El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Capítulo Doce

Así que dimitió.

Sí, Statenville le había brindado a Guy la oportunidad de pasar tranquilamente el resto de sus días como periodista.

Cenas del Rotary Club. Fotos de apretones de manos y sonrisas del Club de Jardinería.

Elecciones municipales. Cualquier cosa era mejor que los delitos y la corrupción de todos los días.

Pero eso fue antes de que Guy supiera que Statenville guardaba un secreto sagrado.

En realidad, no sabía cuál era y le pagaban generosamente para que no lo investigara.

Guy tenía un pacto entre caballeros con el hombre que, según deducía, era el cerebro de todo.

Cada mes encontraba en el porche trasero una bolsa de papel marrón llena de billetes de veinte dólares: cien, para ser exactos.

Lo sabía porque los contaba siempre. Por supuesto, Guy no estaba obligado a aceptar cuando se lo propusieron por primera vez.

Pero, por la forma en que se planteó la proposición, comprendió que no tenía elección.

Podía aceptar el dinero y fingir que aquel era de verdad un pueblecito adormecido, o mudarse a otro lugar y confiar en que su secreto fuera menos tóxico.

La primera opción parecía la mejor, sobre todo porque no había reunido precisamente unos ahorros suficientes para jubilarse.

Además, ¿de verdad podía ser tan grave aquel secreto?

Guy lo justificó de ese modo y no le dio demasiadas vueltas, sobre todo porque nunca había llegado a su mesa nada que mereciera la pena investigar.

Cuando ciertos rumores llegaban a oídos de Guy —de la clase que tanto ansiaba en Salt Lake—, fingía estar duro de oído.

Algunos vecinos sospechaban que conocía el secreto, razón por la cual lo respetaban todavía más.

Se estaba convirtiendo en uno de ellos, cómplice con su silencio.

Y, por eso, lo trataban como a uno de los suyos.

Pero aquel día la realidad hizo añicos la fantasía de Guy. La verdad se moría por salir a la luz. Literalmente.

¿Estaban aquellas muertes relacionadas con el oscuro secreto de Statenville? Tal vez. Pero ¿lo revelaría una vez que conociera la verdad con certeza? No sabía cuánto tiempo más podría reprimir sus instintos de editor, aunque aquello implicara renunciar al dinero o a algo mucho peor.

Sonó el teléfono.

—Soy Guy.

—Hola, Guy. Solo quería saber cómo piensas tratar la gran noticia de esta semana —dijo la voz al otro lado de la línea.

—Con cuidado y sensibilidad.

—Bien, solo quería comprobarlo, porque he visto a dos de tus periodistas husmeando por ahí como si trabajaran para The New York Times . Vigílalos, ¿entendido?

—No te preocupes. Los tengo controlados.

Guy mintió y colgó. Sabía que, si intentaba apartar a Cal y Kelly de aquella noticia, quizá se le amotinaran. Tendría que encontrar algún modo de contentar a todo el mundo.

Entonces Guy sonrió al ocurrírsele una buena idea. Puede que sea más fácil de lo que pensaba . Cal era diligente, pero nunca había cubierto una noticia como aquella. ¿Y Kelly? Su tío podía encargarse de ella.

Claro que eso sería así siempre que no encontraran ninguna prueba incriminatoria. Una llamada telefónica podría mitigar la situación, aunque no controlarla por completo.

Volvió a tamborilear con los dedos sobre el escritorio, resistiéndose al impulso de hacer lo correcto según todos los principios éticos del periodismo.

El iPhone de Cal vibró y bailó sobre la consola del coche de Kelly.

—¿Diga, jefe?

—¿Dónde estáis? —exigió Guy.

—Acabamos de salir del instituto de Statenville. He ido a hablar con el entrenador Miller para conocer su reacción... y ver si sabía algo más de esos chicos.

—Bien, pues volved aquí cuanto antes. Tenemos que hablar.

—¿Has descubierto algo nuevo?

—Sí. He descubierto que hoy has seguido metiendo las narices donde no debes y que a nadie le gusta.

—Solo hago mi trabajo, jefe.

—Tu trabajo consiste en escribir lo que yo te asigne. Ahora vuelve para que podamos terminar esta conversación cara a cara.

Clic.

Cal sabía que Guy era malhumorado, pero el comportamiento de su jefe empezaba a rozar lo errático e irracional.

—¿No te parece que hoy Guy está un poco raro? —preguntó Cal a Kelly.

—¿Cuándo no está un poco raro?

—No, en serio. ¿No te parece que se comporta de una forma un tanto... extraña, incluso para ser Guy?

—Bueno, piénsalo, Cal. Guy se mudó aquí para alejarse de todos esos asesinatos y ese caos. Y ahora lo han seguido hasta su Mayberry particular.

—Es verdad. Pero parece que está lidiando con algo más. No sé exactamente con qué.

—Bueno, yo no me preocuparía. Sinceramente, me sorprende que no haya más gente del pueblo de los nervios y comportándose como loca después de que tres adolescentes hayan muerto en veinticuatro horas.

—Lo sé, pero hay algo en él que no encaja. Cal contempló por la ventanilla las montañas lejanas.

—Piensas demasiado.

—Puede que sí, pero quiere que volvamos a la oficina cuanto antes.

Kelly se rio. —Para mí, «cuanto antes» significa después de visitar a mi primo, el forense.

—Ah, Kelly. Hoy me estoy divirtiendo más contigo investigando este caso que en todo el tiempo transcurrido desde que me mudé aquí.

Ella le lanzó una mirada cautelosa.

Cal se removió nervioso en el asiento.

—Cal, te juro que, si estás intentando ligar conmigo mientras investigamos el asesinato de tres adolescentes... Su voz se apagó.

Cal sonrió y levantó las manos para declararse inocente. Luego se ocupó de silenciar el teléfono, pues no quería que Guy los interrumpiera hasta que regresaran a la oficina.

El Ford F-250 continuó manteniendo una distancia prudente detrás del coche de Kelly. El conductor pulsó el 1 de la marcación rápida de su móvil para presentar su informe. —Parece que vuelven a la oficina —dijo el conductor.

El hombre al otro lado de la línea pareció complacido.

—Mantenme informado si hacen alguna parada inesperada. No quiero que esto se convierta en una noticia importante.