El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Capítulo Trece

KEVIN MENDOZA SE SUBIÓ las gafas de montura oscura por el puente de la nariz. Echó un vistazo a la carpeta con pinza y después volvió a posar la mirada en el cuerpo sin vida de Cody Murray.

Nada lo había preparado para investigar las muertes de tres adolescentes en un periodo de veinticuatro horas.

Mientras estudiaba en la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington, Kevin había visto unas cuantas heridas de bala y a una víctima del ataque de un pitbull.

Pero nunca un cadáver ni remotamente parecido al que tenía ahora delante.

A pesar del rumor que se había extendido por todo Statenville, ninguna de las heridas de la víctima parecía causada por felino alguno, ni puma ni de ninguna otra clase.

Sin embargo, sí parecían zarpazos, arañazos infligidos por alguien que se encontraba muy cerca de cada víctima.

Largos cortes en el torso. Las piernas. Los brazos.

La cara. No había una sola parte del cuerpo intacta.

Kevin estaba casi convencido de que se había tratado de algún tipo de ataque por sorpresa, quizá incluso uno brutal en el que habían sedado de inmediato a cada víctima antes de hacerla pedazos.

Entonces miró debajo de sus uñas. Fue en ese momento cuando comprendió que aquello era mucho más monstruoso de lo que jamás habría imaginado.

Levantó la mano de Cody y volvió a mirar. Bajo cada uña se acumulaban restos compactados de piel arrancada. Kevin supuso que hasta su forense televisivo favorito se habría quedado perplejo tratando de explicar cómo podía haberse producido una muerte semejante.

Sin más pruebas no podía estar seguro, pero la valoración inicial de Kevin era que cada una de las víctimas se había arañado literalmente hasta morir.

Exanguinación sería el término empleado en su informe oficial, aunque los medios dirían que se habían «desangrado».

Se habían arañado con tanta ferocidad e intensidad que seccionaron varias arterias principales y murieron desangrados.

Kevin estaba terminando su informe preliminar cuando sonó el móvil.

—Soy el doctor Mendoza.

—¿Qué ha encontrado? —preguntó la voz al otro lado.

—¿Quién es?

—Sabe perfectamente quién soy. Ahora responda a mi pregunta: ¿cómo murieron esos chicos?

Kevin vaciló, sin saber si quería revelar sus hallazgos iniciales, y menos aún a aquella persona.

—Creo que todos murieron desangrados.

—No. Murieron de sobredosis.

—¿Cómo dice? Los análisis toxicológicos no nos permitirán saber si sufrieron una sobredosis hasta dentro de unos días. Pero no fue eso lo que acabó matándolos.

—Creo que no me ha entendido. He dicho: «Murieron de sobredosis». Y va a cancelar los análisis toxicológicos. ¿Entendido?

—De acuerdo, entendido.

A Kevin no le entusiasmaba participar en aquel encubrimiento, pero, si quería salir reelegido aquel otoño, tenía sentido acceder a su petición.

Colgó y empezó a rellenar un formulario nuevo.

Deslizó el informe anterior hasta el fondo de la carpeta, decidido a investigar por su cuenta para satisfacer su curiosidad.

Presentaría el informe falso al Departamento del Sheriff y a los medios, pero aquellas muertes eran demasiado extrañas para no investigarlas.

Después, Kevin escribió un breve correo electrónico al laboratorio de Boise para cancelar los análisis toxicológicos de la sangre de las víctimas.

El encubrimiento estaba casi completo..., hasta que oyó a su prima llamarlo por el pasillo.

—¿Kevin? ¿Estás aquí? —gritó Kelly.

Sabía que avanzaba por el corto pasillo, buscándolo en todas las habitaciones.

Kevin cubrió con sábanas a dos de las víctimas que había en la sala de reconocimiento. Apartó la carpeta de la vista y se preparó para convencer a su prima de que estaba a punto de salir y de que debía acompañarlo a su despacho.

Los dos agarraron el pomo desde lados opuestos al mismo tiempo. Kelly lo soltó. La puerta se abrió de golpe y ella miró a su primo —el doctor Kevin Mendoza, forense del condado— a los ojos. Unos ojos cargados de culpa.