Capítulo 4
Capítulo Cuatro
CUANDO CAL ATRAVESÓ las puertas de cristal de The Register y entró en la redacción, fijó la mirada en Guy.
Su cascarrabias director estaba de pie al otro lado del escritorio, poniendo a prueba la longitud del cable del teléfono mientras se asomaba por la puerta y exigía a su ayudante papel y bolígrafo.
Guy garabateó la información que le transmitía la persona al otro lado de la línea antes de colgar.
Se pasó las manos por el cabello ralo y revuelto de su cabeza de sesenta y dos años mientras soltaba un largo suspiro. Entonces vio a Cal.
—Entra aquí, Cal. ¡Tienes trabajo que hacer! —bramó.
Fue entonces cuando Cal se dio cuenta de que seguía plantado fuera de la redacción. Se dirigió rápidamente hacia su director mientras veía al veterano periodista cobrar vida.
—¡Voy, jefe!
El escritorio de Cal ocupaba la segunda de las cuatro filas de la abarrotada redacción de The Register .
Se sentaba detrás de Edith Caraway, la alegre recepcionista que no intentaba ocultar su edad con el peinado cardado que lucía.
A su lado estaba Earl Munroe, el rey de las esquelas y la composición tipográfica, ya de mediana edad.
Earl disfrutaba compartiendo sus esquelas ficticias casi tanto como Edith disfrutaba escuchándolas.
Ambos llevaban más de veinte años trabajando en el periódico y ninguno parecía aspirar a nada más.
Justo al lado del escritorio de Cal se encontraba Terry Alford, corrector y único maquetador, equipado con todos los avances tecnológicos conocidos en una redacción moderna.
Cuando no maquetaba páginas, pasaba la mayor parte del tiempo haciendo alarde de la superioridad de su software y su equipo ante los reporteros plebeyos.
Comparar su potente Mac de sobremesa con los anticuados portátiles Dell de los reporteros era como comparar un bazuca con una cerbatana, al menos en su opinión.
A menudo se lanzaba a peroratas sobre sus conquistas en el mundo virtual que habrían hecho sonrojarse a Charlie Sheen.
Esto solía provocar exagerados ojos en blanco y risitas entre quienes tuvieran la mala suerte de verse atrapados en una de sus andanadas tecnológicas.
Detrás del escritorio de Cal se encontraba el puesto de Kelly, el todopoderoso departamento de fotografía, y un sitio para Sammy Mendoza, el primo de Kelly de veintiséis años encargado de cubrir los actos sociales y que pasaba la mayor parte del tiempo disfrutando de su enchufe familiar.
A Sammy no le interesaban las charlas triviales, salvo que incluyeran los últimos cotilleos sobre quién se acostaba con quién o quién había comprado el último automóvil de lujo de gama alta.
Solo quedaban Guy y su secretaria, Mindy Nicholson.
Mindy no encajaba en aquel puesto. Era perspicaz, lista y ambiciosa.
Pero esas cosas importan poco cuando decides casarte con un ganadero de ovejas.
Haría cualquier cosa por Guy y era justo lo que este necesitaba para conservar la cordura cuando algo salía mal.
Guy había conseguido aislarse del resto, aunque solo fuera un poco, mediante paredes de cubículo de color gris azulado y un metro veinte de altura que habían conocido tiempos mejores.
En realidad, aquello solo hacía que Guy pareciera ridículo mientras trataba de conservar algún vestigio de su antigua gloria periodística como director del Salt Lake City Tribune .
Pero fingía no importarle que el lugar tuviera exactamente el aspecto que cabría imaginar en un periódico de un pueblo perdido en mitad de Idaho.
El escritorio de Cal, una reliquia comparable a Edith, estaba anegado de papeles. Si Cal hubiera tenido treinta segundos para encontrar un dato importante en su mesa bajo la amenaza de pasarse una semana redactando esquelas, Earl habría tenido asegurada una semana de vacaciones.
Por lo general, un lunes por la mañana solo Edith y Earl ocupaban sus puestos, pero aquel día no había ni una sola silla vacía, ni siquiera la de Sammy.
Cal dejó caer la bolsa del portátil sobre su escritorio y se encaminó hacia el rincón de Guy.
—Bueno, ¿qué sabemos, jefe?
—Para eso contrato reporteros, Cal —gruñó Guy—. Se supone que son ellos quienes me traen las primicias.
Cal aspiró brevemente. No sabía cómo responder a la acusación apenas velada de Guy. Pero no tuvo ocasión de decir nada, porque Guy empezó a ladrar órdenes.
—Ve a la oficina del sheriff y comprueba si Jones te cuenta algo. Después vuelve a informarme y decidiremos cuál es el siguiente paso.
—Entendido.
—Y, Cal, ten cuidado, ¿me oyes? Quiero que Kelly esté contigo en todo momento para sacar buenas fotos. Necesitamos una imagen principal potente para el periódico del miércoles. Aunque sea Jones con cara de abatimiento, quiero algo .
—Así se hará, jefe.
Kelly ya estaba recogiendo la bolsa de la cámara y el bloc de notas antes de que Cal se volviera y regresara a su escritorio. Lo esperaba junto a la puerta de cristal cuando él recogió sus cosas.
Justo cuando Cal estaba a punto de pasar junto a Edith, cerca de la entrada de la redacción, ella colgó el teléfono y empezó a temblar.
—Cal, no te vayas —dijo—. Creo que querrás oír esto.
Entonces se volvió hacia el fondo de la redacción y recurrió al sistema de intercomunicación de Edith: inspiró profundamente y gritó.
—¡Guy, ha habido otro asesinato!