Capítulo 5
Capítulo Cinco
LA CONSOLIDACIÓN CONJUNTA DEL Departamento de Policía de Statenville y el Departamento del Sheriff del condado de Brooks había sido idea del alcalde Nathan Gold.
Doce años atrás, cuando asumió por primera vez el cargo en aquella localidad sin límite de mandatos, rara vez se pronunciaba la palabra «recesión» y mucho menos servía de base para la toma de decisiones de los gobiernos locales, estatales y federales.
Pero, más de una década después, Gold parecía un genio.
Algunos lo llamaban visionario. Otros lo consideraban controlador, algo que sin duda era consecuencia de la existencia de un departamento conjunto de fuerzas del orden municipales y del condado.
No obstante, la unión de recursos y la eliminación de agentes innecesarios en un pueblo donde la mayoría de la gente optaba por respetar la ley hicieron popular a Gold.
Bajo su cuidadosa supervisión, Statenville había prosperado incluso en plena crisis económica.
¿Quién podía discutir sus decisiones cuando la principal empresa exportadora de Statenville, Cloverdale Industries, estaba convirtiendo la localidad en una ciudad floreciente, mientras que las poblaciones vecinas de otros condados luchaban por sobrevivir?
Aunque los habitantes aún discutían los motivos de aquella medida, el sheriff Hunter Jones no se quejaba. Le agradaba disponer de más recursos y control.
Cuando Cal y Kelly irrumpieron en la oficina del sheriff del condado de Brooks, situada tres locales más abajo que The Register , el sheriff Jones ni se inmutó.
Estaba sentado con sus deslustradas botas negras apoyadas sobre el escritorio mientras jugueteaba enérgicamente con un palillo de madera entre los dientes.
Jones recorrió deliberadamente a los periodistas con la mirada antes de hablar.
—Bueeeeno, ¿qué trae a mi despacho a dos reporteros novatos tan temprano un lunes por la mañana? —preguntó, esbozando una sonrisa irónica.
—Sheriff Jones, sabe perfectamente por qué estamos aquí —replicó Cal, más que dispuesto a prescindir de cualquier cortesía innecesaria.
—Supongo que se habrán enterado de las sobredosis —dijo Jones, haciendo una pausa para aumentar el efecto antes de continuar—. Qué lástima. No puedo creer que esos chicos hayan desperdiciado todo ese talento por un colocón de metanfetamina.
Cal y Kelly se miraron, exhalando y relajándose ambos por primera vez desde que recibieron la noticia inicial.
—¿Quiere decir que no se trata de un asesinato por venganza ni de la obra de un asesino en serie? —preguntó Cal, esperando en secreto que sus sueños de ganar un Pulitzer no fueran a esfumarse por un simple consumo de drogas.
—¿Cree que seguiría aquí si fuera así? —replicó Jones. Se levantó y se dirigió hacia la cafetera del despacho, situada sobre la mesa vacía de la recepcionista, frente a Cal y Kelly.
—Sírvanse café —ofreció Jones mientras volvía a llenar su taza y esperaba la respuesta de ambos. Mientras el sheriff regresaba a su mesa, los dos periodistas miraron los vasitos de poliestireno junto a la mugrienta cafetera y declinaron su generosa oferta.
—¿Y la tercera víctima? ¿Quién era? —preguntó Cal.
—El chico de Jim Reid, Devin. ¿Y por qué insiste en utilizar la palabra «asesinato»? Los tres murieron por una simple sobredosis.
—¿En un periodo de veinticuatro horas? ¿No le parece un poco sospechoso? —volvió a preguntar Cal.
—Claro que sí. Pero por eso investigamos, cachorrillo. Una sospecha por sí sola nunca consigue una condena. Necesitamos pruebas. Y parece que las tenemos.
Kelly se cansó de escuchar a Jones andarse por las ramas.
—Tiene que contarnos algo más —exigió.
—Bueno, ¿qué quieren saber? Creo que todos sabemos que, ante todo, debemos actuar con tacto hacia las familias de los fallecidos. No hace falta presentar a estos chicos como una panda de drogadictos.
Era evidente que Jones no tenía ningún interés sincero en responder preguntas de verdad. Pero ni Cal ni Kelly protestaron. El periódico respetaba ese tipo de normas tácitas de los pueblos pequeños.
—¿Qué clase de drogas consumían? —preguntó Kelly, incapaz de acatar la discreta ley del silencio que Jones parecía estar imponiendo.
—No lo sabremos hasta que lleguen de Boise los informes toxicológicos. Pero encontramos metanfetamina en los tres lugares.
Jones recurría a un viejo truco policial: si proporcionabas sin reservas un dato que no podía utilizarse, quizá lograses contener la avalancha de preguntas incómodas.
O al menos evitabas parecer un completo imbécil cuando te negabas en redondo a responder una pregunta considerada demasiado indiscreta.
Tamborileó con los dedos sobre la mesa mientras Cal y Kelly empezaban a garabatear detalles en sus cuadernos.
—Pero no sabremos nada oficialmente hasta dentro de dos semanas como mínimo —dijo, restando valor a lo que apenas unos segundos antes parecía un dato jugoso.
—¿Tiene ya algún informe? —preguntó Cal, mirando dos formularios cumplimentados sobre la mesa de la recepcionista.
—No —mintió Jones—. Mercer y Dawkins regresarán esta tarde con los informes completos. Aún están recogiendo pruebas en casa de los Reid. Podrán hablar con ellos aquí más tarde.
La última frase de Jones era una orden velada. Cal comprendió que Jones no quería que fisgonearan por la casa de los Reid y, desde luego, tampoco que hablaran con sus agentes antes de que él tuviera ocasión de filtrar sus conclusiones. Quería mantener el control de la situación.
Kelly lo interpretó como un reto.
—De acuerdo. Avísenos si se entera de algo más —dijo Cal mientras él y Kelly se volvían para marcharse.
—Lo haré.
Cal miró por encima del hombro y vio que Jones estaba pegado a la ventana, observándolos. Supuso que quería asegurarse de que no subieran a un coche y se dirigieran directamente a casa de los Reid.
Kelly acercó a Cal hacia sí y consiguió que olvidara por un instante que Jones parecía excesivamente interesado en mantener aquella historia en un segundo plano.
—He aparcado detrás —susurró. Los dos estaban pensando lo mismo.