El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Capítulo Diez

GUY ESTABA DE PIE JUNTO AL escritorio de Edith cuando Cal y Kelly regresaron de comer.

—Y bien, ¿mis dos sabuesos menos favoritos han resuelto el caso? —exigió Guy.

Cal miró la taza que Guy aferraba con ambas manos. Se preguntó cuántas tazas habría tenido que beber para estar tan malhumorado a la hora de comer. —Eh, no, pero Kelly tiene una teoría.

—¿Una teoría? ¿Pero esto qué es? ¿CSI? Aquí dirigimos un periódico. Trabajamos con hechos. ¿Qué hechos tenéis que podamos publicar en nuestro periódico sin que nos demanden, sin que el editor me eche la bronca y sin hacer que Hunter Jones parezca el idiota que es?

En cuestión de quince segundos, Kelly perdió la confianza y el valor.

—Aún no tenemos nada, pero, en cuanto lo tengamos, te avisaré —dijo.

Guy masculló otro comentario mordaz sobre la inteligencia de Cal y Kelly y regresó hecho una furia a su despacho.

Kelly miró con expresión avergonzada a Cal, que la atravesaba con la mirada.

—¿Qué? ¿Qué querías que dijera?

—Mira, hagamos una llamada cada uno para advertir a las otras dos personas del artículo y volvamos a salir. Quiero hablar con varias personas que quizá sepan algo de esos chicos.

Cal regresó a su escritorio y empezó a marcar el número de Brady Perkins, el granjero que había vendido los terrenos a BCH Homes.

En el artículo de Guy, Perkins se quejaba de que había creído estar vendiéndoselos a otro granjero y sostenía que BCH Homes se había hecho pasar por un comprador con falsas pretensiones.

También expresaba su decepción porque la valiosa capa fértil del suelo de Idaho fuera a quedar cubierta de asfalto.

Tras leer los comentarios de Brady, Cal no sabía si el viejo granjero era sincero o si solo intentaba contener el creciente desprecio que sentían los vecinos hacia él por haber vendido la propiedad a alguien de fuera.

Brady contestó al teléfono.

—¿Diga?

—¿Señor Perkins?

—Soy yo.

—Soy Cal Murphy, de The Register . ¿Cómo está hoy, señor?

—Bueno, estoy satisfecho con mi suscripción. Muchas gracias. Ahora tengo que volver a arar.

—Espere, señor Perkins, no llamaba por su suscripción.

—¿Es una encuesta? Porque tampoco tengo tiempo para eso.

—No, señor Perkins. No es una encuesta. Solo quería advertirle de que su vida podría correr peligro.

—¿Peligro? ¿De qué demonios está hablando?

—Señor Perkins, ¿sabe que tres adolescentes han muerto en las últimas veinticuatro horas y que las autoridades sospechan que no fueron muertes accidentales?

—Sí, me he enterado. ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—Bueno, señor, durante nuestra investigación hemos descubierto que, en uno de nuestros artículos, los padres de cada uno de esos chicos arremetieron contra BCH Homes durante la reunión del ayuntamiento de hace unas semanas. Y en ese mismo artículo también lo citaban a usted.

—Y ¿qué? ¿Cree que yo soy el siguiente? —dijo Brady en tono burlón.

—Bueno, no sabemos si existe alguna relación, pero pensamos que al menos debíamos advertirles a usted y a su familia.

—¿Qué familia? Solo tengo que ocuparme de mí mismo. No tiene que preocuparse por mí. Mi Smith & Wesson y yo sabemos cuidarme bastante bien.

—De acuerdo, señor Perkins. Solo quería avisarlo por si acaso.

Clic. La comunicación se cortó.

Por un segundo, Cal se preguntó si la teoría de Kelly sería cierta y algún sicario envuelto en una trama de espionaje acababa de liquidar a Brady Perkins.

Pero enseguida decidió que era mucho más probable que el señor Perkins se hubiera limitado a colgarle a un periodista chiflado. Cal no volvió a pensar en ello.

Se volvió para ver cómo Kelly colgaba.

—Y bien, ¿la señora Washburn parecía preocupada?

Kelly puso los ojos en blanco. —No. Se rio de mí y dijo que no tenía hijos adolescentes. Luego empezó a contarme el rumor que había oído sobre cómo murieron los chicos.

—Seguro que fue interesante.

—Sí, la verdad es que fue bastante entretenido. Dijo que el rumor predominante es que un puma enloquecido bajó de las Sawtooths y despedazó a esos tres chicos. Y que aún anda suelto por el condado de Brooks en busca de su próxima víctima.

Cal soltó una risita ante la teoría de la señora Washburn y la idea de que un puma pudiera campar a sus anchas por cualquier pueblo de Idaho durante más de diez minutos sin que lo abatieran con un rifle de gran calibre.

—¿Y el señor Perkins? ¿Qué dijo?

—Dijo que no estaba preocupado y luego me colgó.

—Qué amable.

—Bueno, ¿estás listo para volver a la carretera?

—Claro. ¿Adónde vamos ahora, Sherlock?

—Al instituto de Statenville. Al despacho del entrenador Mike Miller.