Capítulo 6
Capítulo Seis
EL MOTOR DEL DODGE Charger rojo de Kelly rugió cuando salieron del aparcamiento del callejón trasero de The Register y enfilaron una calle lateral adyacente, lejos de la vigilante mirada de Jones. Kelly bajó las dos ventanillas delanteras. Tenía el ceño fruncido, pero no dijo nada.
La mente de Cal trabajaba a toda velocidad mientras organizaba mentalmente los pocos datos que tenía.
Habría preferido disfrutar de aquella mañana gloriosa bañada por el sol y del aliciente de estar dando una vuelta con Kelly.
Pero aquel no era día para coqueteos. Tres atletas estrella habían muerto en Statenville.
Tres adolescentes . Y el sheriff Jones, que afirmaba que los tres habían sufrido una sobredosis, parecía más empeñado en ocultar algo que en revelar pruebas que confirmasen su hipótesis de una simple sobredosis.
Tras un minuto de silencio, Kelly rompió la creciente sensación de inquietud que embargaba a ambos periodistas.
—Sabes que esto no va a ser fácil.
—Sí, las normas de los pueblos pequeños. A la gente no le gusta que metas las narices en sus asuntos, sobre todo cuando son asuntos sucios.
—El sheriff Jones es un cabrón mentiroso. Ha ocultado más delitos de los que hay vacas en Buttercup Farms.
Cal intentó disimular una sonrisa. La metáfora de Kelly era torpe y él jamás la habría utilizado, pero ella nunca había presumido de ser una maestra de las palabras. Aun así, teniendo en cuenta que en Buttercup Farms ordeñaban a diario más de 2 000 vacas, Cal captó la idea: Jones era corrupto.
—¿No crees que todo el mundo en este pueblo te parece sospechoso, Kelly?
Kelly frunció los labios y negó despacio con la cabeza.
—Este pueblo está infestado de corrupción. Lo noto. Y, por mucho que quiera largarme de aquí, estoy deseando hacerme cargo de The Register y empezar a levantar todas las piedras hasta que todos esos peces gordos corruptos acaben entre rejas.
Cal sabía que Kelly tenía un don para el periodismo, lo cual hacía que se preguntara por qué había cogido una cámara en primer lugar.
Tampoco dudaba de que algún día se haría cargo de The Register , algo que él impediría si pudiera.
Podía acabar en una carnicería, pero Kelly recibiría la lucha con los brazos abiertos.
The Register llevaba años en manos de su familia y ahora lo dirigía Joseph Mendoza, su tío y padre de Sammy.
Si al tío Joe le importaba que The Register siguiera siendo un negocio próspero en Statenville durante muchos años, se lo cedería a Kelly.
Sin embargo, también podía dárselo a Sammy si su hijo encontraba algún día la motivación para hacer algo más con su vida que perseguir faldas y atiborrarse de cerveza a orillas del río Snake.
El futuro de Kelly parecía incierto, y Cal apoyaba egoístamente a Sammy, sabiendo que para entonces él ya estaría muy lejos de Statenville y esperando poder llevarse a Kelly a vivir una aventura en una gran ciudad.
Durante los dos minutos siguientes, Cal jugueteó con su grabadora digital y lanzó miradas furtivas a Kelly mientras avanzaban a toda velocidad por una carretera de dos carriles que salía de Statenville hacia el este.
Su abundante cabello reluciente entraba y salía del coche al viento mientras miraba al frente tras sus gafas de sol Ray-Ban de montura metálica.
Cal sabía que debía concentrarse, pero le costaba conseguirlo.
Kelly lo ayudó a centrarse de nuevo en el caso.
—¿Has estado alguna vez en casa de los Reid? —preguntó.
—No. ¿Tiene algo de especial?
—He venido algunas veces a reuniones sociales. Mi padre solía ir de caza con el señor Reid, así que vinimos a unas cuantas barbacoas. Creo que es un sitio bonito. Pero ahí lo tienes. Juzga tú mismo.
Kelly apartó la mano derecha del volante y señaló hacia la una.
Estaban a unos doscientos metros del camino de entrada a la casa de los Reid, situada a unos cuatrocientos metros de la carretera, sobre una loma que dominaba el río Snake.
Era una extensa casa de campo de ladrillo que compensaba con sus enormes dimensiones la falta de elegancia arquitectónica.
Desde la perspectiva de Cal, la vivienda parecía prolongarse en todas direcciones y desmentir la idea de que los profesores de la escuela pública cobraban sueldos miserables.
Cuando Kelly entró en el largo camino de tierra de los Reid y subió por la loma hacia la casa, Cal reparó en un huerto de tamaño considerable y un cobertizo para heno que albergaba pacas destinadas a un rebaño de vacas o caballos aún invisible.
Sin embargo, su interés por observar la propiedad se esfumó en cuanto vio los coches patrulla del sheriff del condado de Brooks.
Cal distinguió a Elliott Mercer tomando notas mientras interrogaba al señor Reid, jefe del departamento de matemáticas de dos personas del instituto de Statenville.
La señora Reid, la otra mitad del departamento de matemáticas del instituto de Statenville, hundía el rostro entre las manos y sollozaba mientras Katie, la hija de once años de los Reid, la consolaba.
Jake Dawkins se preparó para recibirlos. Esto no va a ser agradable , pensó Cal.
Kelly condujo despacio el Charger hasta una zona de aparcamiento situada a pocos pasos de la casa y a unos metros de los coches patrulla y de los Reid.
Ella y Cal bajaron del coche y echaron a andar hacia la vivienda.
Pero Dawkins parecía decidido a cortar de raíz el inminente interrogatorio y ya avanzaba hacia ellos.
Como ayudante jefe y agente de la ley más experimentado de Statenville, aparte del sheriff Jones, Dawkins sabía ser diplomático.
Los cinco años de experiencia de Mercer en Statenville no equivalían a ninguna experiencia en el mundo real, aunque antes de entrar en las fuerzas del orden propiamente dichas había acumulado un currículum impresionante en seguridad privada.
Kelly calculaba que, si le batía las pestañas a Mercer, probablemente este revelaría todos los secretos del Estado.
Era profesional, pero parecía dispuesto a intercambiar información si se daban las circunstancias adecuadas.
Y luego estaba Dawkins, el veterano expeditivo que llevaba doce años en el departamento del sheriff y que pondría a prueba todos los recursos de Cal y Kelly.
Por segunda vez aquella mañana, un miembro del Departamento del Sheriff del condado de Brooks consideró una pérdida de tiempo intercambiar cortesías con Cal y Kelly.
—Aquí no hay nada que ver. Dense la vuelta y regresen a la oficina —dijo Dawkins, indicándoles con ambos brazos que retrocedieran.
Kelly protestó.
—Dawkins, no puede obligarnos a marcharnos. Tenemos tanto derecho como usted a interrogarlos… si ellos quieren hablar con nosotros.
Sabía que su afirmación era falsa, pero quería dejar claro a Dawkins que no pensaban irse.
—Se equivoca, señorita Mendoza —replicó Dawkins—. Cuando se trata de la escena de un crimen, aquí mando yo.