Capítulo 17
Capítulo Diecisiete
CUANDO CAL Y KELLY regresaron a The Register , la redacción seguía llena de empleados entregados, preparando todo lo posible para la edición de aquella semana, que debía entrar en imprenta el martes por la noche.
Cal todavía tenía más de veinticuatro horas hasta que venciera el plazo, pero aún debía ocuparse de algunas tareas rutinarias antes de dar por concluida la jornada.
Cal percibía cómo la angustia de Guy aumentaba a medida que avanzaba el día, pero, para las cinco y media de la tarde, aquella angustia había dado paso a las sucias maniobras de oficina y al abuso de poder.
Por cómo se había comportado Guy al teléfono, Cal supuso que no había puesto un pie fuera de la redacción de The Register en todo el día salvo para fumar.
Sin embargo, jamás habría imaginado lo que salió a continuación de la boca de Guy.
—Espero que tengas material para un artículo de reacciones, porque eso es lo único que vas a escribir, ¿entendido? —bramó Guy desde detrás de su escritorio.
¿Un artículo de reacciones? En el mundo del periodismo, un artículo de reacciones estaba apenas un peldaño por encima de una encuesta a pie de calle.
Era una noticia que prácticamente cualquier idiota podía escribir sin estropearla.
Hablabas con la gente sobre un tema, un asunto o un acontecimiento concreto.
Los citabas. Ellos eran la noticia. El «reportero» se limitaba, más o menos, a transcribir una entrevista.
Hasta un becario de instituto podía hacerlo.
Con aquella reasignación, el ánimo de Cal se desplomó.
¿Un artículo digno del Pulitzer? Olvidado.
¿Un buen reportaje para su carpeta profesional?
Lo dudaba. El lunes de Cal había empezado siendo muy prometedor, pero la esperanza de que concluyera bien se desvanecía más deprisa que los quince minutos de fama de William Hung.
Estuvo a punto de aceptarlo sin decir palabra. A punto.
—¿En serio, Guy? ¿Un artículo de reacciones? Llevo todo el día siguiendo esta historia y hay algo más que tres adolescentes muertos por sobredosis; de eso estoy seguro.
—Por si lo has olvidado, esto es Mayberry, no Nueva York. Sensacionalizar la desgraciada muerte de esos chicos no es lo que la gente de aquí quiere leer. Así que, si no tienes nada aparte de los rumores confidenciales y las insinuaciones que has mencionado antes, no me interesa.
—Pero, jefe...
—¿Eres así de corto, Cal? No vamos a poner un titular a tres columnas sobre un triple asesinato, especialmente cuando no ha habido ninguno. Ahora ve a escribirme un pie de foto para la reunión del consejo de educación que cubriste el jueves pasado y lárgate de aquí.
El problema de protestar por una decisión de Guy en la diminuta redacción de The Register era que todo el mundo lo oía ponerte en tu sitio.
Cal encajaba las poco frecuentes broncas de Guy mejor que la mayoría, una señal inequívoca de que quizá pudiera triunfar en un gran diario metropolitano.
Pero aquel no era uno de esos días. Cal salió del despacho de Guy con el rostro encendido, profesionalmente destripado.
Cal empezó a preguntarse qué le había ocurrido a Guy.
¿De verdad habían dado por muerto en Utah a aquel serio director de periódico llamado Guy Thompson?
Como hombre de prensa, ¿no sentía ni una pizca de curiosidad por los extraños sucesos de las últimas veinticuatro horas?
En aquel momento Cal tenía más preguntas que respuestas, pero le resultaba extraño que a su director le preocupara más dónde había estado que lo que había descubierto.
Cal se sentó a su escritorio y obedeció a Guy.
Escribió a toda prisa el pie de foto y lo entregó.
Pasó la hora siguiente trabajando en unas correcciones que Terry había solicitado para la edición del miércoles.
La mayoría de los días, a Cal no le molestaban las ediciones de Terry, pero, gracias a Guy, estaba de mal humor.
¿De verdad tiene que conseguir que mi crónica de la reunión del Club Rotario parezca un acto de una obra de Shakespeare?
—Vuestras correcciones están terminadas, milord —le dijo Cal a Terry en tono burlón.
Terry frunció el ceño y entornó los ojos.
Era evidente que no había captado el sentido del lenguaje medieval de Cal.
Gruñó un «gracias» y volvió a mirar la pantalla del ordenador.
Sin embargo, aquella clase de interacciones no eran inusuales en la redacción de The Register , conocida por atraer a más personalidades excéntricas que un circo ambulante.
A las seis y media, Cal empezó a recoger sus notas y a meterlas en el maletín, dispuesto a hacer algunas llamadas desde casa para continuar investigando. Esperaba presentarse en la redacción con algo sustancioso que hiciera cambiar de opinión a Guy.
Miró a Kelly, que también se preparaba para marcharse. Al menos el día no había sido una completa pérdida de tiempo. Haberlo pasado con ella y con todo su desparpajo hacía soportable lo demás.
Cal rompió el silencio.
—¿Preparada para repetirlo mañana?
—Sí. Hoy ha sido divertido, ¿verdad? Aunque no veo cómo mañana podría ser más interesante.
Entonces Cal vio que Kelly deslizaba hacia él un trocito de papel con una nota garabateada.
Llámame al móvil cuando estés en el coche.
Cal cogió la nota de su escritorio y se la guardó en el bolsillo. Quizá esta noche no haga esas llamadas.
Los dos recorrieron en silencio el callejón hasta el aparcamiento de empleados situado detrás del edificio de The Register .
Cal tiró el maletín al suelo del lado del acompañante y sacó el móvil. Marcó el número de Kelly.
—Vale, sabemos que está pasando algo muy raro y que Guy se comporta de forma extraña, ¿no? —empezó Kelly.
—Sí, ¿y?
—Pues escucha esto. Fui a la sala de descanso a comprar un refresco y vi que la puerta exterior estaba entreabierta. Me acerqué para cerrarla y oí a Guy hablando por el móvil en voz baja.
—¿Qué dijo?
—No oí la conversación entera, pero sí le escuché decir: «No te preocupes. Tengo a esos dos bajo control».
—¿Crees que hablaba de nosotros?
—¿De quién si no?
—Podrían ser dos cosas cualesquiera que tenga bajo control.
—Ya, pero ¿decir eso y hablar en voz baja para que nadie pudiera oírlo? Además, estaba fuera, hablando con su móvil personal. No era un comportamiento propio de Guy.
—Eso podría explicar por qué se ha estado comportando así con nosotros. Desde luego, parece empeñado en impedir que demos a esta noticia el tratamiento adecuado.
—Bueno, aquí pasa algo y no me gusta. Todo este asunto empieza a darme mala espina, como si estuviéramos sacudiendo la puerta de un armario lleno de grandes esqueletos. Y me inquieta lo que pueda pasarnos.
—¿En serio? ¿Tienes miedo, Kelly?
—Un poco, quizá. Ahora mismo me apetecería mucho tomar algo y jugar a los dardos en The Mill. ¿Te animas a acompañarme?
¡Vaya! ¿Kelly me está pidiendo una cita? Desde luego, lo parece.
—Eh, claro. Quiero pasar primero por casa para cambiarme y luego nos vemos allí dentro de, digamos, ¿treinta minutos?
—Parece una cita.
¡Pues sí que parece una cita! , pensó Cal.
Cal y Kelly se dirigieron a sus respectivas casas, en direcciones opuestas, para prepararse para un inusual encuentro después del trabajo.
Eso si la única vez que Cal había quedado con Kelly por la noche en el McDonald’s de la gasolinera cercana a la salida de la I-84 contaba como encuentro. De lo contrario, era la primera vez.
La F-250 siguió a Cal.