El secreto de Statenville (Cal Murphy 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Capítulo Dos

EL IPHONE DE CAL MURPHY VIbrÓ sobre la mesilla de noche, y Cal apenas se movió.

Le encantaba la idea de dormir hasta tarde todos los días, una de las pocas ventajas de las que disfrutaban los reporteros mal pagados de un periódico que solo se publicaba una vez a la semana.

Pero era un lujo que prácticamente se esfumó a las ocho y media de aquel lunes de mediados de agosto.

Buscó el teléfono a tientas con el único propósito de descubrir quién iba a soportar su ira inmediata.

Josh Moore... ¿por qué me llama tan temprano ese bicho raro? ¡Sabe que no soporto las mañanas, y mucho menos las de los lunes!

Cal aceptó la llamada y masculló un saludo.

—¡Buenos días, Cal! —saludó la alegre voz al otro lado—. Se me ha ocurrido llamarte de camino al trabajo para ver si ya lo tienes todo planeado para mi visita del próximo fin de semana.

Cal gimió.

—¿Tienes idea de qué hora es, Josh? —preguntó Cal con la voz ronca de recién levantado mientras intentaba despertar—. ¿Has olvidado cuánto odio las mañanas, sobre todo las de los lunes?

Josh se limitó a sonreír, con la esperanza de que Cal no pudiera percibirlo por teléfono.

—Vaya, mira qué hora es. No me había dado cuenta de que era tan temprano. Jamás te habría llamado si me hubiera parado a pensarlo.

—¡Mentiroso!

—Solo estoy tomándote el pelo, Cal. Pero tienes que animarte a salir de ese pueblo de mala muerte donde nunca ocurre ninguna noticia de verdad y venirte aquí, a Seattle.

Jamás escaparás de Villaculo del Mundo si tu mejor recorte es un artículo sobre los campeones del torneo infantil de béisbol justo debajo de una foto de autoridades estrechándose la mano.

Cal... o debería decir  ... tienes siete seguidores en Twitter. Así que ponte las pilas, ¿vale?

Cal contempló su póster antiguo de Ken Griffey Jr. con el uniforme de los Mariners, una reliquia de sus años de instituto.

Desde que se había marchado de casa, lo había colgado fielmente en la pared de todos los lugares donde había vivido.

Incluso estuvo en la habitación de la residencia que compartió con Josh durante su primer año en la Universidad de Washington.

En cuanto a antiguas estrellas de los Mariners, Josh prefería a Randy Johnson.

Callado, calculador e incapaz de satisfacer del todo las astronómicas expectativas ajenas frente a osado, descarado y capaz de aprovechar hasta la última pizca de su talento.

Griffey contra Johnson. O Cal contra Josh.

Los dos aspirantes a columnistas deportivos compartían rasgos con sus héroes de Seattle de antaño.

Cal ya había oído antes aquella pequeña arenga de Josh.

Sabía que tenía razón, pero no podía cambiar su situación inmediata, que le recordaba, para su irritación, cuál de los dos llevaba ya una trayectoria profesional más prometedora.

Era un intercambio tan habitual entre ellos que, pese a no estar del todo despierto, Cal respondió con una andanada al ligero aire de superioridad de Josh.

—Mira. Que tú estés amargado, atrapado en el tráfico de la gran ciudad y de camino a tu segundo trabajo como barista, no significa que tengas que privarme de la poca alegría que me proporciona trabajar en este pueblo prácticamente fantasma. Además, quizá me guste estar aquí.

—Bueno, este fin de semana lo comprobaré por mí mismo. Más te vale hacerme pasar el mejor rato posible en ese pueblo de vacas. Cuento contigo.

—Vale, vale. Me aseguraré de que tengas muchas cosas que hacer. No dejarás de recordármelo si al terminar el fin de semana no eres el amo de Statenville.

—De acuerdo. Estoy deseando que llegue. Nos vemos entonces, tío.

Cal colgó y se dio la vuelta. Había soñado con cubrir al equipo de béisbol de los Mariners para el Seattle Times , pero el único trabajo que había conseguido era el de reportero de información general para The Register en Statenville, Idaho.

¿Qué persona con un mínimo de amor propio creería que trabajar en Statenville podía ser un peldaño hacia un empleo mejor? Cal no había tenido elección.

Cal valoraba su amistad con Josh, pero aún sentía una punzada de celos porque este había conseguido las únicas prácticas en la sección de deportes de The Times nada más terminar la universidad.

Más de tres docenas de graduados universitarios que aspiraban a convertirse en el próximo Mitch Albom solicitaron el puesto, y, de algún modo, Josh salió vencedor.

Espero que disfrute del día atrapado en el tráfico y de pasar a limpio esta noche los resultados de Fórmula 1.

No lo deseaba de verdad, pero, en un momento de reflexión, Cal admitió que la herida de que su mejor amigo de la universidad le hubiera arrebatado aquel trabajo aún escocía más de lo que le habría gustado.

Con ese pensamiento, se tapó la cabeza con las mantas e intentó volver a dormirse.

El teléfono volvió a zumbar.

—¿Y ahora qué? —gritó Cal desde su cueva bajo las mantas.

Al salir de nuevo a la luz, descubrió el nombre de su director bailando en la pantalla del teléfono. ¿Qué quiere Guy tan temprano un lunes?

—Buenos días, Guy. —Cal hizo todo lo posible por ocultar su irritación.

—Cal, levántate, vístete y ven aquí ahora mismo. ¡Tenemos un doble asesinato en Statenville!

—¿Un doble QUÉ? ¿Quiénes?

—Cody Murray y Riley Gold. Te pondré al corriente cuando llegues.

Guy colgó de repente. Cal se frotó los ojos y trató de imaginar las circunstancias de un doble asesinato en Statenville.

¡Ja! ¡Chúpate esa, Josh! ¡Apuesto a que esta noche, mientras estás atrapado en la mesa de resultados, no tendrás ningún doble asesinato sobre el que escribir!

Cal ya estaba completamente despierto.