starsky y Hutch? Vuestro trabajo no consiste en investigar un asesinato, sino en informar de él.

—Lo entiendo, jefe. Pero hoy casi nadie nos ha dado respuestas claras.

—¡Eso es porque actúas como un sabueso de la policía en vez de como un periodista! ¿Se te había ocurrido, lumbreras?

Kelly pisó a fondo el acelerador.

Cal sabía lo que estaba haciendo. Articuló un «gracias» con los labios mientras seguía encogiéndose ante la diatriba verbal de Guy. Este nunca era tan cruel en persona, y Cal estaba deseando regresar para poner fin a aquella tontería.

La F-250 seguía el coche de Kelly a unos cien metros de distancia. El conductor calculaba con cuidado dónde haría su movimiento.

Pero aún no se le había presentado la oportunidad. Kelly circulaba por una vía principal que conducía al centro. Los negocios situados a ambos lados de la carretera dificultaban mucho el cumplimiento de su misión.

Levantó el pie del acelerador. Sabía adónde iban. Aquella noche tendría una oportunidad mejor. Entonces terminaría el encargo.