Capítulo 14
Capítulo Catorce
CAL HABÍA DECIDIDO DEJAR que Kelly llevase la iniciativa en aquella última parada de la investigación antes de regresar a la redacción de The Register para enfrentarse a un Guy de pésimo humor.
Kelly le sugirió que permaneciera en el vehículo hasta que convenciera a su primo para que les permitiera ver los cadáveres.
Pero Cal estaba demasiado impaciente para esperar una señal de Kelly que quizá no llegase nunca.
Además, todos aquellos rumores sobre un puma le daban ganas de acallarlos contemplando los cuerpos con sus propios ojos.
Después de que Kelly desapareciera en el edificio del forense, Cal salió del coche y se dirigió a la entrada.
Entró en el edificio treinta segundos después que Kelly. No había secretaria ni nadie en recepción. Cal llegó justo a tiempo para ver cómo se cerraba la puerta tras ellos cuando entraron en el despacho de Kevin. Al pasar sigilosamente por delante, oyó a Kelly suplicar a su primo.
—Vamos, Kevin. No haré fotos. Déjame ver los cadáveres —la súplica de Kelly resonó por los pasillos.
—No, Kelly. Entregaré mi informe definitivo al sheriff y podrás pedirle una copia.
La obstrucción de Kevin empezó a irritar a Kelly. Guardó silencio un instante y después pasó a la ofensiva.
—¿Qué está ocultando, doctor Mendoza? ¡Quiero saberlo!
—No oculto nada y tú no estás autorizada a entrar ahí. Esos cadáveres son pruebas de una investigación policial oficial.
—Ah, ¿así que fue un asesinato?
—Yo no he dicho eso. Estoy investigando qué les ocurrió a esos chicos. Ahora, si me disculpas, todavía tengo mucho papeleo que terminar hoy antes de poder irme a casa.
El médico estaba obligando a Kelly a retroceder hacia el pasillo.
En la penumbra, ella alcanzó a ver por el rabillo del ojo a Cal junto a la puerta de la sala de reconocimiento.
Comprendió al instante lo que se proponía aquel audaz reportero, así que redobló sus esfuerzos por mantener a Kevin en el despacho.
—¿No hay elecciones dentro de poco? —preguntó Kelly.
Kelly sabía cuánto le gustaba su trabajo y cuánto detestaba hacer campaña.
Kevin solía presentarse sin rival. Sin embargo, en las últimas elecciones, Gerald Bachman le había complicado la vida.
Bachman estuvo a punto de dar la sorpresa en una localidad donde un Mendoza había ocupado el puesto de forense durante más de cincuenta años.
Kevin vaciló, pero se negó a ceder a las exigencias de Kelly. Ella volvió a entrar en el despacho y siguió presionándolo.
—Sería una pena que Bachman consiguiera unas cuantas fotos que pudieran dar a la gente una idea equivocada sobre lo que haces con sus familiares muertos.
Kevin se quedó inmóvil. Miró a Kelly horrorizado. En el pasillo, Cal se afanaba en forzar la cerradura de la sala de reconocimiento.
—Todavía conservo las fotos de aquel sábado por la noche en que tú y unos amigos os emborrachasteis. ¿Recuerdas cuando se os ocurrió la brillante idea de entrar en el depósito de cadáveres y fotografiar al hermano muerto del sheriff con una peluca, entre otras cosas?
—¿En serio? ¿Serías capaz de hacerme eso?
—Sí. Ya lo creo. Jugar a disfrazar al difunto hermano del sheriff puede parecer desternillante cuando tienes diecisiete años.
Pero, cuando tienes treinta y dos y ocupas un cargo público electo, corretear borracho por el depósito de cadáveres se convierte en un cadáver en tu armario político, sobre todo si la prensa se entera.
Kelly dejó que aquella última frase flotara en el aire antes de dejar claro su argumento.
—Mi hermano estaba con aquel grupo de Einsteins y dio la casualidad de que lo fotografió todo.
Una noche, rebuscando entre sus recuerdos, encontré algunas fotos de aquella gracia juvenil.
Me quedé con varias y un día le pregunté por lo ocurrido.
Digamos que sus recuerdos son mucho peores que las fotos y que estas serían la menor de tus preocupaciones.
Kevin retrocedió despacio hasta su escritorio. Supuso que no había forma de neutralizar la amenaza, pero decidió arriesgarse con ella.
—Mira, Kelly. No tienes ni idea de la presión que soporto.
Pero perder unas elecciones no es nada comparado con que un matón me arroje al cañón del río Cold.
Así que haz lo que tengas que hacer, pero temo mucho más por mi vida que la posibilidad de que la gente vea publicadas en el periódico unas fotos embarazosas de mis indiscreciones adolescentes.
Kevin agachó la cabeza y se dejó caer en la silla. No pensaba ceder a sus exigencias.
El hombre de la F-250 encendió un cigarrillo y dio una larga calada. Tamborileó sobre el volante y miró el reloj.
¿Por qué tardan tanto?
Sonó el teléfono. Era la voz.
—¿Ya se han ido?
—No. Siguen dentro. ¿Qué quiere que haga?
—Parece que Cagney y Lacey necesitan algo más que un simple susto. Ya sabes lo que tienes que hacer.
El hombre sonrió mientras garabateaba una nota amenazadora, pensando menos en ella que en la luz verde que acababa de recibir para hacer daño.