Capítulo 11
Capítulo Once
EL DESPACHO DE MIKE MILLER HAbrÍA provocado un ataque de pánico a Monk, el detective televisivo favorito de Cal.
Después de un año cubriendo al equipo de fútbol americano de los Wildcats de Statenville, Cal nunca se había reunido con Miller en su despacho.
Ahora sabía por qué. Se preguntó si un traje de protección contra materiales peligrosos no habría sido una indumentaria más adecuada para aquella visita sin previo aviso.
Miller no estaba en su despacho.
—¿Puedo ayudarlos? —preguntó una voz a espaldas de Cal y Kelly.
Cal se volvió y vio a Buddy Walker, entrenador principal del equipo masculino de baloncesto y ayudante del entrenador de fútbol americano.
Walker era nuevo para los estándares de Statenville, pues estaba a punto de iniciar su tercer año en el instituto.
En el instituto de Statenville rara vez quedaban plazas de entrenador vacantes.
Estaba tan apartado de todo que nadie lo consideraba un trampolín para su carrera como entrenador: era el destino final.
Uno no iba al instituto de Statenville si quería entrenar en Boise o Salt Lake.
Iba porque era de allí o porque quería vivir allí hasta que muriera.
Walker no era desde luego de allí, pero muchos habitantes tampoco estaban convencidos de que quisiera quedarse hasta la muerte.
En opinión de Cal, Walker no era el entrenador más inteligente.
Sin embargo, poseía una enorme energía juvenil, una cualidad muy valiosa cuando lo contrataron para sustituir a su popular predecesor, Nick Zentz, fallecido en un trágico accidente de caza.
—Hola, entrenador Walker. ¿Cómo está?
—Ah, hola, Cal. Hoy podríamos estar mucho mejor.
—Sí, todavía no me creo que esos tres chicos hayan muerto. Entrevisté a Cody la semana pasada para nuestro avance de la temporada de fútbol americano.
Walker bajó la mirada y arrastró con el pie un protector bucal usado por el suelo. Su rostro manifestó en silencio que estaba de acuerdo con Cal.
—¿Cómo lo lleva el entrenador Miller? —preguntó Kelly.
—Todo lo bien que puede dadas las circunstancias. Pero está destrozado. Este equipo es como una familia y ahora mismo todos estamos sufriendo.
—¿Está aquí el entrenador Miller? —preguntó Kelly.
—Sí, lo encontrarán en su santuario privado: el campo de fútbol.
Hasta aquel momento, la noticia de la muerte de los tres chicos no había sido más que una historia sensacionalista.
Ahora Cal comprendió la dimensión humana de lo ocurrido.
Empezó a sentirse un poco incómodo, incluso avergonzado por no haber pensado en cómo se sentiría Miller.
Pero aún tenía un trabajo que hacer, por incómodo que resultara.
—Gracias, Buddy —dijo Cal con tono sombrío.
Cal y Kelly salieron en silencio del despacho de Miller y se dirigieron al campo de fútbol.
Puede que el instituto de Statenville jugara al fútbol americano con ocho jugadores y que solo hubiera 3 500 habitantes dentro del término municipal, pero el estadio de los Wildcats tenía un asiento para cada uno de ellos.
Cal se preguntaba a menudo por qué. En cuanto a victorias y derrotas, todo el programa deportivo era una vergüenza.
Pero eso no parecía importarles a los habitantes de Statenville.
Apoyaban a su equipo pasara lo que pasase.
Y, para quien no se lo creyera, bastaba como prueba que Miller hubiera tenido dos temporadas con más victorias que derrotas en veinte años y estuviera a punto de comenzar la vigesimoprimera.
Cal supuso que la muerte de tres miembros del equipo sería devastadora para Miller en cualquier circunstancia.
Ya era bastante difícil encontrar suficientes chicos para formar el equipo cada temporada.
En un trágico periodo de veinticuatro horas, su plantilla se había reducido a catorce jugadores.
Pero esos tres chicos debían conducir a Statenville al título del distrito e incluso quizá al campeonato estatal.
Eso solo empeoraba una situación profesional ya de por sí difícil para Miller.
Cuando Cal y Kelly llegaron al estadio, encontraron a Miller sentado en las gradas, a la altura de la línea de cincuenta yardas, con la mirada perdida en el campo.
—Cody tenía muchas posibilidades de ser titular en Washington State el año que viene —dijo Miller sin siquiera mirar a los periodistas—. Esos chicos tenían toda la vida por delante. No me puedo creer que lo echaran todo a perder por las drogas.
—Parece un poco extraño, ¿no? —respondió Cal.
—Así que supongo que quieren unas declaraciones para su artículo.
—Si ahora no le apetece hablar, lo entiendo. No pasa nada. Podemos volver más tarde.
—Este momento es tan bueno como cualquier otro.
—Entrenador, supongo que el mayor misterio para mí es por qué un chico con un futuro tan prometedor consumiría drogas.
—¿Qué deportista prometedor no consume hoy en día algún tipo de droga? El cinismo de Miller pilló desprevenido a Cal. Prosiguió: —Sé que algunos de estos chicos se drogan, pero a nadie de este pueblo parece importarle. Ni siquiera a los padres.
—¿Habló alguna vez con los padres de Cody sobre su consumo de drogas?
—Sí, una vez vi al padre de Cody después de un entrenamiento y le comenté que quizá consumiera. Pero su padre se limitó a reírse de mí y dijo: «Si lo ayuda a progresar, cuenta con todo mi apoyo». Me revolvió el estómago.
—¿La metanfetamina ayuda de verdad a un deportista? —intervino Kelly.
—He oído que te da mucha energía. Así que, para un chico que de verdad quisiera salir de Statenville gracias al deporte, le permitía entrenar durante más tiempo.
Y cuanto más entrenas, más fuerte te haces y más puedes rendir físicamente.
Demonios, a la mayoría de los entrenadores universitarios les da igual que seas listo mientras tengas buena planta al bajar del autobús, así que ¿dónde creéis que va a pasar el tiempo un deportista que quiere jugar en la universidad?
Desde luego, no estudiando después de clase.
La franqueza de Miller dejó a Cal sin palabras. Los entrenadores siempre daban respuestas de manual a sus preguntas, pero Miller se había salido del guion. Resultaba refrescante y sorprendente.
Kelly advirtió que Cal estaba cautivado por la sinceridad de Miller y continuó con sus preguntas.
—Entonces, ¿desde cuándo sabía que Cody consumía?
—Empezó el verano pasado, probablemente solo como una forma de obtener ventaja en el gimnasio. Pero no tardó mucho en engancharse. En otoño impresionó a suficientes entrenadores universitarios como para recibir varias ofertas de becas, aunque yo dudaba de que llegara siquiera a pisar el campus.
—¿Tan mal estaba?
—Sí, se estaba deteriorando a toda velocidad.
Físicamente, no se notaba. Pero ¿mentalmente?
Ya no estaba ni de lejos tan despierto como en su segundo año, ni siquiera como la temporada pasada.
Hasta pensé en pasarlo a corredor para que no tuviera que recordar tantas cosas.
Pero el pueblo se habría vuelto loco. Hasta yo habría perdido el trabajo por una decisión técnica como esa.
Cal sonrió. Puede que Miller estuviera de luto, pero conservaba el sentido del humor y los pies en la tierra. Había bastado para sacarlo de su estado catatónico.
—Pero ¿no es algo insólito, entrenador? Me refiero a tres chicos en veinticuatro horas, todos consumiendo metanfetamina y todos muertos por sobredosis. No soy experto en drogas, pero parece muy improbable.
—Entonces, ¿creen que fue el puma el que acabó con ellos?
Kelly y Cal intercambiaron miradas al recordar el disparatado rumor de la señora Washburn.
Kelly se hizo la tonta. —¿Un puma? ¿De qué está hablando?
—¿Todavía no habéis oído eso? Creía que los periodistas erais vosotros, no yo.
—¿Dónde ha oído eso? —preguntó Kelly, fingiendo sorpresa.
—Oh, no es más que un rumor, pero alguien me dijo que había oído que los cadáveres de Cody y Devin parecían haber sido despedazados por un puma.
No conozco ninguna droga que haga eso. Sé que es un rumor absurdo, pero quizá sea algo que los padres de esos chicos necesiten ahora mismo para no volverse locos de arrepentimiento, pensando que no prestaron suficiente atención a sus hijos.
—Según usted, no se la prestaron.
—Miren, solo estoy intentando procesar todo esto en voz alta con ustedes dos, pero ¿puedo confiar en que no publicarán nada de lo que he dicho?
Cal suspiró. Había estado grabando toda la conversación con su grabadora digital. Pulsó el botón de parada.
—De acuerdo, entrenador. Prometo no atribuirle nada de esta información. Pero, si resulta que hay algo más sospechoso detrás, quizá lo llame para pedirle permiso para revelar ciertos datos citándolo como fuente anónima. ¿Trato hecho?
—Solo si hay un asesino implicado y sirve para atraparlo. No quiero hablar mal de los muertos ni de sus padres, y menos en este pueblo.
Cal se levantó.
—Gracias por su tiempo, entrenador. Y lamento muchísimo su pérdida. Sé que su trabajo será duro durante los próximos días, pero estoy seguro de que logrará superarlo.
—Gracias, Cal. Kelly. Que tengáis un buen día.
Ninguno de los dos periodistas habló hasta que entraron en el coche de Kelly.
—¿Un puma? —preguntó Cal—. ¿Esta gente habla en serio? ¿Por qué iba alguien a creer que un puma pudiera matar a tres adolescentes en tres lugares distintos en un solo día?
—No lo sé, pero solo hay una forma de averiguarlo.
—Sí, buena suerte con eso. El sheriff Jones no nos contará nada, y mucho menos nos dará un informe forense fiable.
Kelly ya estaba llevando el motor a altas revoluciones en segunda cuando cambió a tercera y sonrió.
—¿Has olvidado que mi primo es el forense?