El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Capítulo Nueve

EL DESAYUNO DE CAL DURANTE SU frenética carrera por llegar a la oficina había consistido en dos Pop-Tarts sin tostar y una taza de café.

Difícilmente podía considerarse el desayuno de los campeones, pero era sin duda un alimento básico para los periodistas.

A la hora de comer, Cal necesitaba algo más sustancioso.

Necesitaba comida para el cerebro. Necesitaba Ray-Ray’s.

Ray-Ray’s era el mejor —y único— restaurante de barbacoa de todo el condado de Brooks.

Antes de que existiera, la única barbacoa que podía encontrarse por allí era la carne procesada de la sección refrigerada del supermercado.

Pero seis meses antes, los hermanos William y Burt Ray, naturales de Arkansas, se habían mudado a Statenville y habían abierto uno de los mejores restaurantes de barbacoa del estado.

En tres meses, la reputación de Ray-Ray’s, transmitida de boca en boca, se hizo tan grande que un crítico gastronómico de un periódico de Boise recorrió las dos horas y media hasta Statenville y publicó una crítica entusiasta.

Después de aquello, Ray-Ray’s ya no necesitó más ayuda para atraer clientes.

Cal y Kelly aspiraron el aroma de la parrilla de madera de nogal y la salsa barbacoa picante al abrir la puerta del restaurante.

Nada podía cambiar el estado de ánimo de Cal como el olor de la barbacoa, salvo comerla, claro.

Ambos hicieron sus pedidos y buscaron una mesa fuera para reducir el número de oídos indiscretos.

—Entonces, Kelly, ¿quién crees que está detrás de todo esto? —preguntó Cal, quien, tras un solo bocado de costilla, ya había conseguido que un grueso reguero de salsa barbacoa le rezumara por el centro de la barbilla.

—Bueno, no sé si alguien lo dejó en mi mesa como pista o si es pura coincidencia, pero, cuando me senté, encontré un periódico doblado por este titular.

Kelly sacó del bolso un ejemplar de hacía dos semanas de The Register . Estaba doblado de modo que solo se veía un titular.

«Promotor De Boise Se Enfrenta Al Ayuntamiento»

Cal siguió comiendo mientras examinaba el artículo escrito por Guy dos semanas antes, un artículo que se había perdido mientras cubría el final del torneo de verano de la liga municipal de sóftbol.

El texto describía la conflictiva reunión del ayuntamiento de Statenville acerca de la recalificación de una propiedad concreta perteneciente a BCH Homes, una promotora de Boise.

En aquel momento estaba calificada como terreno agrícola, pero BCH quería construir una urbanización de cien viviendas para dar cabida al crecimiento de la ciudad.

Se rumoreaba que una nueva planta de pasta de madera iba a trasladarse a Statenville durante los próximos dieciocho meses, y BCH lo veía como una oportunidad para construir gran cantidad de casas nuevas.

El artículo citaba a varios vecinos y vecinas indignados por la posible recalificación y por las consecuencias que tendría para el valor de sus propiedades. Un reportaje rutinario.

Cal no veía la relación con los tres adolescentes muertos.

—No estoy seguro de entenderlo —respondió tras releer el artículo.

—Déjame que te ayude, Einstein. —Kelly le quitó el periódico a Cal y rodeó tres nombres con un bolígrafo: Murray, Reid y Gold. Los tres apellidos de los adolescentes que ahora estaban muertos. Le devolvió el periódico a Cal—. ¿Ahora lo entiendes?

—Bueno, en el artículo se cita al menos a otras dos personas y nadie de sus familias ha muerto.

Además, ¿de verdad crees que una promotora contrataría a alguien para matar a los hijos de tres personas que expresaron su oposición en una reunión?

Si eres tan siniestro, ¿por qué no presionar directamente a los concejales?

Kelly se lanzó a una breve diatriba que recordó a Cal a su tío Joe.

—Mira, ahora mismo no tenemos nada, pero esto es tan verosímil como cualquier otra explicación.

¿Y tú quieres descartarlo como si no fuera nada y como si la gente no pudiera ser tan malvada?

Pues déjame que te diga una cosa, señor Forastero.

¡No tienes ni idea de los estragos que ha causado en este pueblo el desarrollo promovido desde fuera!

Me sorprendería muchísimo que ellos no estuvieran detrás de todo esto.

Cal le hizo un gesto a Kelly para que se calmara, casi avergonzado por el espectáculo que estaba montando. Se chupó la salsa barbacoa de cada dedo y aprovechó aquella maniobra dilatoria para escoger con cuidado su respuesta.

Se inclinó sobre la mesa y habló en voz baja y serena, con la esperanza de moderar la excitación de Kelly.

—Mira, sé que no conozco toda la historia de Statenville, pero no estás pensando con la cabeza, sino con el corazón. Las experiencias pasadas no siempre determinan las acciones futuras. Sin embargo, si quieres advertir a las personas citadas en el artículo, por mí está bien.

Kelly bajó la mirada y negó con la cabeza mientras se calmaba.

—Lo único que digo, Cal, es que es lo mínimo que podemos hacer. Si ellos son los siguientes y no decimos nada, puede que ambos acabemos lamentándolo. Y no quiero tener que vivir con eso.

—De acuerdo, hagamos unas llamadas.

Los dos engulleron las costillas y las patatas fritas que quedaban y regresaron a la redacción.

Ni Cal ni Kelly repararon en el Ford F-250 negro aparcado al final de la manzana.

Cuando Kelly tomó la carretera y emprendió el regreso a la oficina, la camioneta negra se incorporó suavemente detrás de ella.