Capítulo 3
Capítulo Tres
EN LOS CINCO MINUTOS que Cal tardó en ducharse y secarse con una toalla su desgreñado cabello rubio ceniza, intentó imaginar qué podía haberles ocurrido a dos de los mejores jugadores de fútbol americano de Statenville.
No tardó en dejar de pensar en la causa de los asesinatos y empezar a fantasear con recibir un Pulitzer por su premiada cobertura del misterioso asesino en serie de Statenville.
Conocido por su impuntualidad y su aspecto descuidado, Cal no tenía ningún interés en fomentar la falsa impresión de que él estaba por encima de Statenville y de sus habitantes.
En todo caso, Josh tenía razón: Cal necesitaba motivación.
Deseaba triunfar de verdad, pero estaba demasiado deprimido por el decepcionante rumbo que había tomado su carrera periodística.
Escribir para un semanario nunca había formado parte de sus planes, pero era lo que llevaba haciendo casi un año, redactando artículos sobre reuniones del club de jardinería y decisiones del consejo escolar.
Quería escribir sobre atletas profesionales y cierres patronales de la NFL.
Aquello era como ser la superestrella del peor equipo de la liga: ¿qué sentido tenía?
Cal había renunciado a intentar impresionar a nadie en Statenville.
Los vecinos tenían una opinión tan pobre de los reporteros de The Register que daba igual lo que se pusiera.
Si daba igual, ¿por qué no ir cómodo? Pero llevar corbata cualquier día que no fuese domingo provocaba una sucesión interminable de preguntas como: —¿Qué celebras?
—o—: Qué elegante vas. ¿Cómo se llama ella?
Pero aquel día Cal lo sentía distinto.
Un doble asesinato es una noticia seria y necesito parecer más serio.
Sacó del armario unos pantalones caqui arrugados y los combinó con una camisa Oxford de cuadros azules y verdes.
Sin corbata. Nadie lo confundiría con un modelo de Gap, pero parecía más profesional que la mayoría de los días, que era el modesto objetivo de Cal cuando salió a toda prisa de su destartalado dúplex.
Esto podría ser importante.
Aquella mañana de finales de verano, Cal corrió hasta su Civic negro y granate.
Puso el motor en marcha y pisó el acelerador a fondo.
Transcurrieron unos segundos antes de que consiguiera despertar el motor bajo el capó de repuesto.
Salió derrapando hacia la carretera 278 para recorrer su trayecto de cinco minutos al trabajo.
No había tiempo que perder si quería escribir un artículo que sin duda ocuparía el primer puesto de su escueta carpeta de recortes.
Cuando Cal redujo la marcha hasta detenerse en un cruce, su iPhone volvió a zumbar.
La foto y el nombre de Kelly Mendoza ocupaban toda la pantalla.
El ánimo de Cal pasó por un instante de frenético a eufórico.
Si había una buena razón para quedarse en Statenville, era Kelly Mendoza.
A veces, su temperamento fogoso se imponía a su sentido común, pero a Cal le gustaban las mujeres con carácter.
Tampoco perjudicaba que Kelly fuese atractiva.
Una explosiva mujer de piernas largas, un metro setenta y cinco de estatura, cabello castaño ondulado hasta los hombros y penetrantes ojos azules constituía una combinación fascinante.
Kelly llevaba la sangre vasca tanto en el carácter como en la belleza.
Cal pasaba más tiempo soñando con invitarla a salir que con cubrir juntos a los Mariners y los Seahawks.
Pero estaba aquella fastidiosa norma no escrita que prohibía salir con compañeros de trabajo.
Cal aceptó la llamada.
—Hola, Kelly. Feliz lunes por la mañana.
—Cal, seguro que te has enterado de la noticia...
—¿Qué noticia? —preguntó Cal, haciéndose el despistado.
—¿Guy aún no te ha llamado? —preguntó Kelly.
—Sí, sí. Me ha contado lo de los asesinatos. Ahora mismo voy de camino a la redacción. —Cal comprendió que no era buen momento para flirtear.
—Bueno, he oído que hay un asesino en serie suelto —dijo ella casi en un susurro—. ¿Por qué iba alguien a querer matar a esos dos chicos? Tiene que haber algo más.
—No te asustes demasiado, ¿vale? Seguro que hay una explicación razonable para todo esto. —En aquel momento, Cal no conseguía pensar en ninguna explicación plausible que pudiera calmar los nervios de Kelly.
—¿Vas armado?
—¿Que voy qué? —Una sonrisa se extendió por el rostro de Cal.
—¿Tienes una pistola?
—Claro que no. ¿Qué crees que es esto, Dodge City?... ¿Y tú?
—Puedes apostar a que sí. Tengo mi Glock 21 al alcance de la mano.
Cal se estremeció, pero respondió con una risa nerviosa al imaginar a algún pobre delincuente frente al cañón de la pistola de Kelly.
—Bueno, quizá hoy debería ir contigo. Eres la fotógrafa de guardia, ¿no?
—Claro, Cal. Soy la única fotógrafa que está siempre de guardia.
—Ya lo sé, pero sonaba a algo que dirías si trabajaras en un periódico de una gran ciudad. Puede que escribamos para un periódico de pueblo, pero ahora tenemos que cubrir un asesinato de gran ciudad.
—Estoy un poco asustada, pero también un pelín emocionada —admitió Kelly.
—Yo también, por las dos cosas. Te veo en la redacción dentro de unos minutos. —Terminó la llamada.
¿Qué estaba pasando? , se preguntó Cal. ¿De verdad hay un asesino en serie suelto en Statenville? Y, si es así, ¿por qué mataría a esos dos chicos? ¿Qué podrían haber hecho? ¿En qué podían estar metidos para merecer la muerte?
Los lectores del periódico probablemente se plantearían esas mismas preguntas. Parecía un buen punto de partida para entrevistar a las autoridades locales. Imaginó sus respuestas y empezó a redactar mentalmente el artículo.
Contempló la habitual y animada actividad económica de la calle principal de Statenville.
Compradores y comerciantes, muchos de ellos conocidos, seguían con su rutina habitual.
Se preguntó si sabrían que había un asesino suelto.
Y, en un pueblo tan pequeño, se preguntó cómo podían no saberlo.
Después se preguntó por qué nadie parecía asustado.